Aena,
el día del libro y la antropología del pasillo obligatorio
Ángel
L. Fernández Recuero, 22 abril 2026
jotdown.es
Como
los lectores de Jot Down saben, estamos emocionados por haber entrado como
periodistas en el sector de los aeropuertos —y por extensión en el mundo de las
empresas participadas por el Estado— gracias a la irrupción del Premio Aena en
el panorama cultural español. Es un honor que una compañía tan comprometida con
las letras nos haya dado pie a nosotros, humildes plumillas culturales, para
acompañarla en su refinada apuesta por la cultura. Me dispongo, pues, a
examinar con el rigor que se nos supone y la guasa que se nos tolera la
brillante gestión de Maurici Lucena al frente de la empresa aeroportuaria
patria. En particular, su contribución menos publicitada al enriquecimiento
intelectual del viajero español, que es la consolidación del forced walk, ese
pasillo obligatorio a través de la tienda duty free del que no hay modo de
librarse si uno quiere llegar a su puerta de embarque. Maurici Lucena, conviene
recordarlo, es un hombre culto. Uno imagina al presidente de la mayor gestora
de aeropuertos del mundo repasando Los orígenes del totalitarismo de Hannah
Arendt mientras, por pura coincidencia histórica, sus equipos de diseño calibran
hasta el milímetro la trayectoria por la que más de trescientos millones de
pasajeros anuales deberán desfilar entre frascos de Hugo Boss y cartones de
Marlboro.
La
tesis, por si el lector tiene prisa
La
hipótesis de la que parto no tiene demasiada complejidad y no es otra que los
beneficios de nuestra compañía aeroportuaria favorita son el producto de dos
fenómenos que no requieren a un gestor intrépido a los mandos. El primero es el
turismo masivo que ha convertido a España en el segundo país más visitado de la
Tierra. El segundo es la arquitectura de recorrido obligatorio conocida en el
mundo anglosajón como forced walk, un invento nórdico al que debemos esa lenta
procesión de cuerpos cautivos entre tabaco, alcohol y colonias, donde cada
metro recorrido es un deleite para los espíritus ilustrados. Ambos son
fenómenos estructurales, ajenos al talento gerencial. Sustituyan al presidente
por cualquier lector medio de Jot Down, con su biblioteca y su suscripción a
The New Yorker, y los beneficios seguirían siendo récord. No estoy siendo
exagerado. Estoy describiendo las leyes elementales del monopolio en un país
donde el sol y los chiringuitos son los activos más valiosos.
La
topología del cautiverio
Reconozcámoslo,
el viajero contemporáneo es, sin duda, la figura más dócil que ha producido el
capitalismo tardío. Y esto es así por una cuestión de diseño, no por un asunto
de temperamento. Como la mayoría de nuestros lectores sabrán, en la hora que
transcurre entre el control de seguridad y el embarque, el pasajero discurre
por un territorio en el que las reglas del comercio ordinario no rigen y en el
que las reglas del espacio cívico han quedado suspendidas. A nadie se le multa
por no comprar, pero tampoco puede irse. A nadie se le obliga a entrar en la
tienda, pero la tienda es el único camino. Ha pagado su billete y sus tasas
aeroportuarias, y sin embargo se encuentra en la misma posición que un NPC en
el GTA condenado a recorrer un bucle de estímulos sin posibilidad real de
desviarse. Los estudios del sector, que son bastante abundantes, hablan de este
intervalo como golden hour. Dorada para quién, convendría precisar. Desde
luego, no para el viajero, que va nervioso, medio descalzo y con el cinturón en
la mano. Dorada para el gestor aeroportuario y su concesionaria, que saben que
en ese lapso el cerebro humano se encuentra en su estado más vulnerable.
La
descompresión posterior al control libera una pequeña dosis de dopamina que
busca traducirse en recompensa inmediata. La ambigüedad temporal que vivimos en
el aeropuerto, ese «todavía no he llegado, pero ya he salido», suspende las
reglas del gasto doméstico. La fatiga acumulada por las decisiones del control
—qué saco, dónde lo meto, me quito los zapatos o no— ha erosionado el
autocontrol hasta dejarlo a la altura de un cani ante una máquina de punch
ball. En ese estado, una botella de ratafia catalana a precio de un González
Byass Matusalem parece, por primera vez en la vida, una oferta razonable. La
palabra clave que usan los empresarios es captive audience. Público cautivo. La
expresión ha sido importada del vocabulario del marketing, pero tiene
resonancias carcelarias que no debemos dejar pasar. El cautivo es, por
definición, aquel que no puede marcharse. Por ello, el ciudadano que atraviesa
la T4 no es un cliente, no es un usuario, no es siquiera un peatón. Es un rehén
amable al que se le pide que aproveche su encierro para comprar un Toblerone
familiar que no quiere.
El
empujoncito
En
ciencias sociales hay un concepto, acuñado por Cass Sunstein y Richard Thaler,
que se ha hecho célebre bajo el nombre de nudge. El empujoncito. La idea, que
en el fondo es antigua pero que estos economistas conductuales envasaron con
etiqueta académica, sostiene que las decisiones humanas dependen mucho más del
contexto en el que se toman que de la deliberación racional del sujeto. Si en
la cafetería del colegio se colocan las frutas a la altura del ojo infantil y
los pasteles al fondo, los niños comen más fruta. Como los lectores avezados
podrán intuir, basta con ordenar el espacio para ordenar también la conducta.
No hay prohibiciones, solo diseño. El forced walk es la versión aeroportuaria
de ese mismo principio. Nadie le prohíbe a usted no comprar. Nadie le castiga
si pasa de largo. Nadie le señala con el dedo si llega a su puerta sin haber
adquirido su ensaimada. Pero todo el entorno está calibrado para que comprar
sea el camino de menor resistencia, y no comprar requiera un pequeño acto de
rebeldía consciente que la mayoría, después del arco, no tiene ya fuerzas para
ejecutar.
El
fenómeno tiene, desde luego, una considerable bibliografía académica detrás.
Shoshana Zuboff lo ha bautizado con cierta elegancia como «arquitectura de la
conducta». Foucault, con su intuición panóptica, lo había descrito ya en los
setenta bajo el rótulo más escolástico de poder disciplinario, esa red de
dispositivos menudos que modulan al sujeto sin necesidad de dirigirle la
palabra. El mérito específico de Aena, si hay que concedérselo, es haber
llegado a la síntesis sin haber leído a ninguno de los dos. La genialidad del
modelo, admítaseme el entusiasmo, es que reemplaza la prohibición por la
disposición. Donde antes había una ley, ahora hay un pasillo. Donde antes había
un guardia, ahora hay un escaparate. Donde antes había que argumentar, ahora
basta con curvar la pared hacia la derecha primero y a la izquierda depués. El
coste reputacional es infinitesimal. Es difícil organizar una manifestación
contra una estatería.
El
espacio público que ya no es público
El
aeropuerto español es un espacio a medio camino entre el servicio público y el
centro comercial. Aena es una sociedad mercantil estatal, y esa categoría
jurídica híbrida, inventada en el tránsito entre los años noventa y los dos
mil, contiene un pequeño truco semántico que rara vez se denuncia. Permite a la
empresa comportarse como pública cuando le conviene —para justificar su
monopolio, para vetar la construcción de aeropuertos competidores, para recibir
el respaldo del Estado si vienen mal dadas— y como privada cuando también le
conviene —para rendir dividendos a fondos de las «Islas Cocodrile», para
diseñar sus terminales con lógica retail, para licitar concesiones
multimillonarias—. Lo mejor de los dos mundos. Un regalo institucional que
pocos sectores empresariales en España disfrutan con semejante descaro. La
consecuencia es que el ciudadano ha perdido, sin que nadie se lo advirtiera, un
fragmento considerable de su espacio público.
Al
atravesar el arco de seguridad, uno abandona la ciudadanía y entra en una
condición jurídica menor que podría llamarse «cliente obligatorio». Los
derechos de circulación que rigen en la calle quedan suspendidos. Uno no puede
ir al avión por el camino más corto. Debe ir por el camino que alguien, en un
despacho de arquitectura contratado por Aena, ha decidido que es el más
rentable. Esta erosión del espacio público no es exclusiva del aeropuerto.
Forma parte de un proceso más amplio que Marc Augé, en los años noventa,
diagnosticó con la categoría del «no lugar». Augé estudió con precisión ese
espacio anodino, intercambiable, sin identidad, que producía el capitalismo de
flujo. Lo interesante es que su análisis se ha quedado corto. El aeropuerto de
2026 ya no es un «no lugar». Es un lugar muy concreto, dotado de una identidad
fortísima y de un proyecto perfectamente definido, que consiste en convertir al
viajero en consumidor durante setenta y cinco minutos. Ha dejado de ser un
espacio sin atributos para convertirse en un espacio con un único atributo: el
comercial. Lo cual es, en términos filosóficos, todavía peor.
La
sociología de la vergüenza complaciente
Queda
una pregunta que este artículo, si aspira a la honestidad mínima, no puede
eludir. ¿Por qué aceptamos esto? ¿Por qué el ciudadano español, que por lo
demás no tiene dificultad en llenar las calles cuando se le pide defender la
Seguridad Social o bajar el precio del alquiler, atraviesa cada año decenas de
millones de veces el forced walk sin rechistar? La respuesta, me temo, es
sociológicamente fascinante y moralmente desoladora. En primer lugar, porque el
diseño está calibrado para que la protesta sea operativamente imposible en el
momento en que tendría sentido. Uno no puede sentarse en el suelo de la tienda
y exigir un corredor alternativo. Tiene un avión que coger. El tiempo es
finito. La queja solo puede producirse después, cuando ya es inocua. Este es,
como los politólogos saben bien, el principio del poder posmoderno. No busca
silenciar la crítica. Busca desplazarla en el tiempo hasta el instante en el
que ya no cambia nada.
En
segundo lugar, porque el forced walk se nos presenta envuelto en el lenguaje
cálido de la «experiencia de pasajero». La trampa verbal es sofisticada. Nadie
diseñaría un pasillo obligatorio si se llamara «pasillo obligatorio». Lo que se
diseña, oficialmente, es una «experiencia comercial integrada en el flujo del
pasajero». El eufemismo no es un adorno sino una operación de reconfiguración
cognitiva. El sujeto, al llamarlo experiencia, se siente partícipe y no
víctima. Al llamarlo flujo, deja de sentirse empujado. El idioma del marketing
ha cumplido aquí su tarea más fina, que es convertir la sumisión en elección
informada. En tercer lugar, y esta es la explicación más descorazonadora,
porque una parte considerable de los viajeros disfruta del invento. Hay gente,
mucha, que al salir del control se alegra de encontrar la tienda, que compra
como ritual de partida, que asocia el primer frasco de colonia con el inicio de
las vacaciones, que ha incorporado el duty free a la gramática emocional del
viaje. El capitalismo de masas no se sostiene sobre la imposición, que es cara
y conflictiva, sino sobre la complicidad del consumidor, que resulta muchísimo
más barata. Una parte de nosotros quiere ser conducida por el pasillo. Lo sabe
Aena, lo sabe la concesionaria y lo sabe Lucena —porque lo ha leído—.
La
paradoja cultural, o el libro que nunca aparece
Llegamos
por fin al punto que me proponía desde el principio y que le da sentido al
título. Resulta que, como decíamos, el presidente de Aena es un lector
apasionado y que la empresa que preside ha querido entrar en el mundo de la
cultura con un Premio de Narrativa dotado como pocos en el mundo. Lucena se
fotografía con Rosa Montero en bibliotecas antiguas. Desde la compañía se
habla, con genuino entusiasmo, de la promoción de la lectura como misión
corporativa. Todo ello es, entiéndaseme, admirable. Y, sin embargo. Sin
embargo, uno entra en la T4 de Barajas, o en la T1 de Barcelona-El Prat, o en
cualquiera de las terminales de la red, y lo que encuentra a derecha e
izquierda de la gymkana comercial es tabaco y botellas de alcohol, bien para el
consumo gaznatil o bien acompañando de esencias aromáticas.
Aena,
bajo la docta y culta presidencia de Maurici Lucena, ha decidido que el
ciudadano español que atraviesa sus terminales sea expuesto, de manera
obligatoria y por decisión explícita de diseño, a productos que el Estado
considera suficientemente problemáticos como para gravarlos con impuestos
especiales como el alcohol y el tabaco. Que sea expuesto a libros, en cambio,
parece que no es algo que interese mucho, vayaustedasaberporqué. La promoción
de la lectura, en este esquema, es el premio literario. La promoción del
alcohol y el tabaco, en cambio, es la naturaleza comercial del aeropuerto junto
con los bocadillos a precio de caviar. Una dicotomía que, si uno la examina con
cierto pensamiento crítico, resulta algo ingrata con la figura del mecenas
ilustrado. No hay aquí contradicción consciente. Lo que hay es una disonancia
cognitiva perfectamente instalada en la élite gestora española, una forma de
pensar que permite compatibilizar citar a John Rawls con la curva calibrada
hacia la derecha en la terminal, el discurso sobre la cultura con la ingeniería
del impulso, el reconocimiento del escritor con el acorralamiento del lector. Los
símbolos los pone el presidente. Los números los pone el pasillo. Y los
pasillos, iletrados, son los que ganan.
Coda,
con agradecimiento sincero
Cuando
uno termina de pensar este asunto, en este día previo al libro y la rosa, la
conclusión es menos indignada de lo que a priori sentía al comenzar el texto.
Es, sobre todo, ligeramente melancólica. El forced walk no es un error, tampoco
es un abuso ni una anomalía corregible con una circular del Ministerio. Es el
síntoma depurado de un modo de entender el espacio público que ha renunciado,
sin grandes debates, a su propia definición. Una sociedad que acepta ser
conducida entre tabaco y alcohol por pasillos comerciales a medio camino entre
el recorrido del Ikea y la entrada a un estadio de fútbol para embarcar en
aviones tiene pocos argumentos sólidos para oponerse después a cualquier otra
forma, más discreta o más brutal, de arquitectura del comportamiento. El
pasillo no es el problema. El pasillo es la señal.
Feliz
Sant Jordi Sant Duty Free.
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