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domingo, 23 de mayo de 2021

Textos de Historia

 https://www.xlsemanal.com/personajes/20210519/guerra-eeuu-china-armas-nucleares-tercera-guerra-mundial-2026-libro-2034.html

https://www.xlsemanal.com/conocer/politica/20190206/guerra-fria-comercial-nuclear-china-estados-unidos.html

https://www.jotdown.es/author/julio-tovar/

https://www.artehistoria.com/en/node/66857

https://www.artehistoria.com/es/contexto/vida-cotidiana-en-la-alta-edad-media-occidental

https://www.artehistoria.com/es/contexto/vestido-y-aseo

https://www.artehistoria.com/es/contexto/leyes-y-castigos

https://www.artehistoria.com/es/contexto/demograf%C3%ADa

https://www.juntadeandalucia.es/averroes/centros-tic/18601059/helvia/aula/archivos/repositorio/250/354/html/Plan%204-6-09/clima_alimentacion.htm

https://www.artehistoria.com/es/contexto/merced-del-medio-f%C3%ADsico

https://www.artehistoria.com/es/contexto/la-vida-privada-de-las-familias-arist%C3%B3cratas

https://www.artehistoria.com/es/contexto/las-mujeres-en-la-sociedad-medieval

https://www.artehistoria.com/en/node/67268

https://www.artehistoria.com/es/contexto/vida-cotidiana-en-la-plena-y-baja-edad-media

No tuvimos infancias felices, tuvimos Vietnam 

Publicado por 


Ahora me veía cogido en aquella huida en masa, hacia el asesinato en común, hacia el fuego… Venía de las profundidades y había llegado.

(Louis-Ferdinand Céline, Viaje al fin de la noche, París, Galimard, 1952)

Una tienda de ropa en cualquier estado del Medio Oeste americano en los setenta; colorido pandemonio de retales, camisas de cuadros o pantalones vaqueros. Entre las baldas de prendas arcoíris o de pana amarronada, parejas felices con pelo largo y una niña de mueca sonriente, arreglada con su jersey de rayas rojas y blancas, medias de color alba y unos relucientes zapatos de charol. Cerca de ellos, un hombre con bigote y pelo lacio revisa pantalones, buscando su talla. Todos ellos, sin excepción, son acampanados.

En el centro, varias maniquíes de pelo pajizo están conjuntadas como descartes de un grupo pop. A sus pies, dos vestidos largos, con ribetes hippies, que tocan en sus pliegues jóvenes curiosas. Estas muñecas, que portan los conjuntos de la temporada, miran con desidia a la puerta y observan a los aburridos clientes que llegan. No parecen sorprenderse ya del tintineo del timbre…

Es el mes de julio y acaba de entrar un nuevo cliente al local. Su nombre, según el reporte, es Stan: un americano formal, en un primer vistazo. En el segundo se observa algo sin metáfora posible: un rifle automático cargado.

Stan tomó sin resistencia esa tienda, exigiendo calma a todos los presentes. Analizó el perímetro minuciosamente, entrando en cada rincón del local, y poco después comenzó a disparar al exterior. Los rehenes nunca sufrieron ninguna extorsión o abuso por parte del defensor, según declararon a la policía. Él les decía de manera insistente que quería «salvaguardarlos».

Luego de varias horas de negociación con los agentes de la ley, Stan se entregó a las autoridades. Estas, extrañadas por su comportamiento, le pidieron una explicación a su actitud enfebrecida. Un nombre fue suficiente: Vietnam.

Los abanicos de la muerte

La descripción pulcra de este hecho se hace en el libro Trauma of War, en el capítulo de introducción del doctor Stephen M. Sonnenberg. El asaltante era víctima de su experiencia bélica, de la «culpa» por sus acciones, según este psiquiatra.

Stan revivía muchas veces dos momentos del conflicto. El primero era con una niña que se acercó a él y a varios camaradas. Portaba un explosivo, según su alegato, y hubo de ser abatida a cuarenta y cinco metros. El último recuerdo le hace superviviente de una acción de guerra desesperada, donde pudo ver a sus compañeros de batalla caer por los disparos y ferocidad del Viet Cong. Sobrevivió y, acabada la ofensiva, seguía disparando, acanallado por el odio, a los cadáveres hasta desfigurarlos. Los adversarios estaban inertes, incapaces de cualquier mal. Ahora, los fantasmas de esos caídos por Hồ Chí Minh pervivirán en la mente del combatiente durante años. 

Era consecuencia de una lucha contra un enemigo fantasma, oculto, en la cual cada arbusto escondía a un partisano y los túneles, pelotones sin fin de comunistas. Stan fue, así, víctima de una enfermedad ya conocida por los combatientes de inicios del siglo XX: el trastorno por estrés postraumático (TEPT). Decenas de soldados, que al inicio se creyeron John Wayne en Los boinas verdes, volvían a revivir sin billete de vuelta las situaciones de batalla. 

El bando del sur tenía, avanzados los sesenta, un contingente cada vez más numeroso de efectivos (850 000 vietnamitas y 543 000 americanos, según los autores William E. Le Gro y Spencer Tucker). La historia oral de Christian G. Appy recuerda la bisoñez de los reclutas, y uno de ellos, Roger Donlon, considera que eran como «bebés armados; podían embaucarnos fácilmente».

Esa inocencia interrumpida acababa en pesadillas terribles, sin final próximo. Se despertaban bañados en sudor frío, de madrugada, buscando todavía respuestas o creyendo que los charlies los visitaban. El periodista Michael Herr, en su seminal Despachos de guerra, fue el particular Céline de esta barbarie y describió su difícil vuelta a América:

En el primer mes que siguió al regreso, desperté una noche convencido de que el salón de mi casa estaba lleno de marines muertos. Me pasó, en realidad, tres o cuatro veces, después de un sueño que tuve por entonces varias noches (el tipo de sueño que uno nunca tenía en Vietnam), y esa primera vez no fue ya solo el miedo pegajoso dejado por el sueño, sino que sabía que estaban allí, así que, después de encender la luz de la mesita y fumar un cigarrillo, me quedé echado un momento pensando que tenía que levantarme ya y cubrirlos.

Herr recordaba también el miedo, el terror, al enemigo agazapado de todo combatiente occidental allí:

Podías estar en el sitio más protegido de Vietnam y aun así saber que tu seguridad era provisional, que la muerte prematura, la ceguera, perder las piernas, los brazos o los huevos, una deformación mayor y perdurable, todo el mal viaje, podía estallar de pronto tan fácil como en los sitios considerados peligrosos.

¿Quién era ese enemigo silencioso? ¿Quién ponía, a decir de Herr, granadas en las letrinas americanas provocando incluso el pánico a morir de la forma más humillante? 

Un ejército en la sombra

Un pequeño pueblo, cerca de Saigón, con sus tejados de paja a dos aguas, bambús y tinajas. Esta últimas, donde se guarda el arroz, están vacías desde hace años. Los soldados aporrean la entrada y gritan desafiantes: «Tu padre estaba en el Viet Cong y por eso lo hemos matado. Ve a recoger su cuerpo». Una niña oye este aserto y toma la decisión de «vengar su muerte». ¿Su nombre? Tran Thi Gung.

Cuatro años después, en 1966, la guerra la lleva a Doung Du, donde los americanos estaban apostados. Llevaba desde los diecisiete años en las guerrillas, según el testimonio que recoge Christian G. Appy. Ella se sentía «una niña pequeña» y los americanos le parecían «demasiado altos». Recuerda su primer muerto:

No podíamos dispararlos a distancia, esperábamos a que vinieran de cerca. Tan pronto como empecé a disparar, maté a un americano. Luego de su caída, algunos de sus amigos vinieron corriendo para ayudarle. Ellos cogieron el cuerpo y lloraron. Lloraron mucho. Esto les convirtió en patos sentados: muy fáciles de disparar.

Ante la tropa joven, que imaginaba un paseo militar en un país tercermundista, las guerrillas formadas en el territorio y con un fuerte sentimiento nacionalista resultaban mucho más eficaces. Se servían de un sistema de túneles que les protegía de un conflicto abierto, parapetados además en la insondable selva tropical. El caso de Thi Gung, tan épico como quizá ficcional, se contrapone a otros casos de reclutamiento recogidos por el escritor Xiaobing Li: el capitán Ta Duc Hao se unió para obtener «un buen trabajo en el futuro», mientras que el general Huynh Thu Truong juzgó que el «partido» lo «necesitaba» y militaba ya desde 1946.

Howard Zinn, en su izquierdista Historia de los Estados Unidos, llega a citar trescientos mil afiliados en el sur al Frente de Liberación Nacional, el instrumento de los partidarios del norte. Una quinta columna difícil de detectar y que contaba con ayuda de las pequeñas villas que rodeaban las ciudades. ¿Eran de su bando? ¿O eran de los otros? El propio capitán Ta Duc Hao recuerda la ambivalencia propia de Alcibíades de los aldeanos, que dejaban de portar armas al verles. El citado Donlon, desde el bando americano, aseguró que «un tercio de nuestros vietnamitas del perímetro externo se unieron al otro bando». 

The New York Times, en el año 1965, creó la mitología de un mando desnortado, que prefería abrasar civiles en napalm que dialogar con ellos. Su testimonio de septiembre del 65 no puede ser más revelador:

En otra provincia del delta hay una mujer que ha perdido ambos brazos por efecto del napalm. Sus párpados están quemados de tal manera que no puede cerrarlos. Cuando llega la hora de dormir su familia le coloca una sábana sobre la cabeza. Dos de sus hijos murieron en el bombardeo aéreo que la mutiló.


 Vietnam, la película

En enero de 1968 ocurrió la gran paradoja de esta guerra: la victoria norteamericana que llevó a la derrota. Es la ofensiva del Tet, la movilización de todos los efectivos del norte para tomar en una campaña final el sur. Un éxito de planificación que logró atacar treinta y seis de las cuarenta y cuatro capitales de provincia, tomar la imperial Huế y llegar a la inexpugnable Saigón con tiroteos a edificios públicos. 

El investigador Mark Atwood Lawrence cree que la inteligencia americana interpretó este ataque como «el peor fallo de la guerra». A pesar de ello, todas las ciudades fueron retomadas por los americanos en los meses siguientes. Aun con este fracaso rojo, las bajas fueron insostenibles para la opinión pública estadounidense: más de veinte mil soldados resultaron heridos, asesinados o desaparecidos.

Este conflicto, el primero del cual se informó casi en directo, tuvo unos medios libres que retransmitían con apenas censura del mando. El autor Daniel C. Hallin recuerda de manera clarividente, en su excelente trabajo sobre esta cobertura disidente, que esa libertad de información era «consecuencia» de la propia división de los políticos en los Estados Unidos sobre la guerra. Afirma: «Los medios contradecían la visión positiva que los oficiales querían proyectar y, para bien o mal, esto es lo que quedó en el público».

Un suceso mediático, la matanza en la aldea Mỹ Lai (marzo de 1968), derrumbó para siempre cualquier imagen emancipadora de los soldados americanos. Una operación en la región de Son My acabó con una matanza de trescientos a cuatrocientos civiles a los que, según la filtración, se ajusticiaba de un «tiro en la cabeza». El testimonio del soldado Paul Meadlo, que recordó el sadismo de su superior, el teniente William Calley, fue drama periodístico de impacto para revistas como Life, Time o Newsweek. 

La ferocidad, las muertes de mujeres y niños por un mando errado, llevó a una crisis moral en los gobiernos demócratas y republicanos. La frase del presentador, del anchor, Walter Cronkite en la CBS fue el testamento del fin de la ingenuidad para muchos americanos: «¿Qué demonios está pasando?… ¡Pensé que estábamos ganando la guerra!».

Los héroes proscritos

La guerra acabó el 30 de abril de 1975. Las tropas americanas se retiraron poco a poco desde el año 1969. El autor libertario Michael Lind creyó «necesaria» esta guerra indochina en su libro revisionista sobre Vietnam. Hablaba de geopolítica, claro, pero también reconocía que la situación había sido excesiva y que debía haberse «limitado» el uso de la tropa.

Estos últimos, los reclutados, malvivieron en los dos lados como héroes proscritos ante marcos políticos cambiantes. El director de cine Oliver Stone, que vivió la experiencia de Vietnam (volvió en noviembre de 1968), recuerda su estado «paranoico y alienado». Pudo cambiar de oficio, como guionista, creando filmes escabrosos que parecían exorcizar los fantasmas de la guerra (El expreso de medianoche o El precio del poder). Platoon serán sus «memorias filmadas» de esa infructuosa experiencia que arruinó su primera juventud. 

Otros excombatientes americanos no tuvieron tanta suerte como Stone: generaron esa imagen del veterano vietnamita traumatizado, alejado de sus antiguas ideas y que fue nervio en el cine bélico de los setenta y ochenta. Herr decía:

Ensueño interrogante, amigos que venían del otro lado a comprobar que aún seguías vivo. A veces parecían tener quinientos años, a veces parecían exactamente igual que les había conocido, pero iluminados por una luz extraña, la luz explicaba la historia, y no acababa como ninguna historia de guerra que yo hubiese imaginado jamás.

En el lado ganador, las cosas no fueron tan bien como se podría esperar: el país quedó aislado y los vietnamitas siguieron conociendo el hambre. Una fuente tan poco sospechosa de ser conservadora como el autor Jonathan Neale recuerda cómo las cooperativas agrarias fueron un fracaso y el arroz, que escaseaba en el interior, seguía exportándose. Los veteranos vietnamitas acabaron siendo burócratas grises de un país moribundo. La propia inutilidad de esta guerra, que rompió la teoría del dominó, se demostró con las conflagraciones posteriores… entre los propios países comunistas.

En 1994 el embargo a Vietnam cayó y, seis años más tarde, en el 2000, Bill Clinton visitó el país. A diferencia de Stan, de Stone, de Donson, de todos aquellos idealistas, Clinton había evitado el reclutamiento y vivió más bien que mal la bohemia americana del tiempo. Una visita paródica, con créditos bajo el brazo, y en la que afirmó esperanzado (¿o quizá con sorna?) «que intentaría poner fin a todas las divisiones».

Miles de muertos y heridos, veteranos aullando su locura en la América Norman Rockwell, cientos de villas arrasadas por el napalm, niños huérfanos que lloran mientras los grillos enmudecen ante el zumbar sin fin de los helicópteros; ángeles de la muerte a ritmo de Richard Wagner («ángeles feos» los llamaban los soldados allí). Todos, todos ellos, lucharon por un territorio que veinticinco años después acabaría recibiendo al presidente de Estados Unidos con honores. Generaciones engañadas por las ambiciones de izquierdas o derechas de reyezuelos políticos que creían ganar la guerra fría en la caliente Indochina.

Solo les queda como consuelo la frase devastadora que cierra La chaqueta metálica y que solo pudo escribir Michael Herr:

Este es un mundo de mierda, sí, pero estoy vivo y no tengo miedo.



 

No tuvimos infancias felices, tuvimos Vietnam

Publicado por Julio Tovar en jotdown.es

 

https://www.jotdown.es/2021/05/no-infancias-felices-vietnam/

 

“Ahora me veía cogido en aquella huida en masa, hacia el asesinato en común, hacia el fuego… Venía de las profundidades y había llegado.”

(Louis-Ferdinand Céline, Viaje al fin de la noche, París, Galimard, 1952)

 

Una tienda de ropa en cualquier estado del Medio Oeste americano en los setenta; colorido pandemonio de retales, camisas de cuadros o pantalones vaqueros. Entre las baldas de prendas arcoíris o de pana amarronada, parejas felices con pelo largo y una niña de mueca sonriente, arreglada con su jersey de rayas rojas y blancas, medias de color alba y unos relucientes zapatos de charol. Cerca de ellos, un hombre con bigote y pelo lacio revisa pantalones, buscando su talla. Todos ellos, sin excepción, son acampanados.

En el centro, varias maniquíes de pelo pajizo están conjuntadas como descartes de un grupo pop. A sus pies, dos vestidos largos, con ribetes hippies, que tocan en sus pliegues jóvenes curiosas. Estas muñecas, que portan los conjuntos de la temporada, miran con desidia a la puerta y observan a los aburridos clientes que llegan. No parecen sorprenderse ya del tintineo del timbre…

Es el mes de julio y acaba de entrar un nuevo cliente al local. Su nombre, según el reporte, es Stan: un americano formal, en un primer vistazo. En el segundo se observa algo sin metáfora posible: un rifle automático cargado.

Stan tomó sin resistencia esa tienda, exigiendo calma a todos los presentes. Analizó el perímetro minuciosamente, entrando en cada rincón del local, y poco después comenzó a disparar al exterior. Los rehenes nunca sufrieron ninguna extorsión o abuso por parte del defensor, según declararon a la policía. Él les decía de manera insistente que quería «salvaguardarlos».

Luego de varias horas de negociación con los agentes de la ley, Stan se entregó a las autoridades. Estas, extrañadas por su comportamiento, le pidieron una explicación a su actitud enfebrecida. Un nombre fue suficiente: Vietnam.

 

Los abanicos de la muerte

 

La descripción pulcra de este hecho se hace en el libro Trauma of War, en el capítulo de introducción del doctor Stephen M. Sonnenberg. El asaltante era víctima de su experiencia bélica, de la «culpa» por sus acciones, según este psiquiatra.

Stan revivía muchas veces dos momentos del conflicto. El primero era con una niña que se acercó a él y a varios camaradas. Portaba un explosivo, según su alegato, y hubo de ser abatida a cuarenta y cinco metros. El último recuerdo le hace superviviente de una acción de guerra desesperada, donde pudo ver a sus compañeros de batalla caer por los disparos y ferocidad del Viet Cong. Sobrevivió y, acabada la ofensiva, seguía disparando, acanallado por el odio, a los cadáveres hasta desfigurarlos. Los adversarios estaban inertes, incapaces de cualquier mal. Ahora, los fantasmas de esos caídos por Hồ Chí Minh pervivirán en la mente del combatiente durante años.

Era consecuencia de una lucha contra un enemigo fantasma, oculto, en la cual cada arbusto escondía a un partisano y los túneles, pelotones sin fin de comunistas. Stan fue, así, víctima de una enfermedad ya conocida por los combatientes de inicios del siglo XX: el trastorno por estrés postraumático (TEPT). Decenas de soldados, que al inicio se creyeron John Wayne en Los boinas verdes, volvían a revivir sin billete de vuelta las situaciones de batalla.

El bando del sur tenía, avanzados los sesenta, un contingente cada vez más numeroso de efectivos (850 000 vietnamitas y 543 000 americanos, según los autores William E. Le Gro y Spencer Tucker). La historia oral de Christian G. Appy recuerda la bisoñez de los reclutas, y uno de ellos, Roger Donlon, considera que eran como «bebés armados; podían embaucarnos fácilmente».

Esa inocencia interrumpida acababa en pesadillas terribles, sin final próximo. Se despertaban bañados en sudor frío, de madrugada, buscando todavía respuestas o creyendo que los charlies los visitaban. El periodista Michael Herr, en su seminal Despachos de guerra, fue el particular Céline de esta barbarie y describió su difícil vuelta a América:

 

“En el primer mes que siguió al regreso, desperté una noche convencido de que el salón de mi casa estaba lleno de marines muertos. Me pasó, en realidad, tres o cuatro veces, después de un sueño que tuve por entonces varias noches (el tipo de sueño que uno nunca tenía en Vietnam), y esa primera vez no fue ya solo el miedo pegajoso dejado por el sueño, sino que sabía que estaban allí, así que, después de encender la luz de la mesita y fumar un cigarrillo, me quedé echado un momento pensando que tenía que levantarme ya y cubrirlos.”

 

Herr recordaba también el miedo, el terror, al enemigo agazapado de todo combatiente occidental allí:

 

“Podías estar en el sitio más protegido de Vietnam y aun así saber que tu seguridad era provisional, que la muerte prematura, la ceguera, perder las piernas, los brazos o los huevos, una deformación mayor y perdurable, todo el mal viaje, podía estallar de pronto tan fácil como en los sitios considerados peligrosos.”

 

¿Quién era ese enemigo silencioso? ¿Quién ponía, a decir de Herr, granadas en las letrinas americanas provocando incluso el pánico a morir de la forma más humillante?

 

Un ejército en la sombra

 

Un pequeño pueblo, cerca de Saigón, con sus tejados de paja a dos aguas, bambús y tinajas. Esta últimas, donde se guarda el arroz, están vacías desde hace años. Los soldados aporrean la entrada y gritan desafiantes: «Tu padre estaba en el Viet Cong y por eso lo hemos matado. Ve a recoger su cuerpo». Una niña oye este aserto y toma la decisión de «vengar su muerte». ¿Su nombre? Tran Thi Gung.

Cuatro años después, en 1966, la guerra la lleva a Doung Du, donde los americanos estaban apostados. Llevaba desde los diecisiete años en las guerrillas, según el testimonio que recoge Christian G. Appy. Ella se sentía «una niña pequeña» y los americanos le parecían «demasiado altos». Recuerda su primer muerto:

 

“No podíamos dispararlos a distancia, esperábamos a que vinieran de cerca. Tan pronto como empecé a disparar, maté a un americano. Luego de su caída, algunos de sus amigos vinieron corriendo para ayudarle. Ellos cogieron el cuerpo y lloraron. Lloraron mucho. Esto les convirtió en patos sentados: muy fáciles de disparar.”

 

Ante la tropa joven, que imaginaba un paseo militar en un país tercermundista, las guerrillas formadas en el territorio y con un fuerte sentimiento nacionalista resultaban mucho más eficaces. Se servían de un sistema de túneles que les protegía de un conflicto abierto, parapetados además en la insondable selva tropical. El caso de Thi Gung, tan épico como quizá ficcional, se contrapone a otros casos de reclutamiento recogidos por el escritor Xiaobing Li: el capitán Ta Duc Hao se unió para obtener «un buen trabajo en el futuro», mientras que el general Huynh Thu Truong juzgó que el «partido» lo «necesitaba» y militaba ya desde 1946.

Howard Zinn, en su izquierdista Historia de los Estados Unidos, llega a citar trescientos mil afiliados en el sur al Frente de Liberación Nacional, el instrumento de los partidarios del norte. Una quinta columna difícil de detectar y que contaba con ayuda de las pequeñas villas que rodeaban las ciudades. ¿Eran de su bando? ¿O eran de los otros? El propio capitán Ta Duc Hao recuerda la ambivalencia propia de Alcibíades de los aldeanos, que dejaban de portar armas al verles. El citado Donlon, desde el bando americano, aseguró que «un tercio de nuestros vietnamitas del perímetro externo se unieron al otro bando».

The New York Times, en el año 1965, creó la mitología de un mando desnortado, que prefería abrasar civiles en napalm que dialogar con ellos. Su testimonio de septiembre del 65 no puede ser más revelador:

 

“En otra provincia del delta hay una mujer que ha perdido ambos brazos por efecto del napalm. Sus párpados están quemados de tal manera que no puede cerrarlos. Cuando llega la hora de dormir su familia le coloca una sábana sobre la cabeza. Dos de sus hijos murieron en el bombardeo aéreo que la mutiló.”

 

 Vietnam, la película

 

En enero de 1968 ocurrió la gran paradoja de esta guerra: la victoria norteamericana que llevó a la derrota. Es la ofensiva del Tet, la movilización de todos los efectivos del norte para tomar en una campaña final el sur. Un éxito de planificación que logró atacar treinta y seis de las cuarenta y cuatro capitales de provincia, tomar la imperial Huế y llegar a la inexpugnable Saigón con tiroteos a edificios públicos.

El investigador Mark Atwood Lawrence cree que la inteligencia americana interpretó este ataque como «el peor fallo de la guerra». A pesar de ello, todas las ciudades fueron retomadas por los americanos en los meses siguientes. Aun con este fracaso rojo, las bajas fueron insostenibles para la opinión pública estadounidense: más de veinte mil soldados resultaron heridos, asesinados o desaparecidos.

Este conflicto, el primero del cual se informó casi en directo, tuvo unos medios libres que retransmitían con apenas censura del mando. El autor Daniel C. Hallin recuerda de manera clarividente, en su excelente trabajo sobre esta cobertura disidente, que esa libertad de información era «consecuencia» de la propia división de los políticos en los Estados Unidos sobre la guerra. Afirma: «Los medios contradecían la visión positiva que los oficiales querían proyectar y, para bien o mal, esto es lo que quedó en el público».

Un suceso mediático, la matanza en la aldea Mỹ Lai (marzo de 1968), derrumbó para siempre cualquier imagen emancipadora de los soldados americanos. Una operación en la región de Son My acabó con una matanza de trescientos a cuatrocientos civiles a los que, según la filtración, se ajusticiaba de un «tiro en la cabeza». El testimonio del soldado Paul Meadlo, que recordó el sadismo de su superior, el teniente William Calley, fue drama periodístico de impacto para revistas como Life, Time o Newsweek.

La ferocidad, las muertes de mujeres y niños por un mando errado, llevó a una crisis moral en los gobiernos demócratas y republicanos. La frase del presentador, del anchor, Walter Cronkite en la CBS fue el testamento del fin de la ingenuidad para muchos americanos: «¿Qué demonios está pasando?… ¡Pensé que estábamos ganando la guerra!».

 

Los héroes proscritos

 

La guerra acabó el 30 de abril de 1975. Las tropas americanas se retiraron poco a poco desde el año 1969. El autor libertario Michael Lind creyó «necesaria» esta guerra indochina en su libro revisionista sobre Vietnam. Hablaba de geopolítica, claro, pero también reconocía que la situación había sido excesiva y que debía haberse «limitado» el uso de la tropa.

Estos últimos, los reclutados, malvivieron en los dos lados como héroes proscritos ante marcos políticos cambiantes. El director de cine Oliver Stone, que vivió la experiencia de Vietnam (volvió en noviembre de 1968), recuerda su estado «paranoico y alienado». Pudo cambiar de oficio, como guionista, creando filmes escabrosos que parecían exorcizar los fantasmas de la guerra (El expreso de medianoche o El precio del poder). Platoon serán sus «memorias filmadas» de esa infructuosa experiencia que arruinó su primera juventud.

Otros excombatientes americanos no tuvieron tanta suerte como Stone: generaron esa imagen del veterano vietnamita traumatizado, alejado de sus antiguas ideas y que fue nervio en el cine bélico de los setenta y ochenta. Herr decía:

 

“Ensueño interrogante, amigos que venían del otro lado a comprobar que aún seguías vivo. A veces parecían tener quinientos años, a veces parecían exactamente igual que les había conocido, pero iluminados por una luz extraña, la luz explicaba la historia, y no acababa como ninguna historia de guerra que yo hubiese imaginado jamás.”

 

En el lado ganador, las cosas no fueron tan bien como se podría esperar: el país quedó aislado y los vietnamitas siguieron conociendo el hambre. Una fuente tan poco sospechosa de ser conservadora como el autor Jonathan Neale recuerda cómo las cooperativas agrarias fueron un fracaso y el arroz, que escaseaba en el interior, seguía exportándose. Los veteranos vietnamitas acabaron siendo burócratas grises de un país moribundo. La propia inutilidad de esta guerra, que rompió la teoría del dominó, se demostró con las conflagraciones posteriores… entre los propios países comunistas.

En 1994 el embargo a Vietnam cayó y, seis años más tarde, en el 2000, Bill Clinton visitó el país. A diferencia de Stan, de Stone, de Donson, de todos aquellos idealistas, Clinton había evitado el reclutamiento y vivió más bien que mal la bohemia americana del tiempo. Una visita paródica, con créditos bajo el brazo, y en la que afirmó esperanzado (¿o quizá con sorna?) «que intentaría poner fin a todas las divisiones».

Miles de muertos y heridos, veteranos aullando su locura en la América Norman Rockwell, cientos de villas arrasadas por el napalm, niños huérfanos que lloran mientras los grillos enmudecen ante el zumbar sin fin de los helicópteros; ángeles de la muerte a ritmo de Richard Wagner («ángeles feos» los llamaban los soldados allí). Todos, todos ellos, lucharon por un territorio que veinticinco años después acabaría recibiendo al presidente de Estados Unidos con honores. Generaciones engañadas por las ambiciones de izquierdas o derechas de reyezuelos políticos que creían ganar la guerra fría en la caliente Indochina.

Solo les queda como consuelo la frase devastadora que cierra La chaqueta metálica y que solo pudo escribir Michael Herr:

 

“Este es un mundo de mierda, sí, pero estoy vivo y no tengo miedo.”

miércoles, 25 de noviembre de 2020

La victoria aliada

 https://www.artehistoria.com/es/contexto/la-victoria-aliada

El impacto de las Luces

 De igual modo que, decíamos, no conviene exagerar el radicalismo de los contenidos de la Ilustración, tampoco es adecuado hacerlo con su implantación. Desde un punto de vista social, su impacto quedó reducido a determinados grupos, dada la naturaleza de sus postulados, el carácter de las sociedades e instituciones que la transmiten y los altos niveles de analfabetismo existentes. En cuanto a los desarrollos, innovaciones y cambios que tienen lugar en los campos del pensamiento, la literatura y los gustos estéticos durante el siglo XVIII, como afirma Porter, "...sería erróneo etiquetar todos... (como) expresión de una coherente filosofía ilustrada. Pero igualmente sería tonto negar que las nociones de naturaleza humana y los ideales de buena vida desarrollados por los filósofos encontraron amplia expresión en las artes y las letras y en la vida práctica". Así, en algunas descripciones sobre sociedades primitivas sus autores, dejándose llevar por sus sueños del buen salvaje, convierten a aquéllas en modelos vivos de una sociedad igualitaria y libre que sólo existe en sus mentes. La novela acoge el debate ilustrado sobre el hombre y la naturaleza -Robinson Crusoe, de Defoe-, mientras las innovaciones en psicología, moral y filosofía se dejan ver en el tratamiento de los caracteres y motivaciones de los personajes. Incluso las teorías científicas sobre las atracciones de los elementos químicos encuentran en Goethe una pluma dispuesta a aplicarlas al tema amoroso y del matrimonio en Las afinidades electivas. En la ópera, Mozart recoge el contraste entre la civilización europea y la exótica, pero bárbara, de Turquía en El Serrallo, o nos habla del desarrollo del hombre por el autoconocimiento en su última obra: La flauta mágica. Tampoco la medicina escapa a la influencia de los puntos de vista ilustrados. Las plagas y epidemias dejaron de considerarse un castigo divino, buscándose y hallándose medios para combatirlas, como la inoculación. Las enfermedades mentales no fueron más fruto de posesión diabólica, y en los partos, el saber científico de los ginecólogos ganó la partida al más práctico de las comadronas. Pero quizá el campo en el que los reformadores ilustrados actuaron más directamente fue en el de la política, aunque, como dijimos, los filósofos antes que por buscar panaceas políticas concretas estaban preocupados por su criticismo, por su búsqueda de un "nuevo, más humano, más científico entendimiento del hombre como un ser social y natural". Las ideas ilustradas traen consigo una nueva apreciación del Estado y de la vida política a los que se considera susceptibles de organizar conforme a la razón y capaces, si así lo hacen, de alcanzar la felicidad de los súbditos. Para lograr ésta se confía sobre todo en el primero, al que se le deben de encomendar el mayor número de tareas y bajo cuyo control ha de quedar tanto el ámbito público como el privado, excepción hecha de la libertad de conciencia. Un Estado con tales características lo encuentran los reformistas en el absolutismo regio al que se considera un aliado siempre que se adapte a la época. No olvidemos que lo que nuestros hombres de Las Luces persiguen es encontrar soluciones a los problemas dentro de las propias estructuras del Antiguo Régimen, hallar lo que Pierre Vilar denomina un recurso homeopático a un sistema debilitado. En justa correspondencia, los monarcas buscan en aquéllos sugerencias y apoyo a los planes de transformación social que piensan para sus pueblos. Unos y otros van a coincidir plenamente en su deseo por frenar el influjo de la Iglesia y los privilegios de la nobleza, por fortalecer las bases económicas y culturales, por promover la tolerancia religiosa. Había nacido el absolutismo ilustrado, fórmula política que se extiende por Europa desde Rusia a la Península Ibérica por los mismos años en que los propios filósofos atacan duramente a la Monarquía en Francia. El instrumento preferido para llevar a cabo las reformas van a ser las leyes, cuya mejora siguiendo las coordenadas que señala el pensamiento ilustrado será la base que sustente la colaboración entre el Estado absoluto y los portavoces de las nuevas ideas, cuyo empeño en llevarlas a la práctica les hace no reparar en los horrores del poder. Sin embargo tal convivencia tenía sus límites, nacidos de la propia evolución teórica de las ideas políticas, con la exaltación de la soberanía popular, y de los problemas prácticos de relación entre reyes e ilustrados cuando éstos intentan influir directamente en la política. En realidad, el absolutismo sólo deseaba usar a los filósofos para justificar un uso más riguroso del poder. Por ello, a partir de los años setenta la crítica al despotismo se convierte en una moda, lo mismo que la del colonialismo, que se toma como indicativa de radicalismo político, y la de la esclavitud, basada en las ideas filantrópicas del período. Ninguna consiguió grandes resultados prácticos y los logrados hubieron de esperar hasta la época de las revoluciones de final de siglo, cuando el absolutismo sufre un duro golpe y algunos Estados americanos ponen en marcha políticas abolicionistas. Aún entonces, los elementos conservadores de la Ilustración se mantienen vigentes e informarán la reacción posterior a 1815 y el conservadurismo europeo. En suma, la Ilustración representó un momento de ruptura con el sistema espiritual y bíblico de entender al hombre, la sociedad y la Naturaleza. Contribuyó a la secularización del pensamiento europeo y a la aparición de lo que llamaríamos una inteligencia secular capaz, por su amplitud y poder, de sustituir al clero en sus funciones de controlar la enseñanza y la información. Esa inteligencia contaba con nuevos canales para difundir su pensamiento: periódicos y revistas. Ahora bien, "las ideas nunca van mucho más allá de la sociedad. Y una gran parte del pensamiento osado, innovador del siglo XVIII fue rápidamente reciclado hasta convertirse en pilar del orden establecido en el XIX... La Ilustración ayudó a liberar al hombre de su pasado... (pero) falló en prevenir la construcción de nuevas cautividades en el futuro: Aún estamos intentando resolver los problemas de la moderna, urbana sociedad industrial de la, que la Ilustración fue comadrona".


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sábado, 10 de septiembre de 2016

La revolución de la física durante la Segunda Revolución Industrial

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La demografía en el reinado de Isabel II

A grandes rasgos, se puede decir que, en el siglo XIX, parte del excedente de población de la periferia marítima emigra preferentemente hacia el ultramar (América y Norte de África), mientras que las provincias del interior lo hacen en mayor número a determinadas ciudades españolas en crecimiento. La emigración al exterior tuvo una primera fase prohibicionista en el siglo XIX (si bien hubo un considerable número de clandestinos) y otra liberalizadora desde los años cincuenta. Fue el triunfo de las tesis liberales sobre las mercantilistas. Desde principios del siglo XIX se observa una doble dirección en la salida, Argelia y América. Los españoles que llegan al Norte de África proceden de Alicante, Murcia y Almería. En muchos casos, como ha estudiado Juan Bautista Vilar (1975), se trata de una emigración temporal y anual tipo golondrina. En 1861 vivían en Argelia casi 60.000 españoles que ya eran 114.000 en 1881. La emigración al continente americano, relativamente débil en el siglo XVIII, se mantiene hasta la independencia (aunque continúa a Cuba y Puerto Rico, territorios españoles durante el siglo XIX). La corriente volverá con cierta fuerza desde comienzos de los años cincuenta aunque este período del proceso emigratorio al continente americano está muy mal estudiado, entre otros motivos por la falta de estadísticas que comienzan a principios de los años ochenta del siglo XIX. En todo caso, la mayor parte de los emigrantes proceden de las provincias costeras del Norte de España (de Galicia, Asturias, Cantabria, País Vasco) Cataluña y las Islas Canarias. La emigración interna, el movimiento de población del campo a la ciudad, es relativamente claro desde la década de 1830 y se intensifica desde la de 1850, sin llegar a las masivas movilizaciones que se darán cien años más tarde, en períodos muy cercanos a nuestros días. La mayor parte de los emigrantes que llegan a las ciudades en crecimiento no proceden de los pequeños pueblos, tan habituales en buena parte de España, sino más bien de los pueblos intermedios, muchos de ellos cabeceras de comarca con una población entre 5.000 y 10.000 habitantes, así como de otros pueblos mayores y ciudades en declive. El conjunto de la población de las localidades de más de 10.000 habitantes no aumenta excesivamente su porcentaje de habitantes respecto al total nacional, pero sí lo hacen algunas ciudades concretas, como enseguida veremos. Barcelona y su entorno es una avanzada de la inmigración en la primera mitad del siglo XIX. Conforme se afianza la industria, otras ciudades del Norte de España tienden a ser zonas de atracción. Además, hay núcleos interiores como Madrid, Zaragoza y Valladolid. Durante los primeros setenta años del siglo la mayor parte de la inmigración a las ciudades se abastece de las comarcas cercanas. Como indica Shubert (1990), la mayoría de los trabajadores en las fábricas de Barcelona en el siglo XIX eran probablemente inmigrantes del campo catalán. No será hasta finales de este siglo y durante el XX cuando lleguen de regiones más alejadas, especialmente del sur de España. Algo similar ocurre en las demás ciudades de crecimiento basado en la industria y los servicios. Hay una excepción: Madrid, capital a la que afluyen desde principios del siglo inmigrantes procedentes de toda la nación. En 1850 los nacidos en Madrid o su provincia eran sólo el 40 por ciento de su población. En todo caso, como ha puesto de manifiesto Antonio Fernández, la primera etapa (1800-1840) es de estancamiento de la población. En las décadas de los cuarenta y cincuenta hay un claro crecimiento del vecindario de la Villa. El crecimiento vegetativo es escaso o incluso negativo durante años. Si hay crecimiento se debe al componente inmigratorio. Los inmigrantes de Madrid proceden de toda España, con un porcentaje importante de asturianos y gallegos (especialmente de Lugo), además de las provincias cercanas de Castilla la Vieja y la Nueva. Este trasvase de población, que afectó especialmente, como queda dicho, a la periferia y al norte como regiones receptoras, significó un espectacular crecimiento de algunas ciudades que aumentan de población a un ritmo mucho mayor que la media nacional. Si bien, aunque hay incremento de la población de algunas ciudades, habrá que esperar a finales del siglo XIX y al siglo XX para que haya un definitivo despegue urbano. Entre 1850 y 1900, España dobló su población urbana, mientras que Gran Bretaña lo triplicó y Alemania lo cuadruplicó. Los tres primeros tercios del siglo fueron de un crecimiento moderado del conjunto de la población española, pero mucho más importante si consideramos sólo el de las ciudades. La población de las capitales de provincia representaba en 1834 el 10,87% del total nacional y en 1877 el 13,53%. En este mismo período diecisiete capitales duplicaron su población. No obstante, de estas ciudades sólo doce superan los 50.000 habitantes en 1877, con un máximo de 400.000 habitantes (Madrid) y 250.000 (Barcelona) y un mínimo de 50.000 (Valladolid). En conjunto, estas ciudades tienen más de un millón y medio de habitantes, que representan casi el 10% del total nacional. La mayoría de las capitales de provincia había crecido, o al menos se había mantenido, como ciudades de servicios: comerciales, militares, administrativos, políticos, jurídicos, educativos y eclesiásticos. Es el caso, por ejemplo, de Burgos, Pamplona, Zaragoza, Murcia, Córdoba, Jaén o Granada. El naciente ferrocarril en los años cincuenta, sesenta y setenta creó nudos de comunicaciones que beneficiaron a algunas ciudades, como es el caso de Valladolid. Por fin, alguno de estos núcleos se convirtieron también en ciudades industriales: algunas de las mayores como Barcelona (y las ciudades de su alrededor), Málaga, Bilbao o Valladolid sumaron esta industria a los papeles comerciales y administrativos. Además de estas ciudades principales, existían otros núcleos más o menos urbanos (superiores a 10.000 habitantes). En los 84 núcleos de población de más de 10.000 habitantes, vivían a finales del siglo XVIII el 14,2% de la población y en 1860 el 14,5% de la población y en 1900 cerca del 21%. Si tomamos como referencia los pueblos de más de 5.000 habitantes, el porcentaje es 22,5 y casi el 30% respectivamente. Muchos de estos núcleos eran cabecera de comarca. Aún existían otras ciudades más pequeñas que apenas sobrepasaban los diez mil habitantes tales como Béjar, Marbella o Antequera que se configuran o reafirman como sedes de una industria más o menos duradera. La afluencia de inmigrantes y el crecimiento de las ciudades con mayor vitalidad exigió buscar nuevos espacios para albergar la población. Un fenómeno común fue el del crecimiento en altura y la construcción de muchos más edificios en el centro, urbanizando los espacios hasta entonces ocupados por huertas o zonas amplias de conventos y monasterios nacionalizados y subastados como consecuencia del proceso desamortizador. Otra manifestación es la necesidad de ensanchar las ciudades, como el barrio de Salamanca en Madrid, o el trazado de proyectos a largo plazo (planes Cerdá y Castro en Barcelona y Madrid, por ejemplo) y el derribo de las murallas de las ciudades en desarrollo que son derribadas en Burgos (1831), Almería (1854), San Sebastián (1864), Valencia (1865), Madrid (1868) y Barcelona (1868). En contraposición a los ensanches y derribos de murallas, podemos señalar para otras ciudades un hecho tan significativo o más: la continuación de las murallas en muchas ciudades del interior, prueba de su congelación y falta de vitalidad.

viernes, 11 de septiembre de 2015

La demografía en el siglo XVIII

http://www.artehistoria.com/v2/contextos/2010.htm

Durante el siglo XVIII, y especialmente en su segunda mitad, se produjo un notable incremento de la población europea. Aun cuando por la imposibilidad de conocer los totales exactos de población, las cifras que se manejan no son sino indicadores de magnitud y tendencias y pueden variar de unos autores a otros, las estimaciones de J. N. Biraben muestran una Europa (Rusia excluida) que pasaría de 95 millones de habitantes, aproximadamente, en 1700, a 111 en 1750 y a 146 en 1800: Se trata, pues, de un crecimiento de más del 50 por 100 en el siglo, que equivale a un ritmo anual del 0,43 por 100. Y si nos fijamos sólo en la segunda mitad, el crecimiento es de casi un tercio (tasa anual: 0,55 por 100). Era el mayor incremento demográfico conocido hasta entonces y cerraba la época del crecimiento discontinuo, en que cada etapa de expansión era seguida por otra de estancamiento o descenso -con lo que aquéllas no dejaban de ser simples recuperaciones-, inaugurando la del crecimiento sostenido, que persiste en la actualidad. Los historiadores, al referirse a ello, hablaban todavía no hace muchos años de la revolución demográfica iniciada en el siglo XVIII. La reciente multiplicación de los estudios de demografía histórica, sin embargo, no ha permitido apuntalar dicha interpretación. Por el contrario, hoy se subraya más la modestia del crecimiento de la población durante el Setecientos comparado con el que tendrá lugar en el siglo siguiente y, sobre todo, la esencial permanencia del denominado régimen demográfico antiguo. Las modificaciones producidas en el XVIII, valoradas en su justa medida, no aparecen sino como los tímidos comienzos de la transición al régimen demográfico moderno -o, simplemente, transición demográfica-, realizada en un proceso lento, complejo y diverso, según los países, y que no se afianzará definitivamente hasta muy avanzado el siglo XIX. Parece cierto que la población crecía no sólo en Europa. La búsqueda de una explicación de conjunto no se ha mostrado, sin embargo y por el momento, muy fecunda: únicamente el posible debilitamiento de las epidemias en general, quizá por desconocidos procesos biológicos, o bien modificaciones climáticas, que influirían en la mejora general de las cosechas, podrían afectar a todo el globo. Dadas las actuales dificultades para avanzar más por este camino, limitaremos nuestra exposición al caso europeo, mejor conocido, y donde, por otra parte, encontraremos diversidad de situaciones fruto de la conjunción de factores no siempre idénticos. Porque, si bien el crecimiento de la población europea fue prácticamente general, la diversidad entre los distintos países J.-P. Poussou habla de crecimientos más que de crecimiento-, incluso entre las regiones de un mismo país, como corresponde a una realidad socio-económica aún muy fragmentada, fue grande, y, aunque un tanto artificiosamente, podríamos señalar tres grandes grupos. En el bloque de mayor crecimiento estarían los bordes orientales de Europa, por una parte; Irlanda, por otra. Prusia oriental, por ejemplo, pasará de 400.000 a 880.000 habitantes; Pomerania, de 210.000 a 400.000, aproximadamente; Silesia, de 1 millón a 1,7 millones. Hungría, que sobrepasaba ligeramente los 4 millones de habitantes en 1720, llegará a algo más de 7 millones en 1786. El Imperio ruso pasó de unos 15 millones hacia 1720 a más de 37 millones a finales de siglo. En el otro extremo de Europa, Irlanda, con algo más de 2 millones de habitantes a principios de siglo y 5 millones, aproximadamente, hacia 1800, duplicaba ampliamente su población. En un plano intermedio, pero superando el crecimiento medio, podemos situar a Inglaterra-Gales, que de poco más de 5 millones de habitantes en 1700 pasa a 5,7 millones a mediados de siglo -el ritmo es todavía moderado- y, en una gran aceleración, a algo más de 8,5 millones en 1800. Y también a los Países Bajos austriacos: de algo más de 1,5 millones de habitantes a principios de siglo, se aproximarán a los 3 millones en 1790. Finalmente, hubo otros países de crecimiento más moderado. Son, por ejemplo, Francia -el país más poblado de Europa-, que contaría con 22 millones de habitantes, aproximadamente, en 1700, 24,5 millones en 1750 y sólo algo más de 29 millones en 1800; España, que pasaría de 7,5-8 millones de habitantes a 10 millones, aproximadamente, a lo largo del siglo y con un desequilibrio regional en favor de la periferia; o el conglomerado de Estados italianos, con 13,2 millones de habitantes en 1700, 15,3 millones en 1750 y algo menos de 18 millones al acabar el siglo, siendo en este caso el Reino de Nápoles la zona que creció a mayor ritmo. Las peculiares circunstancias socio-económicas de cada país pueden ayudar a explicar los diferentes ritmos y pautas de crecimiento. Aunque los mayores incrementos de población no tienen porqué corresponder necesariamente a los países de mayor crecimiento económico o con transformaciones más importantes en este campo. Así, por ejemplo, la elevada tasa de crecimiento irlandés durante la segunda mitad del XVIII estaría relacionada con la demanda de sus productos agrarios desde Inglaterra, la roturación de tierras y la difusión de la patata como alimento básico en la isla, lo que permitió mantener una población creciente a niveles de mera subsistencia y en un equilibrio precario... que terminará por romperse con la Gran Hambre de mediados del XIX, causante de una elevadísima mortalidad y del éxodo masivo en los años siguientes. En Pomerania, Prusia oriental y Silesia se combina la todavía inconclusa recuperación de los trágicos efectos de la Guerra de los Treinta Años con la decidida acción colonizadora y de atracción de inmigrantes por parte de Federico II. En la base del gran crecimiento húngaro está también la inmigración y recolonización de la Llanura tras su reconquista a los turcos. Al hablar de Inglaterra y los Países Bajos austriacos hay que hacer referencia, necesariamente, al proceso de crecimiento económico que estaban experimentando, así como el caso francés, de crecimiento ralentizado, suele explicarse por el excesivo tradicionalismo de su economía. Al final del siglo que estudiamos, en un mundo muy desigualmente ocupado, había continentes enteros prácticamente vacíos. En Oceanía apenas había presencia humana, América no llegaba a 0,6 habitantes/km2 y África tenía una densidad de 3,4 habitantes/km2. También en el Viejo Continente había, por el Este sobre todo, zonas inmensas casi despobladas. En conjunto, las tres cuartas partes de la superficie emergida terrestre sólo estaban ocupadas por la quinta parte de la población. El contraste era brutal: en China y la península indostánica (décima parte de la superficie) vivía algo más de la mitad de la población mundial. Y Europa (3,6 por 100 de la superficie global) concentraba al 15 por 100 de la población mundial, alcanzando una densidad media de 30 habitantes/km2. Los mecanismos demográficos mediante los que se produjo el crecimiento parecen ser bastante generales, observándose un ligero descenso de la mortalidad frecuente, pero no sistemáticamente acompañado de cierto incremento de la fecundidad -elemento este último, sin embargo, decisivo en algún caso concreto-. Pero todavía, insistimos, dentro del antiguo régimen demográfico, cuyas características generales vamos a recordar.