IMPERIO BIZANTINO
En torno al problema de la primacía pontificia
Siguiendo como seguimos en todo momento los decretos de los
Santos Padres y conociendo el Canon de los 150 obispos, hijos muy amados de
Dios, que fue leído hace poco, decretamos y establecemos esto mismo acerca de
los privilegios de la santísima iglesia de Constantinopla, nueva Roma. Pues
nuestros antepasados otorgaron en justicia privilegios al trono de la antigua
Roma. Y movidos por esta misma consideración los 150 obispos muy amados de Dios
otorgaron estos mismos privilegios al santísimo solio de la nueva Roma,
pensando rectamente que una ciudad que había sido honrada con el Imperio, y con
el Senado y gozaba de los mismos privilegios que la muy antigua reina, la
ciudad de Roma, debía incluso en lo eclesiástico ser honrada y exaltada no de
modo distinto a como lo era aquella, ya que es la segunda ciudad después de
ella, de tal modo que solo los metropolitanos de la diócesis del Ponto, de Asia
y de Tracia y además los obispos de las citadas diócesis que habitan entre los
bárbaros sean ordenados por el ya citado trono de la santísima Iglesia de
Constantinopla, es decir, que cada metropolitano de dichas diócesis ordene con
los obispos de su provincia del modo como está escrito en los sagrados cánones.
Así, pues, como se ha dicho, los metropolitanos de las citadas diócesis deben
ser ordenados por el arzobispo de Constantinopla después de haberse hecho las
elecciones de costumbre y haberse puesto en su conocimiento.
Canon 28 del Concilio de Calcedonia (a. 451).
El cesaropapismo constantiniano
De qué modo intervino en los sínodos de los obispos.
Y de un modo general se presentó como tal ante todos. Estando
sobre todo al cuidado de la iglesia de Dios al producirse en distintas
provincias disensiones entre sí, él como el común obispo de todos, constituido
por Dios, reunió los concilios de los ministros de Dios. Y no consideró indigno
estar presente en ellos y sentarse en medio de sus reuniones sino que
participaba en sus problemas preocupándose de todo lo que perteneciera a la paz
de Dios. Es más, se sentaba en medio como uno de muchos haciendo apartar a sus
guardias y a su escolta y protegido sólo por el temor de Dios y rodeado por la
benevolencia de sus amigos fieles. Por lo demás estaba sobre todo de acuerdo
con quienes veía que aceptaban las opiniones más justas y a quienes veía
propensos a la paz y concordia indicando claramente que se complacía en ellos.
Pero, por el contrario, estaba en contra de los obstinados y de los rebeldes.
E. PAMPHILI, VIta Constantini, P. L., VIII.
El estado de las personas en el derecho justinianeo
(3) La principal división en el derecho de las personas es
esta: que todos los hombres son libres o esclavos.
(4) Es libertad la natural facultad de hacer lo que se
quiere, con excepción de lo que se prohíbe por la fuerza o por la ley. La
esclavitud es una institución del derecho de gentes, por la cual uno está
sometido, contra su naturaleza, al dominio ajeno. Los esclavos se llaman
«servi», porque los generales suelen vender a los cautivos y, por esto, los con
«servan» sin matarlos; y se llaman «mancipia» porque los enemigos los capturan
con la «mano».
(5) La condición de los esclavos es ciertamente única, en
tanto que los hombres libres unos son «ingenuos» y otros son libertos. Los
esclavos entran en nuestro dominio bien por el derecho civil, bien por el de
gentes. Por el derecho civil, cuando alguna persona mayor de veinticinco años
permitió ser vendido para participar en el precio. Por el derecho de gentes son
esclavos nuestros los enemigos cautivos o los que nacen de nuestras esclavas.
Son libres de nacimiento los que nacieron de madre libre, porque basta que la
madre haya sido libre en el momento del parto, aunque hubiese concebido siendo
esclava. Al contrario, si hubiese concebido siendo libre y pariera después
siendo esclava, se estimó conveniente que el que nazca sea libre (no hace al
caso si concibió en justas nupcias o fuera de ellas), ya que la desventura de
la madre no debe dañar al concebido. Por esto se preguntó cuando se manumitió a
una esclava encinta y parió después si hecha de nuevo esclava o expulsada de la
ciudad, pare un hijo libre o esclavo. Sin embargo, se aprobó más correctamente
que nace libre y que basta al concebido el haber tenido una madre libre en el
tiempo intermedio.
(6) Son libertos los que han sido manumitidos de justa
esclavitud.
(El Digesto, de Justiniano (527-565), t. I, tít. V, p. 59.
Versión castellana de Ed. Aranzadi, Pamplona, 1968.)
Las conquistas africanas de Justiniano
Escenas de la vida de Teodora, esposa de Justiniano, según
Procopio
El ataque árabe a Constantinopla en el 677
“Constante fue muerto a traición por sus criados en Sicilia
cuando estaba en el baño. Después de haber reinado veintisiete años, le sucedió
su hijo Constantino (IV).
“Fue al comienzo de su reinado cuando el príncipe de los
sarracenos equipó una potente flota, de la que dio el mando a un excelente
hombre de guerra llamado Caler. Éste abordó el Ebdome, que está en las afueras
de Constantinopla. Constantino le salió al encuentro con gran número de barcos.
Cada día se dieron varios combates y la guerra siguió sin descanso desde la
primavera hasta el otoño, en que la flota enemiga se retiró a invernar en
Cízico. Volvió en la primavera siguiente para proseguir la guerra, que, de esta
forma, duró siete años. Pero al fin, como estos bárbaros, lejos de conseguir
ventajas, habían perdido algunos de sus más valientes hombres, se retiraron a su
país, siendo atacados por una tempestad en la que perecieron casi todos.
“Cuando el príncipe de los sarracenos supo la nueva de la
pérdida de su flota, envió embajadores al emperador para solicitar la paz y
ofrecer un tributo. El emperador aceptó la propuesta y envió hacia ellos a
Juan, patricio llamado Petzigodio, hombre de rara sabiduría y profunda
experiencia. Cuando llegó a su país acordó una tregua de treinta años, durante
la cual pagaron tres mil piezas de oro y entregaron cincuenta hombres y
cincuenta caballos.
“Apenas la noticia llegó a los ávaros, enviaron presentes al
emperador, solicitándole la paz que se acordó. Así, tanto Oriente como
Occidente disfrutaron de una profunda calma y una perfecta tranquilidad.”
Nicéforo Grégoras, Historia del emperador Constantino,
Heraclio y de sus sucesores. Edición de Louis Cousin, París, 1685, pp. 358-359.
Las creencias religiosas en Bizancio durante el mandato de Heraclio
El emperador y la ley en Bizancio
Diferencias entre las iglesias latina y griega
Los turcos amenazan Europa (1456)
Constantinopla en vísperas de su caída
Creencias populares griegas referentes a la conquista de
Constantinopla
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