Crónica desde la distancia de un pueblo destrozado, el mío: Benetússer
Yago Álverez Barba, a 31 de
octubre de 2024
Elsaltodiario.com
“Aquí hay muertos. En el garaje del edificio donde vive Rosa
hay cuatro personas atrapadas”, me decía mi sobrina entre lágrimas la noche del
miércoles. Es la primera voz de mi familia, que vive en Benetússer, que escucho
desde el último audio que nos había enviado mi hermano (estoy en contacto
constante con mi otro hermano, que vive en otro municipio valenciano menos
afectado). Ese audio lo envió desde su coche atascado en el polígono de
Ribarroja a las 6 de la mañana, unas 16 horas antes, de donde evacuaron a más
de mil
trabajadores atascados allí. Para llamarme, mi sobrina se subió a la azotea, como
estaban haciendo muchos, para poder coger algo de cobertura pero, aún así, se
le oye entrecortada. Ellos tienen electricidad. Mis padres, que viven a tan
solo unos 200 metros, siguen sin electricidad y agua. Mi hermano consiguió
llegar a casa tras una travesía digna de película apocalíptica. Yo conseguí
respirar cuando me enteré un rato más tarde.
Llevo varias horas viendo fotos de Benetússer. Esa imagen
desde una de las torres que muestra toda la zona del pueblo que linda con el
barrio La Torre de Valencia, totalmente anegada, y que El Salto y otros medios
hemos utilizado para ilustrar la catástrofe. Nunca pensé que mi pueblo iba a
ser foto de portada en mi propio medio por algo así. Nunca pensé que fuera a
ocurrir algo así. Recuerdo observar gotas frías desde mi ventana cuando era un
crío, ver el agua alcanzar dos o tres palmos de altura y flipar. Pasarme la
noche en la ventana viendo cómo algún coche se atascaba en esos enormes
charcos. Lo de estos días es otra cosa. Es un desastre
natural sin precedentes.
En
las horas que escribo esto, decenas de personas siguen sin ser localizadas.
Retuiteo impulsivamente todas las fotos de desaparecidos en Benetússer. Leo las
calles donde viven o se les ha visto por última vez y no puedo dejar de pensar
cosas como es “la calle a la que da la ventana de mi habitación”, “la
paralela”, “la calle de mi colegio”, “donde vive mi amiga”. Miro sus caras buscándoles
en la memoria, leo sus apellidos pensando si son familiares de alguien
conocido. En realidad, da igual si los conozco o no, me invade la tristeza
igual.
“Hasta
que no lo ves, no te lo crees”, relata mi hermano al teléfono. “En el túnel de
al lado de mi casa [el que separa Benetússer y Alfafar] hay más de 50 coches y
seguro que hay personas que se han quedado ahí”. Mientras hablamos —jueves a
las 15h— me dice que está viendo por la ventana cómo llega la UME. Necesitan
despejar ese túnel para poder entrar y salir del pueblo. Se horroriza pensando
en lo que puede aparecer ahí dentro. Aunque el alcalde del municipio al otro
lado de ese túnel, y otras tantas personas en redes, denuncian que allí todavía
no ha llegado nadie.
Acaban de anunciar que la cifra de fallecidos alcanza los
140. Y, por lo que me están contando desde allí, sé que ese aviso y la línea
que acabo de escribir en este artículo va a caducar muy pronto. “En el garaje
de la finca de mis padres han quitado el agua los bomberos y ha aparecido un
tío que estaba ahí abajo”, dice un amigo en el grupo de Whatsapp de los
colegas. “Hoy han encontrado al marido de mi prima también”, dice otra amiga
acompañándolo de un emoticono de cara triste. Nadie pregunta el estado en el
que lo han encontrado, porque todos nos lo imaginamos. Al menos el mensaje va
acompañado de otra frase en la que nos dice “mis padres y hermanos están bien”.
Ella vive fuera de Benetússer desde hace años y presencia todo desde la
distancia, con impotencia, como yo.
“Ya no vamos a abrir nunca más”, explica un conocido
comerciante del barrio que tiene dos negocios familiares desde hace décadas.
“Si alguien quiere alquilar los bajos, pues bien, pero volver a levantar el
negocio…”, lamenta. La situación con los comercios locales es “dantesca”, me
explica mi hermano cuando consigo hablar por fin con él. “Ya no hay nada, no
existe el comercio”, explica. Ha bajado a echar una mano a un amigo que tiene
un negocio de cocinas y azulejos, pero no han podido hacer nada porque tienen
que esperar a que venga el seguro. ¿A qué tienen que venir? Me pregunto, si ya
está claro lo que ha pasado. ¿A ver si intenta declarar algún coste falso en el
parte para rascar algo más en este puto desastre? Si lo han perdido todo.
Además de que, seguramente, si se declara la zona catastrófica, las
aseguradoras se libren de pagar. Estando con su amigo frente al negocio, la
policía encuentra un cuerpo sin vida. Otro más. No hay nadie en Benetússer que
lleve la cuenta o, por lo menos, yo no encuentro la cifra.
Otra pareja de amigos que son ilustradores, en otro grupo de
Whatsapp, explican lo que justo acabo de ver en el perfil de Instagram: “Hemos
salvado los ordenadores y discos duros, pero no el estudio ni mi biblioteca de
cómics”. Pero, dicen, “nada comparable a Somnis”. Se refieren a la librería
Somnis de Paper que tienen otra pareja de amigos que están en el mismo grupo de
Whatsapp. Joder, con lo que cuesta levantar un negocio así, centrado en la
cultura y con editorial propia, en un pueblo pequeño como ese. Otro amigo me
dice que la academia de un amigo común está destrozada, de barro hasta arriba.
Me invade la impotencia y vuelvo a mirar la web de Renfe para pillar un AVE e
irme allí a sacar cubos de fango de todos esos lugares junto a mis amigos y
amigas. Pero es inútil. El Ministerio de Transporte ha dicho que las líneas de
AVE puede que no estén disponibles hasta “dentro de dos o tres semanas”. Las
palabras de mi hermano resuenan en mi cabeza: “Ya no hay nada, no existe el
comercio”.
No
ha pasado ni un rato desde que escribí la cifra de los 140 muertos. Ya se ha
caducado. Acaban de anunciar que la cifra llega a las 155 personas que han
perdido la vida. Veo un vídeo que me envían diciendo “mira, es tu
pueblo, por si reconoces la calle”. No reconozco la calle, pero da igual. Veo
en el vídeo a gente bajarse de su coche mientras el agua los arrastra. Quien
graba grita desde su balcón, horrorizado. Los coches se empiezan a apilar, es
totalmente angustioso. Suelto las lágrimas que llevo un rato aguantando.
Intento
contactar con un amigo concejal para ver si puedo obtener alguna declaración
por parte de él o el Ayuntamiento, alguna cifra que haga que este texto no sea
tan personal como está siendo. No me lee. Es casi imposible comunicarse con la
gente de esa zona. De todas formas, no hay ninguna cifra ni declaración que
pueda hacer que este texto no sea personal. Vuelvo a probar a llamar a mis
padres al fijo y al móvil, por si ha vuelto la electricidad. Pero tampoco es
posible. Sólo me queda esperar desde la distancia.
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