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LOS QUE VINIERON A LLENAR EL VACÍO: LOS REPOBLADORES DE MELEGÍS
Procedencia, nombres y destino de los
hombres y mujeres que llegaron a un pueblo fantasma después de la expulsión
morisca
El 9 de febrero de 1572, el licenciado
Jusepe Machuca llegó a Melegís casi de noche.
Llevaba encima la comisión firmada por
el Consejo de Hacienda de Granada. Llevaba también a su escribano, Antonio
Pérez de Badajoz, con sus papeles y su tintero. Y lo que encontraron al entrar
al lugar no era exactamente un pueblo: era el esqueleto de uno.
Ciento veintitrés vecinos había tenido
Melegís en tiempos de los moriscos. Cuando Machuca llegó, había treinta y seis.
Cuarenta casas en buen estado. Otras cuarenta con mediano reparo. Otras
cuarenta inhabitables. La iglesia, quemada: «solamente las paredes están
inhiestas». Los olivos sin podar. Los morales sin coger la hoja. Las acequias
rotas.
Y esos treinta y seis vecinos que
quedaban —la mayoría recién llegados, instalados en casas de moriscos por un
arrendamiento provisional de la Corona— eran los repobladores. Los que habían
venido a llenar el vacío que dejó una expulsión.
Para entender quiénes fueron los
repobladores de Melegís hay que entender primero el abismo que venían a cruzar.
Se ordenó que los moriscos del Valle de
Lecrín, Granada, Vega de Granada, etc., salieran hacia Córdoba y desde allí
fueron repartidos hacia Extremadura y Galicia. Para ello se reunieron el 1 de
noviembre en las iglesias de cada lugar para comenzar la marcha.
El 1 de octubre de 1570, los moriscos
del Valle de Lecrín fueron reunidos en las iglesias de cada lugar y comenzaron
la marcha hacia Córdoba. Ciento veintitrés familias de Melegís. Sesenta y cinco
casas de Restábal. Generaciones enteras arrancadas de los bancales que habían labrado
sus abuelos.
Y atrás quedó todo: casas, olivos,
morales, viñas, molinos, hornos, acequias. Un territorio entero súbitamente
vacío, congelado como una fotografía del día anterior a la catástrofe.
La expulsión de los moriscos del reino
de Granada en los años de 1570 y 1571 provocó una enorme pérdida demográfica y
económica que muy pronto trató de ser compensada por la monarquía de Felipe II
mediante el inicio de un vasto proceso repoblador.
La maquinaria burocrática se puso en
marcha casi de inmediato. El 24 de febrero de 1571, una real cédula confiscaba
y expropiaba los bienes de los moriscos expulsados. La repoblación fue
encargada a don Pedro de Deza, presidente de la Chancillería, y a Rodríguez de
Villafuente Maldonado y Arévalo de Zuazo. Las condiciones se redactaron. Los
pregones se hicieron en las ciudades del interior.
Y empezó el goteo de gente.
El proceso no fue un acto único. Fue un
proceso largo, con al menos tres fases distintas, cada una con sus propias
normas y sus propios problemas.
La primera fase iría entre 1570 y 1576,
en la que se procede a la confiscación de los bienes de moriscos, se dictan las
primeras normas organizativas de la repoblación y se acomete el apeo, deslinde
y amojonamiento de lugares del reino, al mismo tiempo que se traen a los nuevos
pobladores no sin antes precisar sus derechos y obligaciones, así como las
franquicias y privilegios que disfrutarían por venir a poblar el reino de
Granada.
En Melegís, esta primera fase se
materializó en un arrendamiento colectivo: los vecinos —los treinta y seis que
estaban allí en 1572— arrendaron conjuntamente los bienes moriscos confiscados
a la Corona. No recibieron las tierras en propiedad. Las arrendaron. Por tres
años. Pagando una renta.
El Libro de Apeo lo confirma: Pedro
González declara ser «poblador del dicho lugar» y describe cómo «en los tres
años primeros del arrendamiento que se hizo de la dicha hazienda de su
Magestad, se les dio e repartio [...] una haça, con quatro pies de olibos, e
una higuera». Tres años de arrendamiento. Una haça. Cuatro olivos. Una higuera.
Y el arrendamiento podía renovarse —hubo al menos un segundo arrendamiento
mencionado en el Apeo— o convertirse en suerte definitiva.
El Apeo de Machuca en febrero de 1572
llegó justo en medio de ese primer arrendamiento: los vecinos llevaban poco más
de un año instalados. Algunos apenas unos meses. Todo era provisional. Nada
estaba fijo.
La segunda fase se desarrollaría a
partir de 1577-1579, cuando se publican nuevos reglamentos y se sustituye el
pago de la renta en especie por dinero.
En Melegís, esta fase la vemos en acción
en los documentos de 1577: el alcalde Alonso Román denunciando usurpaciones, el
escribano Alonso Sánchez tomando posesiones, Juan López el Viejo dando
explicaciones sobre los bienes que tenía. El segundo arrendamiento había traído
nuevas suertes, nuevos repartos, nuevas disputas.
El Apeo registra al menos dos
arrendamientos sucesivos en Melegís antes de 1577. Entre el primero y el
segundo, algunas suertes cambiaron de manos —Rodrigo Alonso tuvo los parrales
en el primero, Gregorio de Urquiza se los tomó en el segundo—, algunos
pobladores abandonaron el lugar y otros llegaron a sustituirlos.
La última fase se abrió en 1595 cuando
la citada visita, desarrollada dos años antes, observó problemas de todo orden
en el asentamiento de la población, incluyendo el incumplimiento sistemático de
la legislación repobladora.
Esta fase no está documentada en el
Libro de Apeo de Melegís —que se cierra con los documentos de 1577— pero sus
efectos se ven en el Repartimiento de Restábal, que sí continúa hasta los años
veinte del siglo XVII y muestra cómo la población seguía siendo inestable:
repobladores que se van, herederos que llegan, suertes que cambian de
manos.
El Libro de Apeo de Melegís no tiene,
como el de Restábal, un listado ordenado de suertes con sus titulares y sus
procedencias. Lo que tiene es algo más vivo y más disperso: los nombres de los
repobladores aparecen en los testimonios, en las denuncias, en los actos de
posesión. Hay que recogerlos uno a uno.
Estos son todos los que el documento
identifica:
Vecino del lugar en 1577. Aparece como
testigo en dos de los principales pleitos del Apeo: el del olivo de Juan López
el Viejo y el de los parrales de Urquiza.
Su declaración es la más precisa sobre
el funcionamiento del arrendamiento: «en los tres años primeros del
arrendamiento [...] se le dio e repartio [...] una haça, con quatro pies de
olibos». Sabe firmar —su rúbrica aparece al pie de sus declaraciones—. Era
alfabetizado, lo cual no era lo habitual entre los repobladores.
Lleva cinco años en el lugar cuando
declara en 1577. Llegó, por tanto, hacia 1572, posiblemente con el primer
arrendamiento o poco después. Su procedencia no consta, pero su apellido
—González— es genérico y no da pistas.
Vecino en 1577, declara que «puede aver
quatro años que es bezino del dicho lugar». Llegó, pues, hacia 1573. Sabe
firmar.
Su testimonio sobre los parrales de
Urquiza es preciso y detallado: recuerda quién los tenía en el primer
arrendamiento, quién en el segundo, y lo que le dijo Bernabé de Baeza sobre su
origen morisco. Un hombre con memoria y con criterio.
No consta su procedencia.
Vecino en 1577: «puede aver çinco años,
poco mas o menos, queste testigo bibe en el dicho lugar de Melexix». Llegó
hacia 1572, posiblemente en la primera oleada. No sabe firmar —su declaración
la rubrica el escribano en su nombre—.
Recuerda haber ido a reconocer las
suertes del segundo arrendamiento junto a Bernabé de Baeza, el morisco
conocedor. Un repoblador que aprendía el terreno de la mano del experto
morisco.
Mencionado como «vezino que fue del
dicho lugar» —pasado, es decir, ya no estaba en 1577—. Tuvo los parrales de uva
xatagoíl en el primer arrendamiento durante tres años. En el segundo
arrendamiento, Gregorio de Urquiza se los tomó.
Rodrigo Alonso se fue. No consta adónde.
Otro repoblador que no aguantó.
También mencionado como «bezino del
dicho lugar» en los testimonios sobre los parrales. En el primer arrendamiento
tenía «unas parras xataguies [...] de su Magestad, de la suerte que tenia» y él
mismo reconoció públicamente que eran del rey, no suyas. Un repoblador con
escrúpulos jurídicos.
No consta si seguía en el lugar en
1577.
Era regidor del Concejo de Melegís en
1577. Su presencia en ese cargo indica que llevaba tiempo en el lugar y había
ganado suficiente confianza vecinal para ser elegido. Presentó la denuncia
contra Juan López por la apropiación de las aceitunas y sus árboles.
«Llegamos a dos matas de olivar, y nos
dixo que era suyo, y nos engañó, y perfio suyo, y lo defendio todo lo posible,
y cogió y esquilmó».
Antonio Fiallo: el regidor que fue a
coger aceitunas con los vecinos y se encontró con un engaño. Su carta de denuncia
tiene un tono de indignación genuina que se palpa a través del papel.
El más citado de todos los repobladores
de Melegís. Era alcalde ordinario del lugar en 1577, lo que lo convierte en la
máxima autoridad civil local.
Sus actuaciones en el Apeo son
numerosas: denunció a Juan López el Viejo por los bienes usurpados, reclamó al
Consejo de Hacienda que se devolvieran los bienes a los pobladores, participó
como testigo en la posesión general de bienes tomada por Machuca en 1572 —«a lo
qual fueron testigos Diego Ruyz, e Hernando de Cordoba, e Bernabe Perez, e
Alonso Roman, e Juan de Castro».
Sabe firmar. Gestiona bien la burocracia
—presenta peticiones en forma ante el Consejo de Granada—. Un repoblador que se
integró completamente en la estructura institucional del lugar.
Aparece en los primeros documentos del
Apeo, en febrero de 1572, como testigo de la llegada del juez Machuca al lugar
—«testigos Juan Lopez, e Diego Ruiz, estantes en el dicho lugar»—. También en
la posesión general de 1572 y en las notificaciones de ese mes.
Era, por tanto, uno de los primeros
repobladores. Llegó antes incluso de que el juez Machuca viniera a hacer el
apeo. Uno de los que se instalaron en 1570 o 1571, en el primer momento de
vacío. No consta su procedencia.
Ya lo conocemos del artículo anterior:
regidor del Concejo, arrendador del lugar, testigo habitual, acusado por
Antonio Baelo de poseer hacienda de dudosa procedencia.
Pero en el contexto de los repobladores
tiene un dato importante: declaró ante el juez Machuca que «el dicho juez le
dio y adjudico a este testigo como bezino y poblador del dicho lugar, y regidor
que a la sazon era del, una haça de hasta marjal y medio». Es decir: fue él
mismo poblador y regidor a la vez desde el primer momento. Llegó pronto, tomó
un cargo, y aprovechó la posición.
No consta su procedencia de fuera de
Melegís; podría ser uno de los pocos que ya estaba allí antes del alzamiento
como cristiano viejo, reconvertido ahora en poblador oficial.
Aparece en los testigos de la posesión
general de 1572, junto a Diego Ruiz, Alonso Román y Juan de Castro. Nada más
sabemos de él. Uno de los rostros del fondo, de los que el Libro de Apeo nombra
una vez y no vuelve a mencionar. Existió. Estuvo allí. Firmó como
testigo.
Idem que Bernabé Pérez: aparece en los
testigos de la posesión general de febrero de 1572 y desaparece del texto. Un
repoblador de la primera hora que el documento no vuelve a encontrar.
El Libro de Apeo de Melegís es menos
explícito que el de Restábal en cuanto a la procedencia de los repobladores. No
hay, para Melegís, una lista ordenada como la que el Repartimiento de Restábal
construye con sus suertes. Pero el contexto histórico general y los datos
comparativos del Valle de Lecrín permiten reconstruir el panorama.
Los repobladores no llegaron al azar. La
Corona de Castilla organizó un sistema de «Suertes» (lotes de tierra). Según el
Libro de Apeo de Dúrcal, la mayoría de estos nuevos vecinos no eran andaluces,
sino que venían de Castilla la Nueva (actuales Toledo y Ciudad Real), Reino de
Jaén (zonas de frontera), Extremadura y Murcia.
Para Melegís, el patrón debió de ser
similar pero con matices propios del Valle de Lecrín. Los apellidos de los
repobladores mencionados —González, Muñoz, Hernández, Román, Castro, Ruiz— son
genéricos y no permiten adscripción regional precisa. Pero los nombres de
algunos vecinos que aparecen como linderos en los documentos de 1572 sí dan
alguna pista:
Un patrón emerge: los repobladores de
Melegís parecen haber venido en gran medida de la propia provincia de Granada y
zonas limítrofes —Málaga, Jaén—, más que del interior castellano. La cercanía
de Granada capital —cinco leguas, como dice el Apeo— y la buena fama del Valle
de Lecrín como tierra fértil atrajo a vecinos de la comarca antes que a colonos
lejanos.
Esto coincide con lo que el Valle de
Lecrín muestra en su conjunto: muchos de estos colonos se casaron con las pocas
familias moriscas que recibieron permiso para quedarse por su conocimiento
técnico (médicos o expertos en acequias). En Melegís, Bernabé de Baeza —el
morisco que actuó como conocedor— era precisamente ese experto indispensable al
que los nuevos pobladores recurrían para aprender qué era de quién y cómo
funcionaba el sistema.
La caída es brutal: de 123 vecinos a 36
vecinos. Una reducción del 70% de la población en menos de dos años. Y esos 36
vecinos eran todos repobladores nuevos: cinco o seis de ellos eran cristianos
viejos que ya estaban antes —María de Herbas, Juan López, Hernando de Córdoba,
el sacristán Porres, el beneficiado Pinedo—. Los repobladores propiamente
dichos no llegarían a treinta.
Treinta vecinos para llenar el espacio
de ciento veintitrés. Para mantener los quinientos marjales de tierra de
regadío. Para coger las quinientas arrobas de aceite. Para cuidar los morales.
Para limpiar las acequias. Era imposible. Y el Apeo lo sabe: «la mucha
población que biben en el dicho lugar», dice con ironía involuntaria al
referirse a los treinta y seis vecinos.
Uno de los datos más reveladores del
Apeo de Melegís es la mención recurrente de repobladores que ya no estaban
cuando los documentos se redactan:
Rodrigo Alonso: «vezino que fue del
dicho lugar». Se fue.
Miguel de Angulo: mencionado en pasado,
no presente en 1577.
Varios de los 36 de 1572 no aparecen en
los documentos de 1577.
La rotación era enorme. La última fase
se abrió en 1595 cuando la citada visita observó problemas de todo orden en el
asentamiento de la población, incluyendo el incumplimiento sistemático de la
legislación repobladora.
Los repobladores que llegaban a Melegís
encontraban:
Muchos se fueron. Otros resistieron. Y
algunos —como Alonso Román, que llegó a ser alcalde, o Antonio Fiallo, que
llegó a ser regidor— echaron raíces.
El 24 de febrero de 1572, el licenciado
Machuca tomó posesión general de todos los bienes moriscos de Melegís en nombre
de Felipe II. Estaba en la iglesia quemada del lugar. A su alrededor, los
testigos: Diego Ruiz, Hernando de Córdoba, Bernabé Pérez, Alonso Román, Juan de
Castro. «E otros muchos», añade el escribano.
Otros muchos. Sin nombres. Sin
procedencia. Sin historia individual registrada.
Treinta personas llegadas de distintos
puntos de Andalucía y Castilla a un pueblo que no era el suyo, a cultivar unos
campos que no conocían, siguiendo unas acequias cuyo trazado les explicaba un
anciano morisco de ochenta años que tampoco podía quedarse mucho tiempo más.
Los durqueños de hoy son el resultado de
esa mezcla: sangre castellana, determinación jiennense y el ingenio andalusí
que dejó diseñadas las acequias y los bancales.
Lo mismo vale para Melegís. Los vecinos
de hoy son descendientes de esa mezcla improbable: los que llegaron a llenar el
vacío y los pocos que ya estaban. El valle fértil hizo el resto. El agua siguió
corriendo por las acequias que los moriscos construyeron. Los olivos siguieron
dando aceite. Los naranjos florecieron.
Y el lugar que en febrero de 1572 tenía
cuarenta casas habitables y una iglesia quemada volvió a ser, con el tiempo,
Melegís.
Fuente principal:
M. Espinar Moreno, C. González Martín,
A. de la Higuera Rodríguez, I. C. Gómez Noguera. «El Valle. Libros de Apeo y
Repartimiento de Melegís y Restábal». Granada, 2006.
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NOTA: Cuando el Libro de Apeo habla de
“vecinos”, no cuenta personas sueltas, sino hogares: cada vecino equivale
aproximadamente a una familia o casa habitada. Por eso los 123 vecinos moriscos
de Melegís pudieron representar en realidad a unas quinientas o seiscientas
almas. Y los 36 vecinos de 1572 no eran treinta y seis personas, sino treinta y
seis hogares intentando sostener un pueblo entero.
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