sábado, 29 de septiembre de 2012

La revolución americana


Las Trece colonias norteamericanas de Inglaterra habían sido fundadas durante el siglo XVII por diferentes grupos de personas con distintos intereses (compañías comerciales en busca de beneficios económicos, minorías religiosas en busca de libertad…) lo que explica que la población estuviera formada no sólo por ingleses, sino también por escoceses, irlandeses, alemanes, protestantes franceses, holandeses...

En el siglo XVIII se podían distinguir:

·           las colonias septentrionales (Nueva Inglaterra) caracterizadas por la presencia de ciudades con universidades y puertos importantes, que comerciaban con productos manufacturados fabricados en las propias colonias, y que se abastecían de un sector agrícola formado por una mayoría de pequeños y medianos campesinos

·           las colonias meridionales que basaban su economía en grandes plantaciones de tabaco, azúcar, etc. dependientes del trabajo esclavo, y cuya producción estaba destinada a la exportación a Europa. En las colonias meridionales una minoría de grandes propietarios, como Jorge Washington, dominaba la sociedad. Se calcula que en 1763 vivían en las Trece colonias 1.963.000 personas de las que 1.640.000 eran libres y el resto esclavos negros.

Un rasgo común a todas las colonias era la importancia de las asambleas elegidas por los habitantes de cada territorio, que aprobaban leyes y controlaban el poder ejecutivo de los gobernadores. Esta autonomía se explica por la lejanía del rey, separado por un viaje de semanas a través del Atlántico, y por la cercanía de las tribus indígenas y de las colonias francesas y españolas. Para rechazar los ataques de esos vecinos las Trece colonias recibían poco apoyo de la metrópoli, pues los territorios verdaderamente rentables para Gran Bretaña eran las islas del Caribe, como Jamaica, que producían tabaco o azúcar y que pagaban cuantiosos impuestos por el comercio de estos productos (y por el de esclavos). Para defenderse las colonias norteamericanas debían tomar sus propias decisiones, recaudar sus impuestos, y organizar tropas. En las Trece colonias existía milicias[1], eso suponía que los súbditos británicos en Norteamérica estaban más acostumbrados a usar y poseer armas que los europeos, pues en Gran Bretaña existía una rígida división entre el ejército profesional formado por mercenarios y la masa de la población que se encontraba desarmada y sin instrucción.

Las causas del conflicto empiezan a desarrollarse tras la guerra de los Siete años, que había terminado en 1763 con la Paz de París, la cual entregaba a los británicos el Canadá francés, la Florida española y la mitad oriental de la Luisiana francesa, mientras la mitad occidental era cedida a la monarquía española por su aliada Francia para compensarla por la pérdida de Florida.

 Ese imperio británico en Norteamérica supuso una situación nueva. El gobierno de         Londres consideró llegado el momento de sacar partido de sus colonias, anteriormente abandonadas a sí mismas, y también necesitaba cubrir los gastos originados por la guerra. Frente a la situación de las islas del Caribe, como Jamaica y las Bahamas, productoras de azúcar o tabaco, los territorios norteamericanos aportaban poco a Gran Bretaña. Para cambiar esta situación el parlamento aprobó leyes que subían los impuestos indirectos aplicados al comercio. A lo largo de una década la situación se fue agriando cada vez más, pues no sólo estaban descontentos los burgueses de las ciudades que veían ahora a su comercios e industrias controlados estrechamente por el gobierno de Londres, sino que también los propietarios de tierras estaban descontentos, ya que tanto los plantadores con esclavos como los pequeños y medianos agricultores deseaban instalarse al otro lado de los montes Apalaches, en las tierras recién conquistadas a los franceses. Sin embargo el gobierno británico deseaba administrar de forma más directa y eficaz esos territorios, y limitó la instalación de nuevos colonos en el valle del río Ohio.

Todas las razones antes mencionadas fueron causa de la guerra, que los revolucionarios estadounidenses ganaron gracias a la ayuda de las monarquías francesa y española. Ambos países deseaban dañar los intereses de su enemiga Inglaterra, por ello sus flotas dificultaron el traslado de tropas británicas desde Europa a América, además los franceses desembarcaron un ejército en apoyo de los insurrectos, y los españoles atacaron las posesiones británicas en Norteamérica desde sus propias colonias.

Además de un conflicto internacional, la guerra de la Independencia norteamericana fue una guerra civil. Unos 25.000 norteamericanos blancos lucharon a favor de Gran Bretaña, a la que también apoyaron varias tribus indígenas. A lo anterior se añade que unos miles de norteamericanos negros lucharon por el gobierno de Jorge III, de ellos una parte eran libres, pero muchos otros eran esclavos huidos de sus amos independentistas y a los que se les prometió la libertad si luchaban por el rey.

La población blanca se dividió así:

·         Rebeldes 40-45% de la población

·         Lealistas (Loyalists) 15-20% de la población

·         Neutrales 35-45% de la población


La firma del Tratado de Versalles en 1763 terminó con la guerra. En el convenio se establecía que el reino de España recuperaba Florida y Menorca; se reconocía la independencia de las Trece colonias y éstas se anexionaban la Luisiana británica hasta el Mississipi; Francia recuperaba algunas de sus antiguas colonias en América, África y la India pero Canadá continuó siendo una colonia británica; entre otras cosas porque unos 46.ooo norteamericanos blancos leales a la corona británica se exiliaron del nuevo país, además de varios miles de negros emancipados y de indígenas como los iroqueses, instalándose en el antiguo Canadá francés, junto a la población francófona de origen europeo. Ambos grupos tenían intereses comunes y opuestos a los de Estados Unidos, y fueron capaces de mantener Canadá independiente a pesar de los intentos de invasión del nuevo país. Asimismo, respetando sus promesas, el gobierno británico liberó a miles de antiguos esclavos propiedad de los rebeldes y los transportó hasta Sierra Leona en África.

Los lealistas blancos (62.000), negros e indígenas que se exiliaron tras la victoria estadounidense perdieron sus propiedades expropiadas por el nuevo gobierno.



[1] Las milicias eran fuerzas armadas organizadas en cada una de las Trece colonias para defenderse de los ataques de las tribus indígenas, los franceses y los españoles. Al contrario que los ejércitos de mercenarios europeos, estaban formadas por los propios habitantes de las colonias, no cobraban un salario y sólo actuaban en situaciones de emergencia o por un periodo corto al año.

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