Mostrando entradas con la etiqueta Textos de Historia Moderna. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Textos de Historia Moderna. Mostrar todas las entradas

miércoles, 25 de noviembre de 2020

El impacto de las Luces

 De igual modo que, decíamos, no conviene exagerar el radicalismo de los contenidos de la Ilustración, tampoco es adecuado hacerlo con su implantación. Desde un punto de vista social, su impacto quedó reducido a determinados grupos, dada la naturaleza de sus postulados, el carácter de las sociedades e instituciones que la transmiten y los altos niveles de analfabetismo existentes. En cuanto a los desarrollos, innovaciones y cambios que tienen lugar en los campos del pensamiento, la literatura y los gustos estéticos durante el siglo XVIII, como afirma Porter, "...sería erróneo etiquetar todos... (como) expresión de una coherente filosofía ilustrada. Pero igualmente sería tonto negar que las nociones de naturaleza humana y los ideales de buena vida desarrollados por los filósofos encontraron amplia expresión en las artes y las letras y en la vida práctica". Así, en algunas descripciones sobre sociedades primitivas sus autores, dejándose llevar por sus sueños del buen salvaje, convierten a aquéllas en modelos vivos de una sociedad igualitaria y libre que sólo existe en sus mentes. La novela acoge el debate ilustrado sobre el hombre y la naturaleza -Robinson Crusoe, de Defoe-, mientras las innovaciones en psicología, moral y filosofía se dejan ver en el tratamiento de los caracteres y motivaciones de los personajes. Incluso las teorías científicas sobre las atracciones de los elementos químicos encuentran en Goethe una pluma dispuesta a aplicarlas al tema amoroso y del matrimonio en Las afinidades electivas. En la ópera, Mozart recoge el contraste entre la civilización europea y la exótica, pero bárbara, de Turquía en El Serrallo, o nos habla del desarrollo del hombre por el autoconocimiento en su última obra: La flauta mágica. Tampoco la medicina escapa a la influencia de los puntos de vista ilustrados. Las plagas y epidemias dejaron de considerarse un castigo divino, buscándose y hallándose medios para combatirlas, como la inoculación. Las enfermedades mentales no fueron más fruto de posesión diabólica, y en los partos, el saber científico de los ginecólogos ganó la partida al más práctico de las comadronas. Pero quizá el campo en el que los reformadores ilustrados actuaron más directamente fue en el de la política, aunque, como dijimos, los filósofos antes que por buscar panaceas políticas concretas estaban preocupados por su criticismo, por su búsqueda de un "nuevo, más humano, más científico entendimiento del hombre como un ser social y natural". Las ideas ilustradas traen consigo una nueva apreciación del Estado y de la vida política a los que se considera susceptibles de organizar conforme a la razón y capaces, si así lo hacen, de alcanzar la felicidad de los súbditos. Para lograr ésta se confía sobre todo en el primero, al que se le deben de encomendar el mayor número de tareas y bajo cuyo control ha de quedar tanto el ámbito público como el privado, excepción hecha de la libertad de conciencia. Un Estado con tales características lo encuentran los reformistas en el absolutismo regio al que se considera un aliado siempre que se adapte a la época. No olvidemos que lo que nuestros hombres de Las Luces persiguen es encontrar soluciones a los problemas dentro de las propias estructuras del Antiguo Régimen, hallar lo que Pierre Vilar denomina un recurso homeopático a un sistema debilitado. En justa correspondencia, los monarcas buscan en aquéllos sugerencias y apoyo a los planes de transformación social que piensan para sus pueblos. Unos y otros van a coincidir plenamente en su deseo por frenar el influjo de la Iglesia y los privilegios de la nobleza, por fortalecer las bases económicas y culturales, por promover la tolerancia religiosa. Había nacido el absolutismo ilustrado, fórmula política que se extiende por Europa desde Rusia a la Península Ibérica por los mismos años en que los propios filósofos atacan duramente a la Monarquía en Francia. El instrumento preferido para llevar a cabo las reformas van a ser las leyes, cuya mejora siguiendo las coordenadas que señala el pensamiento ilustrado será la base que sustente la colaboración entre el Estado absoluto y los portavoces de las nuevas ideas, cuyo empeño en llevarlas a la práctica les hace no reparar en los horrores del poder. Sin embargo tal convivencia tenía sus límites, nacidos de la propia evolución teórica de las ideas políticas, con la exaltación de la soberanía popular, y de los problemas prácticos de relación entre reyes e ilustrados cuando éstos intentan influir directamente en la política. En realidad, el absolutismo sólo deseaba usar a los filósofos para justificar un uso más riguroso del poder. Por ello, a partir de los años setenta la crítica al despotismo se convierte en una moda, lo mismo que la del colonialismo, que se toma como indicativa de radicalismo político, y la de la esclavitud, basada en las ideas filantrópicas del período. Ninguna consiguió grandes resultados prácticos y los logrados hubieron de esperar hasta la época de las revoluciones de final de siglo, cuando el absolutismo sufre un duro golpe y algunos Estados americanos ponen en marcha políticas abolicionistas. Aún entonces, los elementos conservadores de la Ilustración se mantienen vigentes e informarán la reacción posterior a 1815 y el conservadurismo europeo. En suma, la Ilustración representó un momento de ruptura con el sistema espiritual y bíblico de entender al hombre, la sociedad y la Naturaleza. Contribuyó a la secularización del pensamiento europeo y a la aparición de lo que llamaríamos una inteligencia secular capaz, por su amplitud y poder, de sustituir al clero en sus funciones de controlar la enseñanza y la información. Esa inteligencia contaba con nuevos canales para difundir su pensamiento: periódicos y revistas. Ahora bien, "las ideas nunca van mucho más allá de la sociedad. Y una gran parte del pensamiento osado, innovador del siglo XVIII fue rápidamente reciclado hasta convertirse en pilar del orden establecido en el XIX... La Ilustración ayudó a liberar al hombre de su pasado... (pero) falló en prevenir la construcción de nuevas cautividades en el futuro: Aún estamos intentando resolver los problemas de la moderna, urbana sociedad industrial de la, que la Ilustración fue comadrona".


https://www.artehistoria.com/es/contexto/el-impacto-de-las-luces

viernes, 11 de septiembre de 2015

La demografía en el siglo XVIII

http://www.artehistoria.com/v2/contextos/2010.htm

Durante el siglo XVIII, y especialmente en su segunda mitad, se produjo un notable incremento de la población europea. Aun cuando por la imposibilidad de conocer los totales exactos de población, las cifras que se manejan no son sino indicadores de magnitud y tendencias y pueden variar de unos autores a otros, las estimaciones de J. N. Biraben muestran una Europa (Rusia excluida) que pasaría de 95 millones de habitantes, aproximadamente, en 1700, a 111 en 1750 y a 146 en 1800: Se trata, pues, de un crecimiento de más del 50 por 100 en el siglo, que equivale a un ritmo anual del 0,43 por 100. Y si nos fijamos sólo en la segunda mitad, el crecimiento es de casi un tercio (tasa anual: 0,55 por 100). Era el mayor incremento demográfico conocido hasta entonces y cerraba la época del crecimiento discontinuo, en que cada etapa de expansión era seguida por otra de estancamiento o descenso -con lo que aquéllas no dejaban de ser simples recuperaciones-, inaugurando la del crecimiento sostenido, que persiste en la actualidad. Los historiadores, al referirse a ello, hablaban todavía no hace muchos años de la revolución demográfica iniciada en el siglo XVIII. La reciente multiplicación de los estudios de demografía histórica, sin embargo, no ha permitido apuntalar dicha interpretación. Por el contrario, hoy se subraya más la modestia del crecimiento de la población durante el Setecientos comparado con el que tendrá lugar en el siglo siguiente y, sobre todo, la esencial permanencia del denominado régimen demográfico antiguo. Las modificaciones producidas en el XVIII, valoradas en su justa medida, no aparecen sino como los tímidos comienzos de la transición al régimen demográfico moderno -o, simplemente, transición demográfica-, realizada en un proceso lento, complejo y diverso, según los países, y que no se afianzará definitivamente hasta muy avanzado el siglo XIX. Parece cierto que la población crecía no sólo en Europa. La búsqueda de una explicación de conjunto no se ha mostrado, sin embargo y por el momento, muy fecunda: únicamente el posible debilitamiento de las epidemias en general, quizá por desconocidos procesos biológicos, o bien modificaciones climáticas, que influirían en la mejora general de las cosechas, podrían afectar a todo el globo. Dadas las actuales dificultades para avanzar más por este camino, limitaremos nuestra exposición al caso europeo, mejor conocido, y donde, por otra parte, encontraremos diversidad de situaciones fruto de la conjunción de factores no siempre idénticos. Porque, si bien el crecimiento de la población europea fue prácticamente general, la diversidad entre los distintos países J.-P. Poussou habla de crecimientos más que de crecimiento-, incluso entre las regiones de un mismo país, como corresponde a una realidad socio-económica aún muy fragmentada, fue grande, y, aunque un tanto artificiosamente, podríamos señalar tres grandes grupos. En el bloque de mayor crecimiento estarían los bordes orientales de Europa, por una parte; Irlanda, por otra. Prusia oriental, por ejemplo, pasará de 400.000 a 880.000 habitantes; Pomerania, de 210.000 a 400.000, aproximadamente; Silesia, de 1 millón a 1,7 millones. Hungría, que sobrepasaba ligeramente los 4 millones de habitantes en 1720, llegará a algo más de 7 millones en 1786. El Imperio ruso pasó de unos 15 millones hacia 1720 a más de 37 millones a finales de siglo. En el otro extremo de Europa, Irlanda, con algo más de 2 millones de habitantes a principios de siglo y 5 millones, aproximadamente, hacia 1800, duplicaba ampliamente su población. En un plano intermedio, pero superando el crecimiento medio, podemos situar a Inglaterra-Gales, que de poco más de 5 millones de habitantes en 1700 pasa a 5,7 millones a mediados de siglo -el ritmo es todavía moderado- y, en una gran aceleración, a algo más de 8,5 millones en 1800. Y también a los Países Bajos austriacos: de algo más de 1,5 millones de habitantes a principios de siglo, se aproximarán a los 3 millones en 1790. Finalmente, hubo otros países de crecimiento más moderado. Son, por ejemplo, Francia -el país más poblado de Europa-, que contaría con 22 millones de habitantes, aproximadamente, en 1700, 24,5 millones en 1750 y sólo algo más de 29 millones en 1800; España, que pasaría de 7,5-8 millones de habitantes a 10 millones, aproximadamente, a lo largo del siglo y con un desequilibrio regional en favor de la periferia; o el conglomerado de Estados italianos, con 13,2 millones de habitantes en 1700, 15,3 millones en 1750 y algo menos de 18 millones al acabar el siglo, siendo en este caso el Reino de Nápoles la zona que creció a mayor ritmo. Las peculiares circunstancias socio-económicas de cada país pueden ayudar a explicar los diferentes ritmos y pautas de crecimiento. Aunque los mayores incrementos de población no tienen porqué corresponder necesariamente a los países de mayor crecimiento económico o con transformaciones más importantes en este campo. Así, por ejemplo, la elevada tasa de crecimiento irlandés durante la segunda mitad del XVIII estaría relacionada con la demanda de sus productos agrarios desde Inglaterra, la roturación de tierras y la difusión de la patata como alimento básico en la isla, lo que permitió mantener una población creciente a niveles de mera subsistencia y en un equilibrio precario... que terminará por romperse con la Gran Hambre de mediados del XIX, causante de una elevadísima mortalidad y del éxodo masivo en los años siguientes. En Pomerania, Prusia oriental y Silesia se combina la todavía inconclusa recuperación de los trágicos efectos de la Guerra de los Treinta Años con la decidida acción colonizadora y de atracción de inmigrantes por parte de Federico II. En la base del gran crecimiento húngaro está también la inmigración y recolonización de la Llanura tras su reconquista a los turcos. Al hablar de Inglaterra y los Países Bajos austriacos hay que hacer referencia, necesariamente, al proceso de crecimiento económico que estaban experimentando, así como el caso francés, de crecimiento ralentizado, suele explicarse por el excesivo tradicionalismo de su economía. Al final del siglo que estudiamos, en un mundo muy desigualmente ocupado, había continentes enteros prácticamente vacíos. En Oceanía apenas había presencia humana, América no llegaba a 0,6 habitantes/km2 y África tenía una densidad de 3,4 habitantes/km2. También en el Viejo Continente había, por el Este sobre todo, zonas inmensas casi despobladas. En conjunto, las tres cuartas partes de la superficie emergida terrestre sólo estaban ocupadas por la quinta parte de la población. El contraste era brutal: en China y la península indostánica (décima parte de la superficie) vivía algo más de la mitad de la población mundial. Y Europa (3,6 por 100 de la superficie global) concentraba al 15 por 100 de la población mundial, alcanzando una densidad media de 30 habitantes/km2. Los mecanismos demográficos mediante los que se produjo el crecimiento parecen ser bastante generales, observándose un ligero descenso de la mortalidad frecuente, pero no sistemáticamente acompañado de cierto incremento de la fecundidad -elemento este último, sin embargo, decisivo en algún caso concreto-. Pero todavía, insistimos, dentro del antiguo régimen demográfico, cuyas características generales vamos a recordar.

martes, 19 de mayo de 2015

El hallazgo de Wittstock

https://www.lavanguardia.com/internacional/20120807/54334772947/hallazgo-wittstock.html



Un día de marzo de 2007 la pala de la excavadora de una cantera de grava junto a la localidad de Wittstock, en Alemania del Este, se topó con restos humanos. Edgar Laurinat, el propietario, informó inmediatamente al ayuntamiento. Se comprobó que había una fosa común con muchos esqueletos y se temió que se tratara de un nuevo rastro de aquellas “marchas de la muerte” con las que los nazis vaciaron los campos de concentración al fin de la guerra, matando por el camino a los más débiles. Una de ellas había pasado por Wittstock en 1945.

Pero todos los esqueletos eran masculinos y los forenses adelantaron en un examen preliminar que los restos, muy deteriorados por el efecto de los pesticidas agrícolas, eran más antiguos.

Eran víctimas de la guerra, sí, pero de una guerra muy anterior: la guerra de los Treinta Años de la primera mitad del siglo XVII, que asoló el continente europeo, y especialmente Alemania, desde el Báltico hasta Italia y Catalunya.

En Wittstock, el 4 de octubre de 1636, hubo una importante batalla de aquella larga guerra, que en Brandeburgo se instaló durante quince años sucesivos, diezmando a la población y asolando sus campos y villas. Enseguida se acotó en el lugar una fosa de tres metros y medio de ancho por seis de largo en la que aparecieron 125 esqueletos, 88 de ellos íntegros.

“Fue un hallazgo muy importante porque en Europa nunca se había encontrado un enterramiento militar tan grande de aquella época, lo que excitó enseguida a la comunidad arqueológica”, explica Anne-Kathrin Müller, del departamento de patrimonio de la región de Brandemburgo.

El gobierno regional tuvo el buen sentido de promover un esfuerzo interdisciplinario alrededor de aquel enterramiento, poniendo en común a arqueólogos, forenses, genetistas, antropólogos, armeros e historiadores.

Cinco años después el resultado es una apasionante instantánea sobre los desastres de la guerra en el siglo XVII, que se exhibe en esta ciudad de 70.000 habitantes al oeste de Berlín y que en los próximos meses será expuesta en Múnich y Dresde.

Campesinos pobres, aventureros, forzados y criminales perdonados a cambio del servicio nutrían los ejércitos de mercenarios de la época. Era un conjunto internacional que mezclaba a gentes de toda Europa alrededor de las perspectivas de botín más que de las irregulares pagas, siempre inciertas.

No había uniformes - los soldados se ponían lazos en el brazo para distinguirse del adversario en el combate-, cada cual se organizaba su impedimenta y las armas se compraban a los oficiales. El resultado era un conjunto miserable que vivía de la población. No es extraño que por allí por donde pasaban los ejércitos sembraran calamidad: pillaje, violencia y enfermedades para la población local. Su presencia, idas y venidas, desordenaba el ciclo agrícola y sembraba el hambre.

Brandemburgo, la región que rodea Berlín, sufrió esos años peste bubónica, tifus y disentería. Su población se redujo en un 80% en las ciudades y entre el 40% y el 90% en las zonas rurales, un colapso demográfico del que el principado no se recuperó hasta el siglo XVIII tras incentivar la colonización de los hugonotes perseguidos en Francia.

Todavía hoy en obras de alcantarillado, tendidos de cables, o remodelación de edificios, aparecen tesoros particulares, enterrados en la región en aquella época ante la amenaza de la soldadesca.

Tampoco el destino del soldado era envidiable. El soldado sueco sobrevivía por término medio tres años y cuatro meses de servicio, ocho años los oficiales. No se moría en batalla sino sobre todo de penurias y enfermedades.

En toda la guerra de los Treinta Años se estima que murieron 1’7 millones de soldados, pero sólo uno de cada siete en batalla.

La vida del campamento era ruda, llena de carencias, frío y parásitos de todo tipo. La alimentación, complicada y variable: un día de hartazgo y aguardiente era seguido de largas y penosas carencias.

En caso de herida las posibilidades de sobrevivir disminuían cuanto más pobre era el herido. Los barberos cirujanos, que se pagaban ellos mismos el equipo, cobraban sus servicios. Las heridas graves no se trataban.

La batalla de Wittstock fue una de las más sangrientas de aquella gran guerra continental. Enfrentó al ejército imperial alemán de Melchor von Hatzfeld y del príncipe elector de Sajonia Johann Georg I con las tropas del mariscal sueco Johan Banér.

Antes de la batalla, la guerra estaba perdida para los suecos, pero Wittstock supuso un vuelco: se hicieron con toda la artillería, la intendencia, centenares de carros, incluido el de la plata y el de la correspondencia del elector sajón, y la mitad de los estandartes del adversario.

Fue un encontronazo entre dos grandes ejércitos de 23.000 y 19.000 hombres, respectivamente, del que los suecos, pese a su inferioridad numérica, salieron victoriosos por su superior táctica.

Murieron más de 8.000 soldados, especialmente cuando, tras una larga jornada de combate que comenzó a las dos de la tarde y se extendió hasta la puesta del sol, se produjo la desordenada desbandada de las tropas imperiales alemanas y los suecos emprendieron una persecución concluida en carnicería al día siguiente.

Testigo en el campo de batalla, Hans Jakob Christoffel von Grimmelshausen, relató el panorama de aquel día en su obra Simplicissimus Teutsch, un best seller alemán del XVII:

“No se veía nada entre el espeso humo y polvo levantado, como si el destino deseara cubrir la visión de tantos muertos y heridos, sin embargo, se escuchaba el triste quejido de los moribundos”.

En el campo de batalla no se encuentran objetos. Concluido el combate todo se peinaba para incrementar el ajuar del soldado. Los cuerpos de la fosa fueron enterrados desnudos, mezclados los dos bandos contendientes. La ropa, armas, utensilios e impedimenta desaparecieron. En el XVII se aprovechaba todo.




















Biografía del individuo 71. Un joven escocés al servicio de Suecia

El rallado esmalte de su dentadura revela serios problemas de nutrición en la infancia o haber padecido una grave enfermedad a los cinco años de edad. La porosidad de su bóveda palatina sugiere que padeció infecciones bucales. La carencia de vitamina D, tuvo por consecuencia una osteomalacia que ablandó sus huesos y explicaría la curvatura de sus tibias.

Unido a una inflamación de membranas y fibras óseas y, seguramente, al mal calzado, el joven sufrió problemas crónicos de cadera probablemente agravados por la sobrecarga física, bien durante el servicio, bien antes.

En cualquier caso, el individuo 71, uno de los 125 soldados de la fosa de Wittstock, debía sufrir en las marchas. El 4 de octubre de 1636 dejó de sufrir: recibió cuatro heridas graves, tres de ellas mortales.

Hilja Hoevenberg del Instituto forense de Brandemburgo, ha realizado una reconstrucción del aspecto físico de este personaje, un hombre de entre 21 y 24 años de edad, de 1’80 de estatura -el más alto de la fosa- cuyo color de pelo y ojos se ha establecido arbitrariamente por carecer sus huesos del necesario ADN.

Con un poco de documentación sobre indumentaria se llega al retrato de un chico pelirrojo y huesudo cuya cabeza es adornada por un sombrero con plumero. Otros miembros del equipo han realizado una completa aproximación al estado de salud del joven y han establecido con gran detalle las circunstancias de su muerte.

Lo primero fue el disparo de pistola, por la derecha, de un soldado de caballería. La bala de plomo se le incrustó en el hombro y se lo astilló. Tocado, pero no desahuciado, a continuación, recibió un fuerte golpe de alabarda en combate cuerpo a cuerpo que le fracturó el cráneo. La herida era mortal y el joven perdió el conocimiento.

Tendido en el suelo, alguien le remató con una cuchillada en la garganta por delante, tan fuerte que le alcanzó la segunda vértebra cervical tras atravesarle la tráquea y el tubo digestivo. Un cuarto golpe o fuerte pisotón le fracturó en tres partes la mandíbula inferior. Pero para entonces nuestro joven pelirrojo ya era un cadáver.

Los estudios han permitido establecer, o sospechar con gran posibilidad de acierto, el origen de 116 de los 125 soldados encontrados en el enterramiento de Wittstock: 27 alemanes, 27 italianos, 3 suecos, 6 letones, 4 finlandeses, 5 españoles y 42 escoceses, lo que da una idea del carácter heterogéneo e internacional de los mercenarios reclutados en ambos ejércitos.

La presencia mayoritaria escocesa en la fosa confirma la importancia que los mercenarios escoceses tuvieron, particularmente en el ejército sueco, en la guerra de los Treinta Años. Se estima que 50.000 escoceses, es decir una quinta parte de la población masculina útil de Escocia de la época, participó en la guerra. En el ejército sueco había trece regimientos escoceses. Uno de sus integrantes era el “Individuo 71” de piernas curvadas.