sábado, 4 de mayo de 2024

Los españoles somos más bajos por culpa de la Guerra Civil y la autarquía de Franco

LOS ESPAÑOLES SOMOS MÁS BAJOS POR CULPA DE LA GUERRA CIVIL Y LA AUTARQUÍA DE FRANCO

 

David Barreira, 19 de febrero de 2024

 

La Guerra Civil fue un desastre mayúsculo para la población española, a excepción de un puñado de privilegiados del bando vencedor. En el plano humanitario, el volumen global de pérdidas humanas se sitúa, según las últimas investigaciones, entre un mínimo de 651.000 y un máximo de 735.000 muertos en todas sus categorías —combates, bombardeos, represión en la retaguardia, hambrunas o enfermedades—, lo que representa entre el 2,63% y el 2,97% de los habitantes registrados en 1936. A ello cabría sumar un desplome de la tasa de natalidad —se calcula que durante el trienio bélico hubo alrededor de medio millón de niños "no nacidos"— y el incremento espectacular en el número de exiliados. En el plano económico, es probable que el PIB nacional se desplomara un 20% entre 1935 y 1940.

Durante los años de guerra y la inmediata posguerra, la mayoría de la población experimentó un fuerte retroceso de sus condiciones de vida y de bienestar. Así lo relató una niña madrileña: "Todo el día soñaba con la comida. Mi madre perdió 40 kilos y mi abuelo murió de desnutrición. Hablábamos siempre de lo que nos gustaría comer, si pudiéramos. Mi hermana y yo con las amigas jugábamos a recordar cómo era un buen cocido, cómo tomar unos huevos". El sistema de racionamiento implantado por el régimen franquista perduró hasta 1952. El empeoramiento de las condiciones de trabajo y la disminución de los salarios contribuyeron también a acentuar la miseria.

Las profundas secuelas nutricionales provocadas por la contienda y la autarquía se pueden extraer asimismo de indicadores antropométricos como la altura o el tamaño del tórax de las personas que vivieron y crecieron en esta época. En ello se centra un revelador estudio publicado por Javier Puche y Francisco J. Marco-Gracia, investigadores del Departamento de Economía Aplicada de la Universidad de Zaragoza y del Instituto Agroalimentario de Aragón, en la revista científica Biodemography and Social Biology.

La fuente principal del trabajo, que se centra en el caso concreto de la Comunidad Valenciana, son los expedientes de reclutamiento militar de 128.957 quintos alistados entre los reemplazos militares de 1910 y 1975 (cohortes nacidas entre 1890 y 1955) de nueve municipios de la región. Las principales conclusiones muestran que el porcentaje de reclutas cortos de talla —aquellos que medían 1,55 metros o menos, la altura mínima exigida desde 1870 para entrar en el Ejército— aumentó entre las levas de 1937 y 1942 (del 3,4% al 5,1% respectivamente) y que entre los nuevos soldados de 1937 y 1943 el perímetro torácico medio cayó 2,1 centímetros.

"Creo que la mayor aportación de esta investigación es la demostración de que todos los indicadores de bienestar biológico a los que tenemos acceso (estatura, incluyendo el número de sujetos cortos de talla, perímetro torácico y, ocasionalmente, peso, y con ello el índice de masa corporal) muestran que el shock de la Guerra Civil tuvo un impacto tan negativo en el bienestar biológico de los individuos que costó alrededor de dos décadas volver a la tendencia positiva que se venía desarrollando desde mediados del siglo XIX", explica Marco-Gracia a este periódico.

Los datos recabados por los investigadores indican que para los nacidos entre 1920 y 1925 (reemplazos de 1941 y 1946) se incrementaron las posibilidades de ser corto de talla entre un 13-15% y un 22% respectivamente. Es decir, los jóvenes nacidos a principios de la década de los veinte fueron por lo tanto los más afectados por la caída del bienestar biológico como consecuencia de la Guerra Civil. En cuanto al tamaño del tórax, el caso de la Comunidad Valenciana desvela que el perímetro medio de los mozos para los reemplazos militares de 1937 a 1942 disminuyó en 2,5 centímetros. Los más afectados fueron los que provenían de las clases sociales más bajas.

Aunque los historiadores han demostrado que la contienda obligó en ambos bandos a reclutar jóvenes que no tenían edad para ir al frente —ahí está el famoso caso de la Quinta del Biberón—, Puche y Marco-Gracia han estandarizado las alturas para compensar la diferencia que habría entre el momento del tallado y la edad reglamentaria de 21 años. "Además, debemos tener en cuenta que seguimos observando el efecto en las siguientes cohortes. Es decir, las que sufrieron la Guerra Civil y las privaciones posteriores, sin haber llegado a ir al frente por ser niños", detalla el profesor de la Universidad de Zaragoza.

Recuperación más lenta

Estudios previos han desvelado que las zonas con menores niveles de vida antes de la Guerra Civil, como Extremadura, las dos Castillas o Aragón, todavía vieron más condicionados sus niveles de bienestar biológico. Además, las ciudades que dependían del campo para proveerse de alimentos se vieron más afectadas que el medio rural, donde había más márgenes para incrementar la ingesta. El nuevo trabajo también parece reflejar que las zonas costeras se vieron menos afectadas que las del interior, posiblemente por el acceso directo a la proteína del pescado, un componente muy beneficioso en la dieta.

¿Todos los españoles se vieron afectados por la autarquía y crecieron menos? "Posiblemente todos no, dado que las élites tenían capacidad económica para acceder al mercado negro y asegurarse una dieta mejor. Igual que aquellos propietarios que pudiesen autoabastecerse lo suficiente para no sufrir privaciones", responde Marco-Gracia. "Pero la gran mayoría de los jóvenes sí que sufrieron el efecto del conflicto y la autarquía dado que los alimentos básicos estaban limitados y racionados por el Estado. Si la ingesta de calorías fue inferior a la de las generaciones previas, eso conlleva un empeoramiento de los niveles de vida biológicos que no solo afectó a los hombres jóvenes, pero únicamente disponemos de tallado para ellos".

La guerra moderna inauguró un escenario de consecuencias dramáticas para el conjunto de la población, pero el caso español, según Francisco J. Marco-Gracia, esconde una peculiaridad: "Mientras en Europa, tras las dos Guerras Mundiales (y muy especialmente, tras la Segunda) vemos una recuperación más rápida con mercados que comienzan a funcionar correctamente pasado un tiempo, en España la autarquía arrastró el problema durante más tiempo, afectando a más generaciones".

El investigador subraya que a pesar de tratarse de un estudio de caso, su trabajo demuestra cómo los conflictos bélicos modernos han tenido un impacto permanente en el cuerpo de los jóvenes que la sufrieron, incluso aunque no participasen directamente —es decir, la Guerra Civil española produjo una generación de hombres en peores condiciones de bienestar biológico que sus antecesores—, y refleja que, en el caso español, la autarquía, que llevó aparejada una hambruna, todavía estiró más las privaciones y deficiencias de los años de conflicto.

"En conjunto, creo que este tipo de estudios (y este es uno de los pioneros en usar indicadores antropométricos más allá de la altura) nos permiten poner el foco de la Guerra Civil y de la autarquía en las personas corrientes y cómo lo sufrieron, sacándolo de la visión centrada en los bandos ideológicos", resumen. "Da igual la ideología de las familias, si no pertenecían a la élite, es muy posible que sufrieran privaciones alimenticias (respecto a lo que habían vivido anteriormente) durante las décadas de los treinta, cuarenta y cincuenta del siglo XX".

Otros estudios

Antes de este estudio, Francisco J. Marco-Gracia publicó otro junto Marga López, de la Universidad Autónoma de Barcelona, donde demostraban que en el Aragón rural a comienzos del siglo XX los individuos vinculados a partidos de izquierdas eran más bajos en promedio que los de derechas, lo que estaría vinculado a proceder de las familias más pobres/ricas dentro del subgrupo socioeconómico.

Ahora se encuentra inmerso en otra investigación que analiza que la desigualdad social ante la mortalidad adulta (viven más los de clase más alta) ha existido durante los últimos 500 en España. "Esto contradice lo que encuentran los nórdicos, donde la desigualdad solo aparece a finales del siglo XIX y las diferencias se ensanchan cada vez más hasta el día de hoy, pero es coherente con todos los estudios para el sur de Europa publicados hasta la fecha", resume. Gracias al apoyo económico de la Fundación Ramón Areces están construyendo una gran base de datos para ampliar el estudio.

Tres centímetros separaban a ricos y pobres al inicio de la guerra civil

 https://fseneca.es/web/tres-centimetros-separaban-a-ricos-y-a-pobres-al-inicio-de-la-guerra-civil-20065

Tres centímetros separaban a ricos y pobres al inicio de la guerra civil

Manuel Ansede, 20 de agosto de 2018

 

“Pasaban masas ya revueltas: mujerzuelas feas, jorobadas, con lazos rojos en las greñas, niños anémicos y sucios, gitanos, cojos, negros de los cabarets, rizosos estudiantes mal alimentados, obreros de mirada estúpida, poceros, maestritos amargados y biliosos. Toda la hez de los fracasos, los torpes, los enfermos, los feos; el mundo inferior y terrible, removido por aquellas banderas siniestras”. El escritor y aristócrata Agustín de Foxá ponía en boca de un joven falangista esta descripción del Madrid republicano en su novela Madrid, de Corte a Cheka, finalizada en 1937 y publicada en plena guerra civil española.

Foxá, coautor de la letra del Cara al sol, vivió en una de las zonas más ricas de Madrid, en la calle Ibiza, 1, enfrente del Parque del Retiro y muy cerca del distrito de Salamanca, históricamente burgués. A una hora a pie podía llegar a Vallecas, un canónico barrio obrero de la capital en el que Foxá podría encontrar una coartada biológica para su clasismo. Los ricos eran, en promedio, tres centímetros más altos que los pobres en 1936, según descubre ahora un estudio de las tallas de los jóvenes llamados a filas. Es un indicador perfecto de la desigualdad brutal que existía en España al inicio de la guerra civil.

 “Una diferencia de tres centímetros es elevadísima”, explica el antropólogo Carlos Varea, de la Universidad Autónoma de Madrid. Su equipo ha buceado por primera vez en los denominados Libros Filiadores de las Cajas de Reclutas de la Ciudad de Madrid, conservados en el Archivo General Militar de Guadalajara. “Es un material inédito no estudiado hasta el momento”, subraya Varea. Los libros, correspondientes al periodo 1936-1974, incluyen el nombre completo, la fecha de nacimiento, la dirección y la estatura de los hombres jóvenes de Madrid, fichados cuando cumplían 21 años. El archivo es oro puro para los investigadores.

La talla adulta de una población es un indicador excepcional de su bienestar biológico. La desnutrición y las enfermedades desde la etapa fetal a la adolescencia, además del trabajo infantil, afectan al crecimiento de manera irreversible. Un pobre, obviamente, puede ser mucho más alto que un rico, pero si se mira a grandes poblaciones la diferencia canta. El grupo de Varea ha comparado de momento las estaturas de 25.000 mozos de los distritos de Vallecas y Salamanca. La talla media en 1936 era de 167,63 centímetros en el barrio rico, tres centímetros más que en el barrio obrero.

Los expertos en salud pública no se cansan de repetir que el código postal es más importante que el código genético. Y esta desigualdad socioeconómica tiene efectos biológicos, en factores visibles como la estatura y el peso, pero también en la esperanza de vida. En la actualidad, los vecinos de El Goloso, en el norte de Madrid, viven 10 años más que los de Amposta, un barrio del distrito de San Blas, en el este de la capital. Madrid sigue siendo en 2018 terriblemente desigual.

 “Las diferencias de estatura siguen existiendo. Solo hay que irse a la salida de un colegio privado de la zona norte y a otro colegio público del sur de Madrid”, afirma el antropólogo Luis Ríos, investigador del Museo Nacional de Ciencias Naturales y coautor del estudio. Hace una década, Ríos y el abogado José Ignacio Casado acudieron al Archivo General Militar de Guadalajara en busca de datos que les ayudaran a identificar los restos humanos desenterrados en varias fosas de la guerra civil en Burgos. En Guadalajara, un archivero les habló de los libros con los datos de los jóvenes de Madrid ordenados por distritos, una oportunidad única para estudiar la desigualdad dentro de una gran ciudad.

El análisis de las tallas entre 1936 y 1974, publicado ahora en la revista especializada Nutrición Hospitalaria, muestra los efectos de la guerra civil y del primer franquismo sobre los españoles. En las cuatro décadas estudiadas, la estatura se incrementó casi siete centímetros en Vallecas y poco más de cinco centímetros en Salamanca, dejando una diferencia de 1,20 centímetros entre los dos distritos en 1974. Pero la subida no fue lineal. La altura, de hecho, llegó a reducirse en los jóvenes llamados a filas en la segunda mitad de la década de 1940. El impacto biológico de los años del hambre se detecta, sobre todo, en Vallecas. Los mozos tallados en 1948 medían un promedio de 163,5 centímetros, un centímetro menos que en 1936.

La autarquía franquista, el periodo entre 1939 y 1959, fue “la etapa más negra de la España contemporánea”, según el historiador José Miguel Martínez Carrión, de la Universidad de Murcia. El investigador acaba de estudiar la evolución de la estatura en Hellín, un municipio de Albacete con un peso importante de la agricultura de secano. La documentación para el reclutamiento militar de casi 9.000 mozos muestra que la talla de 1936 no se recuperó hasta 1960. Y que dentro de los pobres había jerarquías: los analfabetos eran más bajos que los que sabían leer y escribir.

El historiador, pionero en el estudio de la altura en España, lamenta la falta de datos detallados desde el final del servicio militar obligatorio en 2001. “Ahora mismo, si quisiéramos estudiar el impacto de la última recesión económica en la altura no podríamos, porque no tenemos series de datos. Y es una pena, porque sabemos que la altura es un buen instrumento para medir el bienestar”, sostiene Martínez Carrión. “Habría que instar a las autoridades a que midan a la población”.

Hace dos años, un macroestudio con datos de más de 18 millones de personas de 200 países reveló una gigantesca desigualdad mundial. Los hombres holandeses, con una altura media de 1,82 metros, miden 20 centímetros más que los de Timor Oriental. Y las mujeres guatemaltecas, con sus 1,49 metros de estatura, miden 21 centímetros menos que las letonas.

La culpa no es del ADN, sino de la pobreza. En España, la estatura media de los hombres era de 1,76 metros en 1996, unos 14 centímetros más que un siglo antes. En el mismo periodo, la altura de las españolas creció 12 centímetros, hasta los 1,63 metros. Hace cien años, un viajero podría haber pensado que las mujeres de Corea del Sur eran muy bajitas. Durante el siglo XX, su talla media creció 20 centímetros.


Una guerra de pobres reclutados a la fuerza

 Una guerra de pobres reclutados a la fuerza

Peio H. Riaño, 8 de julio de 2013

La ideología fue pólvora mojada en el conflicto en el que millones de españoles que nunca habían sido voluntarios y no querían verse implicados en la lucha pelearon entre sí durante tres largos y violentos años. La tercera España fue reclutada a la fuerza, retenida durante toda la guerra, se inventó expedientes imaginativos para eludir el servicio, otros sirvieron a regañadientes y trataron de no hacerse notar durante las hostilidades, y muchos cambiaron de bando fácilmente cuando les convino o cuando les fue posible.

El reclutamiento pasó por los mismos problemas en un ejército y en el otro para conseguir convencer y retener a la población. Dependió más de la geografía que de la ideología. “El conflicto español subraya la dificultad de conseguir una movilización sostenida en una guerra civil”, asegura el doctor en Historia de España por la Universidad de Oxford James Matthews, en el ensayo Soldados a la fuerza. Reclutamiento obligatorio durante la Guerra Civil 1936-1939 (Alianza).

La República movilizó más reemplazos que los nacionales y envió al frente a hombres física o psicológicamente inaptos para el servicio militar. Sin embargo, el ejército rebelde, que movilizó a menos reemplazos, mantuvo mejor la moral en la retaguardia. Los reclutas republicanos de más edad al final de la guerra tenían 45 años; los del ejército rebelde, 33. “Motivar a estos nuevos combatientes fue una tarea enormemente difícil. Ambos bandos gastaron una gran cantidad de energía y recursos en construir y reconstruir relatos para embellecer sus respectivas causas”.

Un nuevo modelo de soldado

En ese sentido, la República se vio forzada a formular una nueva definición de lo que significaba ser soldado. Debían crear un nuevo modelo de ejército para diferenciarse del enemigo y sus ideas, sobre todo, los militantes de partidos y sindicatos que se unieron voluntariamente. Querían un nuevo ejército: “Y eso se ve en el saludo del puño o el sistema del comisariado político”, explica el historiador. Los soldados de la República asociaban al ejército como el enemigo, necesitaban romper con esa imagen y surgieron los problemas de organización y de disciplina.

Laxa e ineficaz”, define Matthews la disciplina del Ejército Popular, “pese al constante recurso a métodos de castigo tradicionales, como el trabajo forzoso, e incluso a las ejecuciones sumarias por infracciones graves”. Así fue cómo este ejército, en su necesidad de distinguirse del enemigo al extremo, se puso obstáculos potenciales a su capacidad de combate. Buscó en sus soldados rasos una obediencia inclusiva y voluntaria, más que irreflexiva y automática.

“Ambos bandos utilizaron sus campañas de educación para reforzar los relatos edulcorados que había detrás de sus campañas de movilización e involucrar a sus soldados en la construcción del Estado”, con el objetivo de crear nuevos hombres sin compromiso, pero con ideologías.

La falta de alimentos

El libro enfatiza el papel de los participantes en lugar de las teorías sobre tácticas bélicas, sobre grandes nombres y grandes acontecimientos. El investigador baja a la trinchera, al lado del recluta, husmea en sus cartas, recorre la cotidianidad en sus memorias. Es la primera historia que trata del reclutamiento obligatorio en la Guerra Civil.

Y una de las pocas que se fijan en la importancia del pan. Cuenta Matthews que un soldado asturiano que luchaba con los nacionales en Teruel describió la llegada de pan y café como una oportunidad para darse un “gran banquete” después de días y días sin comer y en los cuales apenas “conservaba memoria” de la comida anterior.

Al parecer, el alto mando nacional también permitió a algunos soldados marroquíes trabajar como vendedores ambulantes en primera línea y suministrar a los soldados “botellas de coñac, leche condensada, tabaco, hojas de afeitar, jabón, sobres y plumas”. El coñac era un licor lo bastante fuerte para usarse como combustible de lámpara. Como licor no era tan bueno, conocido como “matarratas”.

El tabaco era tan importante como el pan. Era un consuelo psicológico porque reducía el apetito y aliviaba el estrés. Distribuirlo a diario suponía mantener a las tropas muy contentas. Una carta de un soldado a otro proporciona una prueba más de la importancia del suministro regular de tabaco. El remitente, explica Matthews, incluyó tres cigarrillos en el sobre, confiando en que los censores militares permitiesen su envío. Incluye entre la documentación otro soldado que directamente en su carta se dirige al censor: “Oye censor, no quites más pitillos de las cartas, porque no los llevas a los hospitales de sangre, como dices, y te los fumas tú, que yo me creo tienes poca vergüenza”. Tabaco de mala calidad.

El humor fue el mejor analgésico en las trincheras. Ante situaciones mortales, el mejor modo de enfrentarse a la muerte era con un chiste. En una tira cómica republicana, un soldado le dice a otro que tiene malas noticias y que el amigo que se había ido a casa de permiso ha muerto. “Imposible”, responde el otro, “si fuera verdad, habría escrito”. 

Morir de frío en los frentes olvidados de la Guerra Civil

 Morir de frío en los frentes olvidados de la Guerra Civil

 

Luis A. Ruiz Casero, 28 de enero de 2024

 

En la memoria colectiva de este país el episodio de la batalla invernal de Teruel ha quedado como un hito de las cotas del sufrimiento humano que pueden alcanzarse en los conflictos bélicos modernos, que no dan tregua ni siquiera en las condiciones climáticas más extremas. Historiadores como Antony Beevor han visto Teruel como un anticipo de Stalingrado. Como en la gran batalla de la Segunda Guerra Mundial, en la capital bajoaragonesa dos ejércitos de masas mataron y murieron en un combate urbano de pesadilla, con civiles atrapados entre las ruinas, padeciendo todos en la intemperie el desplome del mercurio en un invierno particularmente cruel.

Pero en España hubo una multitud de «pequeños terueles» en 1936-1939, combates librados bajo la ventisca en frentes olvidados, que no han dejado huella en el recuerdo histórico, y que sin embargo supusieron sufrimiento sin cuento para miles de combatientes. Como la defensa del Vértice Sierra, en el Alto Tajuña, fortificado por reclutas en alpargatas durante el invierno más crudo del siglo XX. O como el desdichado paso del Alto Tajo el 25 de enero de 1939, cuando apenas quedaban un par de meses para el fin oficial de la guerra, cuando casi diez mil hombres dirigidos por el antiguo albañil anarquista Cipriano Mera emprendieron un ataque desesperado para tratar de salvar Cataluña. La operación se puso en marcha en mitad de un temporal. La crecida del Tajo impidió tender tres de las cuatro pasarelas previstas, y la única desplegada fue destruida por una crecida, dejando a varios centenares de soldados aislados en territorio enemigo. El ataque resultó un fracaso y estuvo cerca de convertirse en un auténtico desastre, con la tropa totalmente desmoralizada, mal equipada para soportar el clima, lo que costó a Mera decenas de bajas por enfermedad.