viernes, 17 de agosto de 2012

Imágenes del arte barroco. Historia del Arte. Algaida, 2021

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José Benito de Churriguera. Retablo mayor de San Esteban. (1692-1694). Pino dorado.

Precio: 143.000 reales. El lienzo del ático es obra del pintor Claudio Coello, que cobró una factura de 6.000 reales. Convento dominico de San Esteban, Salamanca.

Para los ilustrados españoles de los siglos XVIII y XIX, los retablos barrocos de Churriguera habían apestado los templos. Eran pegotes, emplastos, insignes mamarrachos; deformes maderajes, faltos de orden y concierto; ridículas fruslerías, mezquindades, armatostes de hojarasca; locuras rematadas de miembros bárbaros y monstruosos, chafarrinadas, indecentes mascarones, broza de abominable tallaza; indigestos promontorios, abortos ridículos del arte, diabólicas piras incendiarias, relumbrones para embobar y objetos indignos de la casa de Dios. Hubo que esperar a 1908 para que Eugenio d'Ors iniciara la recuperación del Barroco y de este arquitecto maldito, sentenciando: «Preveo para Churriguera, en hora próxima, una justiciera venganza». La venganza frente a sus detractores se ha producido entrado el siglo XX y, en la actualidad, los retablos churriguerescos gozan de la misma estima que tuvieron en los años de su realización.

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Gian Lorenzo Bernini. Columnata de San Pedro (1656-1657). Mármol. Plaza de San Pedro del Vaticano, Roma.

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Louis Le Vau. Palacio de Vaux-le-Vicomte (1657-1661). Maincy, Francia.

Fue construido para Nicolás Fouquet, ministro de finanzas de Luis XIV. La decoración interior corrió a cargo del pintor Charles Le Brun y la jardinería se encomendó al paisajista André Le Nôtre. La esplendorosa ceremonia de su inauguración, celebrada el 17 de agosto de 1661, motivó la envidia del Rey Sol y la caída en desgracia de Fouquet, que vio confiscados sus bienes. El equipo de artistas pasó a trabajar en Versalles, donde imitaron a gran escala este modelo.

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Gian Lorenzo Bernini. Sant’Andrea al Quirinale (1658-1670). Cúpula, fachada y planta de la iglesia. Roma

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Francesco Borromini. San Carlo alle Quattro Fontane. Cúpula, planta (1638-1641) y fachada (1664-1667) de la iglesia. Roma.

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Gian Lorenzo Bernini. Baldaquino y Cátedra de San Pedro. Basílica de San Pedro del Vaticano, Roma.

El Baldaquino (1624-1633), situado bajo la cúpula, recuerda que allí está la tumba del Príncipe de los Apóstoles; la Cátedra (1657-1666), adosada al ábside, se relaciona con la silla que usó San Pedro como primer obispo de Roma. Cuenta el pintor Annibale Carracci, que estando un día acompañado de Bernini niño, dijo, mientras observaba la construcción de San Pedro: «Aún está por venir el prodigioso artesano que realice dos grandes monumentos proporcionados con la grandiosidad de este templo, uno en el centro y otro en el extremo». Ante lo cual el joven genio exclamó: «Ojalá pudiera ser yo ese».

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Francesco Borromini. Sant'Ivo alla Sapienza (1642-1650). Planta, fachada y cúpula de la iglesia. Roma.

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Jules-Hardouin Mansart y André Le Nôtre. Palacio de Versalles (1678-1703). Versalles, Francia.

Fue la plataforma política de Luis XIV y el mayor palacio europeo del siglo XVII, capaz de albergar 20.000 personas.

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Jules-Hardouin Mansart y Charles Le Brun. Galería de los Espejos (1678-1682). 73x10’50x12’30 metros. Palacio de Versalles.

Los 16 ventanales de la fachada se corresponden con otros tantos espejos interiores, que amplían ficticiamente la anchura del corredor. Le Brun pintó en el techo los anales victoriosos de Luis XIV de Francia.

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Gian Lorenzo Bernini. David (1623-1624). Mármol. 170 cm. Galleria Borghese, Roma.

El escritor florentino Filippo Baldinucci y el hijo del escultor Domenico Bernini, refieren que el artista se autorretrató en esta obra y que el cardenal Maffeo Barberini, futuro papa con el nombre de Urbano VIII, le sostenía en algunas ocasiones el espejo para que pudiera copiarse mientras trabajaba.

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Gian Lorenzo Bernini. San Longinos (1629-1638). Mármol. 440 cm. Basílica de San Pedro del Vaticano, Roma.

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Gian Lorenzo Bernini. Éxtasis de Santa Teresa (1645-1652). Mármol. Capilla Cornaro, Iglesia de Santa Maria della Vittoria. Roma.

En 1645 el cardenal veneciano Federigo Cornaro compró en esta iglesia carmelita la capilla del brazo izquierdo del transepto con el propósito de convertirla en panteón. Las obras de acondicionamiento y decoración se las encargó a Bernini, que representa en el retablo la Transverberación de la Santa de Ávila, fundadora de las Carmelitas descalzas, en honor a la orden propietaria del templo, y en los laterales a ocho miembros de la familia Cornaro: el donante, su padre el Dux Giovanni, y seis antepasados del siglo XVI, que también habían sido cardenales. De esta galería de retratos, Bernini sólo labró el del promotor de la empresa y el grupo central de Santa Teresa de Jesús con el querubín, inspirándose en un pasaje autobiográfico de la Mística Doctora, cuando escribe: “Vi un ángel cabe mí hacia el lado izquierdo en forma corporal [...] no era grande sino pequeño, hermoso mucho, el rostro encendido [...] y en las manos un dardo de oro largo, y al fin del hierro me parecía tener un poco de fuego. Este me parecía meter en el corazón algunas veces y me llegaba a las entrañas: al sacarle me parecía las llevaba consigo, y me dejaba toda abrasada en amor grande de Dios”. En el tragaluz del techo, Bernini dispuso una máquina de espejos para que los rayos de sol se filtraran sobre la estatua, produciendo claros y oscuros que subrayan el efecto de levitación y la irradian de modo especial el 15 de octubre, aniversario de la muerte de Santa Teresa.

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Gian Lorenzo Bernini. Tumba del Papa Urbano VIII (1627-1647). Bronce dorado y mármol. Basílica de San Pedro del Vaticano, Roma.

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Gian Lorenzo Bernini. Retrato del Duque Francisco I d’Este (1650-1651). Mármol. 100 cm. Museo Estense, Módena.

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Michelangelo Merisi “il Caravaggio”. La Buenaventura (1594). Óleo sobre lienzo. 99 x 131 cm. Museo del Louvre, París.

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Annibale Carracci. Galería Farnesio (1597-1600). Fresco. 18x6 metros. Palazzo Farnese, Roma.

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Michelangelo Merisi «il Caravaggio». Baco (1593-1594). Óleo sobre lienzo. 95x85 cm. Uffizi, Florencia

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Michelangelo Merisi “il Caravaggio”. La vocación de San Mateo (1601). Óleo sobre

lienzo. 338x348 cm. Capilla Contarelli, Iglesia de San Luis de los Franceses, Roma.

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Michelangelo Merisi “il Caravaggio&gt”. La muerte de la Virgen (1606). Óleo sobre lienzo. 369x245 cm. Museo del Louvre, París.

[277]

Michelangelo Merisi «il Caravaggio». La Virgen de Loreto (1603-1605). Óleo sobre lienzo. 260 x 150 cm.  Capilla Cavalletti, Iglesia de San Agustín. Roma.

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Pedro Pablo Rubens. Don Francisco de Sandoval y Rojas, Duque de Lerma (1603). Óleo sobre lienzo. 283x200 cm. Museo del Prado, Madrid.

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Rembrandt. Los síndicos del gremio de pañeros (1662). Óleo sobre lienzo. 191x279 cm. Rijksmuseum, Ámsterdam.

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Pedro Pablo Rubens. Autorretrato con su esposa Isabel Brant (1609). Óleo sobre lienzo. 179 x 136 cm. Alte Pinakothek, Múnich.

Representa al artista a la edad de 32 años, en el momento de contraer matrimonio con la joven de 18 Isabel, hija del jurista Jan Brant, canciller de Amberes. La ceremonia tuvo lugar el 3 de octubre de 1609.

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Pedro Pablo Rubens. El triunfo de la Iglesia sobre la Furia, la Discordia y el Odio (1628). Óleo sobre tabla. 86 x 91 cm. Museo del Prado, Madrid.

Forma parte de la serie de cartones preparatorios para el gran tapiz de la Apoteosis Eucarística, que se tejió en Amberes con destino al convento de las Descalzas Reales, de Madrid. Un informante flamenco escribe a Su Santidad Urbano VIII: «La infanta (Isabel Clara Eugenia) envía a Madrid a las Descalzas una tapicería conteniendo figuras y misterios de la Santa Eucaristía, de la que los patrones son hechos por Rubens, han costado 30.000 florines. La tapicería vale cerca de 100.000». La composición de esta escena está basada en las entradas de los emperadores en Roma. La Iglesia, con la custodia eucarística en la mano y coronada con la tiara papal, pasea en una cuadriga triunfal, con la Ceguera y la Ignorancia detrás del carro. Un ángel a caballo abre la comitiva, portando las llaves y el pabellón pontificial. El Odio, la Discordia y la Maldad han sido atropellados por las ruedas.

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Pedro Pablo Rubens. Enrique IV de Francia recibiendo de Júpiter y Juno el retrato de María de Medici (1621-1624). Óleo sobre lienzo. 395x295 cm. Museo del Louvre, París.

El 5 de octubre del año 1600 una Florencia engalanada fue testigo de la boda por poderes entre Enrique IV de Francia, de 46 años, y María de Medici, de 27. El novio acababa de divorciarse de Margarita de Valois por no tener descendencia y el nuevo enlace pretendía asegurar la continuidad de la dinastía borbónica. María de Medici recibió el siguiente mandato: “Quedad encinta”, y el 27 de septiembre de 1601 nacía el futuro Luis XIII.

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Pedro Pablo Rubens. Las tres Gracias (1638). Óleo sobre tabla de roble de Polonia.

221 x 181 cm. Museo del Prado, Madrid.

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Rembrandt. Autorretrato con la paleta y pinceles (c.1665). Óleo sobre lienzo. 114 x 94 cm. Kenwood House, Londres.

El artista, a punto de cumplir 60 años, se retrata en el taller, vestido con la ropa de trabajo y los útiles de pintar.

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Rembrandt. La lección de anatomía

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Rembrandt. La ronda de noche o La Compañía del capitán Banning

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Rembrandt. Aristóteles contemplando el busto de Homero (1653). Óleo sobre lienzo. 143 x 136 cm. Metropolitan Museum, Nueva York.

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Hermano jesuita Pedro Sánchez. Planta de la iglesia del Colegio Imperial, de la Compañía de Jesús (según Schubert). 1620. Madrid.

Su diseño arquitectónico está inspirado en el templo romano del Gesù. En 1631 se hizo cargo de las obras el hermano Francisco Bautista, que terminó la fachada y elevó la cúpula del crucero, donde utilizó por vez primera en España el sistema «encamonado».

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Miguel de Zumárraga, Alonso de Vandelvira y Cristóbal de Rojas. Planta de la iglesia del Sagrario (según Schubert). 1618. Sevilla.

El Sagrario hispalense, consagrado a San Clemente, acuña el modelo definitivo de «templo de cajón», que se convertirá en el prototipo ideal del barroco andaluz e hispanoamericano a lo largo de los siglos XVII y XVIII.

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Fray Alberto de la Madre de Dios. Fachada del Real monasterio de la Encarnación (1611-1612). Piedra de Vallecas. Madrid.

Fue fundado por la reina Margarita de Austria ante «el buen suceso» que supuso la expulsión de los moriscos. El 8 de agosto de 1611, el escultor Alonso Carbonell se obligaba a labrar los dos escudos y la historia de la Anunciación, que campean en la fachada «a satisfacción del Padre fray Alberto de la Madre de Dios, por cuya traça se fabrica el monasterio».

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Fray Lorenzo de San Nicolás. Modelo de cúpula encamonada, incluida en su tratado Arte y uso de la Arquitectura (segunda parte, Madrid, 1663), cap. 51, р. 195.

Esta falsa cúpula de yeso, con armazón de madera y chapitel empizarrado, es de origen francés. El jesuita Francisco Bautista la introdujo en Madrid y el código arquitectónico del agustino recoleto fray Lorenzo de San Nicolás la divulgó entre los alarifes castellanos. Su éxito venía justificado por el escaso peso que ofrecía y el abaratamiento de los costes, al prescindir de la piedra como material de construcción. Se convertía así en la cubierta más idónea para las épocas de dificultades financieras y «hoy está España -escribía fray Lorenzo - no para emprender edificios grandes, sino para conservar los que tiene hechos».

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Francisco Javier Pedrajas. Capilla Sacramental (1784). Parroquia de Nuestra Señora de la Asunción. Priego, Córdoba.

En el siglo XVIII se produjo en la encrucijada de las actuales provincias de Sevilla, Málaga y Córdoba una eclosión de la yesería, con ejemplos sobresalientes en Estepa, Antequera, Lucena y Priego. La máxima expresión de este barroco blanco tuvo lugar en la elegante Capilla Sacramental, de Priego, donde la luz complementa el espacio arquitectónico y envuelve al fiel en una atmósfera mágica.

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Francisco Hurtado

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Pedro de Ribera

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Jaime Bort

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Fernando de Casas Novoa

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Leonardo de Figueroa

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Juan Gómez de Mora. Plaza Mayor (1617-1619). Madrid.

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Francisco Rizi. Auto de fe celebrado el 30 de junio de 1680 en la Plaza Mayor de Madrid (1683). Óleo sobre lienzo. 277 x 438 cm. Museo del Prado, Madrid.

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Juan Martínez Montañés. Retablo mayor de San Isidoro (1609-1613). Madera de borne en la arquitectura y cedro en la escultura. Precio: 38.500 reales. La policromía corrió por cuenta de Francisco Pacheco. Monasterio de San Isidoro del Campo. Santiponce, Sevilla.

Iconografía: 1 Adoración de los Padres, Ángeles y Pastores; 2 Adoración de los Reyes; 3 Resurrección; 4 Ascensión. En la calle central las imágenes de San Jerónimo, San Isidoro, la Asunción y el Crucificado. En los laterales, los sepulcros y figuras orantes de don Alonso Pérez de Guzmán y doña María Coronel, fundadores del cenobio.

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Francisco Salzillo. Paso del Prendimiento de Cristo, del Beso de Judas o, simplemente, del Beso (1763). Madera policromada. Precio: 8.602 reales. Real Cofradía de Nuestro Padre Jesús Nazareno. Museo Salzillo, Murcia.

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Gregorio Fernández. Cristo atado a la columna (1619). Madera policromada.177 cm. Iglesia penitencial de la Vera Cruz, Valladolid.

El 22 de junio de 1619, la Hermandad vallisoletana solicitaba del pontífice Paulo V «indulgencia y jubileo, a imitación de la llaga que a Nuestro Señor Jesucristo le hicieron en sus sagradas espaldas, para el Eccehomo de la columna que la dicha cofradía tiene en su altar de su iglesia». El efecto realista de las heridas se conseguía en los talleres mediante grumos de corcho apelmazados.

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Estructura y dispositivo interior de las Vírgenes de vestir, en el que se observa el acabado del rostro, cuello y manos, la articulación de los brazos, los ensambles del cuerpo y la composición del candelero.

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María Santísima de la Esperanza Macarena (1680). Imagen de vestir. Pino en el candelero y ciprés en la mascarilla y manos. 175 cm. Basílica de Nuestra Señora de la Esperanza, barrio de la Macarena. Sevilla.

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Gregorio Fernández. Piedad (1616-1617). Madera policromada. La policromía corrió por cuenta de Marcelo Martínez y los ojos de cristal los fabricó Hervás Garcés. 175 cm. Museo Nacional de Escultura Policromada, Valladolid.

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Gregorio Fernández. Cristo Yacente (1614-1615). Madera policromada. 155 cm. Convento de los Capuchinos. El Pardo, Madrid.

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Gregorio Fernández. Paso del Descendimiento (1623-1624). Madera policromada.  Iglesia penitencial de la Vera Cruz, Valladolid.

En 1757, el Cabildo de la Cofradía decidió colocar la Dolorosa en el camarín del altar mayor y hacer una copia para el paso. La Virgen original de Gregorio Fernández se venera en la actualidad con el título de Nuestra Señora de la Vera Cruz.

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Juan Martínez Montañés

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Juan Martínez Montañés

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Juan Martínez Montañés

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Juan de Mesa. Cristo de la Agonía (1622). Cedro policromado. Precio: 1.100 reales. 218 cm. Parroquia de San Pedro. Vergara, Guipúzcoa.


miércoles, 8 de agosto de 2012

13. La universalización del arte desde la segunda mitad del siglo XX

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13. La universalización del arte desde la segunda mitad del siglo XX

 

1. La arquitectura: posmodernidad, high-tech y deconstructivismo

El empeño de los políticos por promocionar espacios públicos a partir de un edificio singular y la estrategia de las multinacionales por encargar para su sede corporativa una proeza arquitectónica, que se convierta en icono de la marca, han hecho de la construcción un espectáculo. Los concursos de proyectos premian la creatividad y las grandes firmas de arquitectura están presentes en los cinco continentes, confirmando que el mundo se ha convertido en una «aldea global». Unos y otros buscan alternativas a las monótonas cajas de vidrio, heredadas del funcionalismo de la Bauhaus, edificando obras que, por su forma, colorido y altura resultan estridentes con el entorno, pero que en poco tiempo pasan del rechazo a la atracción turística. Las tres corrientes arquitectónicas que presiden las últimas décadas del siglo XX son la posmodernidad, la high-tech y el deconstructivismo.

En 1972 el norteamericano Robert Venturi publica el ensayo Aprendiendo de Las Vegas, que sentará las bases de la arquitectura posmoderna, caracterizada por echar la vista a los estilos del pasado y recuperar el ornamento, el color y los órdenes clásicos. Su paisano Philip Johnson (Cleveland, Ohio, 1906-New Canaan, Connecticut, 2005) adopta además el arco de triunfo renacentista y el frontón roto barroco en el rascacielos de la American Telephone and Telegraph (AT&T), de Nueva York, que firma en 1979. Johnson apuesta por incluir en sus obras referencias historicistas y sostiene que la idea central de la arquitectura debe ser «el cambio y no el progreso».

Lejos de comulgar con estos ideales, la arquitectura high-tech defiende el triunfo de la técnica, tiene un aire de mecano industrial al fabricar sus componentes en serie y goza de interiores diáfanos que pueden distribuirse según las necesidades presentes o futuras. Esta corriente arquitectónica queda inaugurada en el Pompidou, de París, construido entre 1971 y 1977 por los arquitectos Richard Rogers (Florencia, 1933) y Renzo Piano (Génova, 1937) con un triple objetivo: inmortalizar al 19.º Presidente de la República Francesa Georges Pompidou, revitalizar el barrio deprimido de Les Halles y albergar en su interior una biblioteca pública, un centro de interpretación musical y el Museo Nacional de Arte Moderno. Así que, para dotarlo de mayor espacio, sacaron al exterior los conductos de las instalaciones y las comunicaciones verticales, diferenciándolos por colores: verde para las tuberías de agua, azul para el aire acondicionado, amarillo para los cables eléctricos, y rojo para los ascensores y escaleras. Una escalera mecánica, cubierta por un gusano de plexiglás, trepa por la fachada, llevando a los visitantes a las salas de exposiciones que, al estar concebidas como contenedores flexibles, moldean su espacio a tenor de cada evento.

 

417 Philip Johnson. Edificio corporativo de la Compañía estadounidense de Teléfono y Telégrafo (AT& T), que en 1992 pasa a denominarse Torre Sony (1979-1984). Esqueleto de acero con revestimiento de granito rosa. 197 metros de altura y 37 plantas. Nueva York.

Torre de oficinas que rompe con la imagen convencional del rascacielos funcionalista de la Bauhaus para inaugurar la posmodernidad arquitectónica. La fachada se distribuye en tres partes como si se tratara de un retablo clásico y los guiños al pasado están presentes en el arco triunfal de la entrada, inspirado en la Capilla Pazzi, de Brunelleschi, y en el frontón del ático, extraído del mobiliario que puso de moda en el siglo XVIII el ebanista inglés Thomas Chippendale. La AT&T, con problemas de liquidez, vendió el edificio a la compañía japonesa de electrónica y entretenimiento Sony por 236 millones de dólares y esta en 2013 a un consorcio de inversores liderado por el Grupo Chetrit por 1.100 millones.

 

418 Richard Rogers y Renzo Piano. Centro Nacional de Arte y Cultura Georges Pompidou (1971-1977). Esqueleto y malla exterior de acero con revestimiento de vidrio. 42 metros de altura y 6 plantas de 166 x 60 m. París.

Prototipo de arquitectura high-tech con escaleras y conducciones exteriores para liberar el espacio interno. Tiene aires de fábrica de gas o de refinería industrial e inaugura el centro cultural de servicios multiusos. La distribución de sus seis plantas en altura es la siguiente: 1.ª Salas de proyección cinematográfica; 2.ª y 3.ª Biblioteca; 4.ª y 5.ª Colección permanente del Museo de Arte Moderno; 6.ª Exposiciones temporales y terraza restaurante. El sótano se reservó para el Centro Musical por motivos de insonorización.

 

 

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Posteriormente, Rogers clonará esta fórmula en la sede londinense de la aseguradora Lloyd's, levantando entre 1978 y 1986 un rascacielos de cristal y acero inoxidable, que adhiere a su fachada las conducciones y ascensores para liberar el espacio interior. Pero el edificio más representativo de la alta tecnología y el más caro de los construidos en el siglo XX será el Hong Kong & Shanghai Bank, estrenado el año 1986 en la antigua colonia británica del Mar de la China como símbolo de la economía capitalista en el sudeste asiático. Su constructor, el inglés Norman Foster (Mánchester, 1935), se inspira en las rampas de lanzamiento de los cohetes espaciales para erigir tres torres colgadas a 33 metros del suelo sobre mástiles de acero, que albergan un atrio interior iluminado por espejos electrónicamente controlados. Foster participa también en la desenfrenada carrera por conseguir el rascacielos con mayores prestaciones técnicas del orbe a través del Hearst de Nueva York, St Mary Are de Londres, Commerzbank de Fráncfort, Cepsa de Madrid y The Index de Dubái.

 

419 Norman Foster. Banco de Hong Kong y Shanghai (1979-1986). Acero, hormigón, aluminio y cristal. 178 metros de altura y 44 plantas. Hong Kong, China.

El bajo lo ocupa una plaza pública con escaleras mecánicas que suben a los clientes al recibidor del banco. Pilares-mástiles, similares a los de los puentes colgantes, sostienen suspendido en el aire este atrio y las tres torres escalonadas que le configuran, con 29, 36 y 44 plantas de espacio libre e instalaciones periféricas. Foster simultáneo los principios de la arquitectura high-tech con la filosofía taoísta del feng shui, consistente en la ocupación armónica del espacio para lograr una influencia positiva en los usuarios, cuya salud pasa por habitar espacios luminosos, sostenibles y bien ventilados. El edificio encarna los principios bancarios de eficiencia, transparencia y riqueza.

 

 

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La tercera vía será el deconstructivismo, que se distingue por formas descompuestas, inclinadas y entrecruzadas, por el uso de materiales insólitos como el titanio y por provocar el asombro del espectador. El canadiense Frank O. Gehry (Toronto, 1929) se consagraba como arquitecto deconstructivista y especialista en museos al proyectar en 1989 el Vitra Desing, en la localidad alemana de Weil an Rheim; diseñar en 1990 el Frederick Weisman, de la Universidad de Minnesota, y en 1991 el Guggenheim de Bilbao. Al año siguiente iniciaba la sede comercial del banco holandés ING, en Praga, donde las torres de la fachada parecen abrazarse para dar un paso de baile.

Traspasado el siglo XXI, concluía en 2003 la sala de conciertos Walt Disney, de Los Ángeles, donde el carácter orgánico del auditorio guarda un cierto parentesco con las obras de Lloyd Wright. Tres años después volvía a trabajar para el mercado español al encargarle la bodega Marqués de Riscal un hotel con spa en el municipio alavés de Elciego, anejo a las cavas centenarias de la firma. Gehry concibe el edificio como una Catedral del Vino de Rioja, cuyo color granate transmite a las placas de titanio, que se retuercen como un sarmiento en el techo.

 

420 Frank O. Gehry. Museo Weisman (1990-1993, siendo ampliado entre 2009-2011). Ladrillo y acero inoxidable. 4 plantas. Minneapolis, Estados Unidos.

Es el museo de arte de la Universidad de Minnesota y fue construido con las aportaciones económicas del empresario local Frederick Weisman para albergar su colección de arte. La fachada que da al campus universitario es de ladrillo, pero en la que mira al río Misisipi inauguraba el uso de planchas metálicas alabeadas, que se convertirán en rasgo estilístico de su arquitectura. Gehry concibe sus edificios como esculturas, proyecta maquetas 3D con el ordenador y emplea el software de modelado (CATIA) para los revestimientos en acero inoxidable y titanio.

 

421 Frank O. Gehry. Edificio de oficinas del banco holandés ING, conocido como «La Casa Danzante» (1992-1996). Acero, hormigón y cristal. Praga, República Checa.

Muestra las formas descompuestas y en rotación típicas del deconstructivismo arquitectónico. Gehry propuso inicialmente el nombre de «Fred and Ginger» para bautizar el edificio, con el doble objetivo de comunicar la apariencia danzante de la obra y rendir homenaje a la pareja de baile Fred Astaire y Ginger Rogers. Está situada junto al rio Moldava y consta de 7 plantas de oficinas y un restaurante en el ático.

 

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2. La escultura: la pérdida del pedestal y la instalación artística

La pérdida del pedestal y la instalación artística son los dos grandes desafíos que lanza la escultura de este período al arte tradicional. Sin pedestal en que apoyarse, la escultura abandona el orden vertical para extenderse a ras del suelo e invitar al espectador a recorrerla. La instalación artística también pretende interactuar con el espectador al apropiarse del espacio expositivo y convertirlo en parte de la composición.

 

El minimalismo y Carl Andre

El minimalismo como corriente artística contemporánea arranca del ensayo Minimal Art, publicado en 1965 por el filósofo británico Richard Wollheim. Postula que «menos es más» y se caracteriza por obras sencillas y claras.

El escultor y poeta Carl Andre (Quincy, Massachusetts, 1935), que se autodefine como vanidoso, gordo y muy malo para el dibujo, va a ser uno de los forjadores de este lenguaje reduccionista. Cuatro hitos de distinta índole marcan su etapa norteamericana: en 1958 comparte estudio en Nueva York con el pintor Frank Stella, que le insta a abandonar su puesto de conductor de los ferrocarriles de Pensilvania y dedicarse por completo a la escultura; seis años después participa en la exposición colectiva «8 Youngs Americans» donde se da a conocer con un sistema modular de prismas de madera que denomina Elemental Series; en 1977, siendo ya un artista consagrado, la ciudad de Hartford le solicita la instalación pública Campo de piedras que lo convierte en un adelantado del «land art» y, finalmente, en 1985 tiene que emigrar a Europa tras el fallecimiento de su tercera esposa, que cayó al vacío desde la ventana del domicilio conyugal tras una fuerte discusión de la pareja; la justicia le declaró inocente, pero la Art Worker Coalition le apartó del circuito artístico estadounidense.

Andre utiliza materiales de construcción que no talla, tampoco usa pedestal; se limita a colocar rocas, ladrillos o planchas metálicas en el suelo buscando el máximo orden con los mínimos elementos. Su obra Equivalente VIII, formada por 120 ladrillos refractarios dispuestos en dos hiladas, resume la idea de «escultura horizontal», que él crea como «camino que invita a la exploración». No tiene más pretensiones, cada visitante interactuará según su imaginación. Unos intentarán pisarlo, otros pasarán de lado; por eso, ante la pregunta ¿qué significa?, responde: «Mis obras no significan nada. Vivimos en una cultura lingüística y todo debe convertirse en lenguaje. La gente no entiende nada hasta que uno se lo explica. Es una forma de idiotez que proviene de habernos criado mirando la televisión».

 

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Carl Andre. Campo de piedras (1977). Rocas de arenisca, granito, esquisto, basalto y serpentina, extraídas de las canteras de Bristol y clavadas en el césped. Hartford, Estados Unidos.

La instalación se inauguró el 22 de agosto de 1977 y consta de 36 piedras izadas en una parcela triangular colindante con el cementerio de la iglesia parroquial, a fin de entablar una referencia visual con las lápidas de las sepulturas. O como dice el propio escultor: «Mostrar la relación entre el tiempo geológico de la ciudad y el tiempo humano de sus habitantes».

 

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Carl Andre. Equivalente VIII (1966). Ladrillo refractario. 6,6 x 9,5 x 20,5 centímetros cada ladrillo. Museo Nacional Británico de Arte Moderno (Tate Modern), Londres.

Todas las versiones de la serie Equivalente constan de 120 ladrillos apilados en dos hiladas para evitar su desplazamiento. Fiel a los principios del minimalismo, Andre extiende su obra a lo largo del suelo, en vez de izar grandes verticales, permitiéndole ganar en estabilidad y superficie.

 

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El arte povera y Mario Merz

Contra la alienación que produce el mundo tecnológico braman también los escultores del arte povera, que se dieron a conocer el año 1967 en una exposición celebrada en el Museo Cívico de Turín. Su nombre deriva del uso que hacen de materiales pobres procedentes del mundo orgánico, como palos, carbón, tierra o cuero, protestando así por la deshumanización de la naturaleza, aunque también emplearon desechos del mundo industrial siguiendo la estética del desperdicio.

Figura señera del movimiento es Mario Merz (Milán, 1925-Turín, 2003), que comienza a experimentar con el arte durante su encarcelamiento al final de la Segunda Guerra Mundial por pertenencia a la resistencia antifascista. Tras la liberación, marcha a París y, en 1968, coincidiendo con las manifestaciones del Mayo Francés, construye su primer iglú, al que convierte en metáfora del artista nómada y centro de una cultura alternativa a la industrialización capitalista. Se trata de casquetes semiesféricos estructurados por una armadura metálica revestida con bolsas de plástico, cristal, arcilla o ramas y, a menudo, encintados por sentencias escritas en luces fluorescentes de neón. El Iglú con árbol es un ejemplo de este proceder.

Junto a la forma cerrada del iglú, Merz utiliza también la línea continua para huir del centro y proyectarse al infinito. A este concepto obedecen sus instalaciones, reguladas por la sucesión numérica del matemático medieval Leonardo Fibonacci (1, 1, 2, 3, 5, 8, 13, 21, 34, 55...), en la que cada cifra resulta ser la suma de los dos números que la anteceden. La titulada Fibonacci Napoli resume esta propuesta.

 

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Mario Merz. Iglú de Giáp (1968). Varillaje metálico, bolsas de plástico con arena, tubos de neón y transformador. 200 cm de altura y 120 de diámetro. Centro Georges Pompidou, París.

Lleva el nombre del oficial del ejército popular vietnamita Vö Nguyên Giáp, autor del principio de estrategia militar: «Si el enemigo se concentra pierde terreno, si se separa pierde fuerza». Un texto que encinta el iglú en letras de neón.

 

 

 

3. La pintura: de la abstracción a las corrientes figurativas

 

3.1. El movimiento abstracto y sus tendencias: el expresionismo abstracto norteamericano, el informalismo europeo y la abstracción geométrica

Se llama arte abstracto al que no evoca la realidad. Bajo la bandera de la no figuración se van a alistar, entre otras opciones, la pintura de acción, la pintura matérica y el desconcierto visual que produce la geometría del op art. Salpicaduras, empastes, trampantojos.

 

El expresionismo abstracto norteamericano: Pollock y la pintura de acción

Tras la Segunda Guerra Mundial, París pierde la primacía del arte contemporáneo, que pasa a residir en Nueva York. La hegemonía artística de los Estados Unidos avanza al mismo ritmo que su liderazgo político internacional. Y en un ambiente genuinamente americano surge el expresionismo abstracto, que engloba varias tendencias. La más célebre será la action painting (pintura de acción), así bautizada por el crítico y poeta Harold Rosenberg en un artículo publicado en diciembre de 1952 en la revista Art News.

Rosenberg se está refiriendo a las obras de Pollock, De Kooning y Kline: tres pintores que se interesan por el acto físico de pintar, convirtiendo el lienzo en un teatro donde actúan. Y es que estos artistas no se aproximan al caballete con una idea preconcebida en la cabeza; se acercan con un bote de pintura en la mano para hacer «algo» en la tela virgen que aparece frente a ellos. La imagen será el resultado de ese encuentro.

 

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Mario Merz. Fibonacci Napoli (1971). Fotografías en blanco y negro, tubos de neón y transformador. Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía, Madrid.

La instalación consta de 10 fotografías que muestran el comedor social de una fábrica napolitana situada en el barrio de San Giovanni a Tedecci. El número de comensales que aparece en cada una de las fotos coincide con la secuencia de Fibonacci iluminada en neón (1, 1, 2, 3, 5, 8, 13, 21, 34, 55...).

 

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En la base de esta actitud existen referencias al azar y a lo fortuito, típicas del surrealismo, que Jackson Pollock [Cody (Wyoming), 1912-East Hampton, 1956] conoce a la perfección, pues en su juventud se psicoanalizó siguiendo el método de Jung al comenzar un tratamiento psiquiátrico contra el alcoholismo. Una vez recuperado, abrirá las puertas de su subconsciente al arte, mediante la técnica del dripping, susceptible de ser traducida como “hacer chorrear directamente el color de un recipiente sobre el lienzo extendido en el suelo”. El propio artista explicaba así su sistema de pintar:

“Mi pintura no nace en el caballete. Casi nunca, antes de comenzar a pintar, se me ocurre extender la tela sobre el bastidor. Prefiero colgarla de la pared o dejarla sobre el suelo, porque necesito la resistencia de una superficie dura. Sobre el suelo me siento más a gusto; puedo caminar en torno suyo, trabajar por cuatro lados distintos, estar literalmente dentro del cuadro. Es un poco el método usado por ciertos indios del Oeste que pintan con la arena.

Cuando estoy dentro de mi cuadro, no me doy cuenta de lo que estoy haciendo. Solo después de cierto período consigo ver qué dirección he tomado. Y no tengo miedo de hacer cambios. Solamente cuando pierdo contacto con la tela, el resultado es un desastre. Pero si mantengo este contacto, entonces se establece un estado de pura armonía, de espontánea reciprocidad, y la obra sale bien.

Continúo alejándome de las herramientas comunes del pintor, como la paleta y los pinceles, y prefiero palos, llanas, cuchillos y pintura fluida que gotee, o pesados empastes con arena, vidrio roto y otros materiales exóticos”.

 

Lógicamente, con esta técnica se produce una disminución del control que el artista ejerce sobre la gestación del cuadro, a la vez que los materiales se independizaban del pulso del pincel y se distribuían con mayor autonomía. Pero los lienzos de Pollock aportaron también otras novedades, como la pintura total, que no parece tener principio ni fin, al extenderse hasta los límites de la tela. Esta ambigüedad del espacio pictórico y el gran formato de sus obras crea un ambiente que atrapa al espectador sin dejarle escapatoria. Convergence y Yellow Islands y One: Number 31 resumen estas características.

 

PIE DE IMÁGENES

Jackson Pollock. Convergence (1952). Óleo sobre lienzo. 241 x 399 cm. Albright-Knox Art Gallery, Buffalo, Nueva York.

Jackson Pollock. Yellow Islands (1952). Óleo sobre tela. 143,5 x 185 cm. Tate Gallery, Londres.

 

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El informalismo europeo: Tàpies y la pintura matérica

El informalismo es el equivalente europeo al expresionismo abstracto norteamericano. El término fue acuñado en 1951 por el crítico Michel Tapié para titular la exposición parisina Significado de lo informal, donde se daban cita una serie de tendencias enhebradas por la espontaneidad gestual y su obsesión por desfigurar la forma. Protagonista del movimiento va a ser Antoni Tàpies (Barcelona, 1923-2012), un artista autodidacta, ensayista, disidente político con la dictadura, ligado en sus orígenes al surrealismo y fundador del grupo Dau al Set, que

revolucionará la estancada pintura española del momento.

Tàpies pertenece a una familia catalanista que le inculca el respeto por la cultura del país. En el terreno espiritual encontrará en el budismo zen una alternativa a la confrontación religiosa entre el anticlericalismo de su padre y el catolicismo de la madre. Y como creador artístico optará por la pintura matérica, que se caracteriza por la «mixtura» del óleo tradicional con el polvo de mármol, dando a sus cuadros la consistencia del muro.

“El muro -confiesa- es una imagen que encontré un poco por sorpresa. Fue después de unas sesiones de pintura en las que me peleaba tanto con el material plástico que utilizaba y lo llenaba de tal cantidad de arañazos que, de pronto, el cuadro cambió, dio un salto cualitativo, y se transformó en una superficie quieta y tranquila. Me encontré que había pintado una pared, un muro, una tapia, lo cual se relacionaba a la vez con mi apellido”.

Una vez seco, araña el lienzo, lo hiere con tijeras en determinadas zonas y lo tatúa de cruces, flechas, letras, números y signos. La obra titulada Pintura, realizada en 1955, ilustra este rumbo, que irá enriqueciendo en años sucesivos con nuevos soportes como el cartón, paja y madera, el uso de colores cálidos que van del rojo al amarillo, y la presencia de elementos antropomorfos. La mayoría de las composiciones se fragmentan en mitades simétricas que asociará con las fuerzas chinas yang-yin y pondrá su arte al servicio de la política catalana con títulos como L’esperit català, Inscripcions i quatre barres sobre arpillera y las Cuatros crónicas, que presiden el Salón Tarradellas, del Palacio de la Generalidad.

 

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Antoni Tàpies. Pintura (1955). Técnica mixta sobre lienzo. 96 x 145 cm. Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía, Madrid.

De Tàpies se ha dicho que fue el poeta de lo orgánico y la mano que retrató la materia. Pero, ¿qué era el arte para él? El 17 de noviembre de 2006, a los 83 años y con la salud resentida, respondía al periódico El País: «Esto es sencillo. Hay una tela en blanco, y uno tiene que inventarse unas formas que le choquen a la gente y que después, quizá, le hagan reflexionar.

Eso es el arte: una parte de meditación, una parte de sorpresa, y que a uno le hagan caso. Es que a mí me sigue preocupando que la gente me haga caso».

 

La abstracción geométrica: Vasarely y el op art

La geometría cierra el tríptico de la pintura abstracta y alumbra el arte óptico. Su creador es el húngaro Victor Vasarely (Pécs, 1908-París, 1998) que estudió en la sucursal de la Bauhaus de Budapest, y muy pronto sintió fascinación por todo tipo de redes y ondas, ya fuesen mapas isobáricos, nudos ferroviarios o sistemas de circuitos eléctricos. Luego, combinando las leyes de la física con la perceptiva del color, desarrollará trampantojos geométricos de apariencia tridimensional.

Es consciente que vive en la era de la reproducción técnica y que «si la obra de arte no va más allá de una élite de expertos está condenada a morir de asfixia». El modo de salvarla es distribuirla en masa. Esta convicción le llevó a hacer series y reproducirlas técnicamente con su consecuente abaratamiento.

Las series realizadas en los años sesenta tienen nombre de galaxia. Vega corresponde a una estrella de la constelación Lira, y se caracteriza por partir de un cuadrado que se dilata o contrae en el centro, ofreciendo efectos convexos o cóncavos. A diferencia de otros artistas ópticos sus composiciones ilusorias no irritan el ojo ni marean.

 

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Víctor Vasarely. Vega 200 (1968). Acrílico sobre tela. 200 x 200 cm. Fundación Vasarely, Aix-en-Provence. Francia.

Trampantojo geométrico de apariencia tridimensional. Vasarely, creador del op art, juega con el espectador mostrándole la distorsión esférica que produce en el ojo humano una red policromada plana. El artista quiso evocar en la serie Vega «el universo escurridizo de las galaxias, los ritmos cósmicos y la mutación biológica de las células».

 

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3.2. Las corrientes figurativas: pop art, nueva figuración e hiperrealismo

Al declinar la década de los cincuenta, el expresionismo abstracto comienza a envilecerse por su explotación comercial y la práctica indiscriminada que hacen de la action painting copistas sin talento. Ya lo había advertido su creador: «Los jóvenes creen que es muy fácil fabricar un Pollock». Similar ironía desplegaba el crítico Pierre Gueguen al contabilizar kilómetros desesperantes de mediocridad matérica y geométrica. El antídoto será un retorno al realismo figurativo.

 

El pop art y Andy Warhol

Entre 1960 y 1965 el pop art, abreviatura de «arte popular», es ovacionado por un público mayoritario, encantado de reconocer objetos triviales en los cuadros y ahorrarse el esfuerzo que suponía interpretar la abstracción. El principal artífice es Andy Warhol (Pittsburgh, 1927-Nueva York, 1987), noctámbulo, católico y homosexual, que en más de una ocasión dirá «yo soy mi mejor obra».

Sus primeros pasos como artista se enmarcan en el expresionismo abstracto, contra el que se rebela muy pronto, diseñando tarjetas de navidad y portadas de discos. Convertido en un cotizadísimo experto del diseño publicitario, se decanta entonces por los mitos más populares de la comunicación de masas. Pinta las marcas comerciales más famosas que pueden adquirirse en un supermercado (sopas Campbell, detergente Brillo, refresco Coca-Cola), las estrellas de Hollywood que sintetizan en su rostro una pasión colectiva (el cantante Elvis Presley, el actor James Dean y las actrices Elisabeth Taylor y Marilyn Monroe), los héroes del cómic, las celebrities de la música y los dioses comunistas, como Mao, Lenin y el Che.

Con posterioridad a 1963 comienza a utilizar la técnica de la serigrafía en su famoso estudio neoyorkino de la calle 47 denominado «La Fábrica». En esta década multiplica su faceta artística y simultanea la publicación de ensayos como Mi filosofía de A a B y de B a A con la edición de la revista Interview y, sobre todo, la dirección de películas por las que desfilan mitómanos, músicos alternativos, sadomasoquistas y consumidores de toda clase de drogas. En 1968 una feminista radical le hirió de un disparo, pero logró salir con vida del atentado. Su célebre frase «En el futuro todo el mundo será famoso durante 15 minutos», vaticinaba el poder de la prensa amarilla y de los reality shows televisivos.

 

430 Andy Warhol. Carpeta con diez imágenes de Marilyn (1967). Serigrafía sobre papel. Serie limitada de 250 ejemplares. 91,5 x 91,5 cm cada estampa. MoMA, Nueva York.

Obsesionado por los mitos contemporáneos, el consumo de masas y la reproducción mecánica, Warhol rendía homenaje con esta serie a Marilyn Monroe, que se había suicidado en 1962. El rostro de la actriz está basado en fotografías hechas para promocionar la película Niágara. La explicación dada al hecho de pintarla con colores violentos y tonos fríos, fue que «es bella, y si algo es bello, los colores [también] son bellos».

 

La nueva figuración y Francis Bacon

Mientras los pintores del pop se dedican a reproducir los mitos consumistas de la sociedad urbana, la nueva figuración retrata la soledad, el horror y la angustia contemporánea. Su máximo representante es el irlandés Francis Bacon (Dublín, 1909-Madrid, 1992), asmático, agnóstico y homosexual, que decidió ser pintor tras visitar en París una exposición de los arlequines de Picasso.

Toda su carrera plástica se desarrollará en Londres, tendrá la formación técnica de un autodidacta y dará cuerpo a la fragilidad humana, mostrando seres deformados por la duda existencial, al que acompañan bombillas peladas, sillones, somieres, puertas entreabiertas y la carne sangrante. Esta visión pesimista del hombre moderno alcanza la plenitud en sus desgarradores retratos, como sus ocho versiones del Retrato de Inocencio X, de Velázquez, que realiza a lo largo de 1953 con el pontífice gritando, agonizando en un trono convertido en silla eléctrica, deformado por la cortina de mallas o respaldado por un buey abierto en canal. En declaraciones a la cadena BBC explicará: «Por lo que respecta a los papas, la religión no tiene nada que ver en absoluto; son más bien fruto de una obsesión por las reproducciones fotográficas del retrato del Papa Inocencio X, de Velázquez... compro un libro tras otro con la reproducción del Papa, de Velázquez, simplemente porque me persigue y abre en mí toda clase de sensaciones y campos de imaginación».

La mirada torturada de Bacon retrata también a sus novios, dando pábulo a una leyenda de amores turbios y suicidio de amantes que alimentará el propio artista. Luego se arrepentirá de este exhibicionismo mediático al confesar: «Yo y la vida que he vivido acabamos inspirando más curiosidad que mi obra. A veces, cuando pienso sobre ello, preferiría que todo lo que se sabe de mi vida explotase y desapareciese a mi muerte».

 

431 Francis Bacon: El papa que grita (Estudio del retrato del papa Inocencio X de Velázquez). 1953. Óleo sobre lienzo. 153 x 118 cm. Des Moines Art Center. lowa, Estados Unidos.

Preguntado acerca de este tema, el artista responde: «Pensé que era uno de los cuadros más grandiosos del arte mundial y lo usé de modo obsesivo. E intenté -con escasísimo éxito- hacer registros distorsionados de él. Me arrepiento de ellos, porque creo que eran estúpidos... pues pienso que aquel cuadro era algo absoluto y que no es posible hacer nada más al respecto».

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El hiperrealismo y Antonio López

La Documenta de Kassel (Alemania), una de las muestras de arte contemporáneo más relevantes del mundo, consagraba en su edición de 1972 al hiperrealismo, cuyo objetivo es reproducir la realidad con mayor fidelidad que la fotografía. Los artistas afiliados a esta tendencia pictórica centran su temática en el paisaje urbano, produciendo cuadros acrílicos de gran formato y acabado mecánico.

 

32 Antonio López. Gran Vía madrileña (1974-1981). Óleo sobre tabla. 90,5 x 93,5 cm. Colección particular.

Perspectiva oblicua de la Gran Vía, solitaria y silenciosa, a las 6:30 de la mañana, según marca el reloj de la firma Piaget instalado en la fachada del edificio Grassy. A lo largo de siete veranos, Antonio López se levantaba de madrugada, cogía el metro, entraba en la cercana sucursal del Banco de Vizcaya para recoger el caballete y las pinturas que diariamente le guardaban los vigilantes de la entidad y se instalaba en la isleta peatonal que aun hoy separa Gran Vía de la calle Alcalá. Luego, durante media hora se entregaba a la captura de esa luz fría del amanecer. «Yo dudaba ponerme en el lugar que finalmente elegí, porque ponerme en la calle, en ese sitio, era durísimo, me daba miedo, me avergonzaba mucho».