El cruce del Rhin en el 406
El pequeño número de los que
sobrevivimos fue gracias no a nuestros méritos, sino a la misericordia del
Señor. Pueblos innumerables y feroces han ocupado el conjunto de las Galias. Todo el país que se extiende entre los Alpes y
los Pirineos, el que limita con el Océano y el
Rhin, ha sido devastado por quados, vándalos,
sármatas, alanos, gépidos, hérulos, sajones, burgundios, alamanos y -terrible
desgracia- los panonios se han convertido en
enemigos, pues Assur ha llegado con ellos
[Salmo, 82,9]. Maguncia, en otro tiempo ilustre, ha sido tomada y saqueada. En
su iglesia, millares de hombres han sido masacrados. Worms ha sido reducida
después de un largo asedio. Las prepotentes urbes de Reims, Amiens, Arras,
Tournai, Spira y Strasburgo han sido trasladadas a
Germania. Las provincias de Aquitania, Novempopulania, Lugdunense y
Narbonense, salvo un pequeño número de ciudad, han sido completamente
saqueadas. Las ciudades han quedado despobladas por la espada y el hambre. No
puedo recordar sin lágrimas a Tolosa, cuya ruina solo ha sido impedida por el
mérito de su santo obispo Exuperio. Hispania misma, tiembla recordando la
irrupción de los cimbrios (...)
SAN JERÓNIMO, Carta a Geruchia.
Consideraciones de San Agustín sobre el
saqueo de Roma por Alarico (410)
De esta manera [refugiándose en las
iglesias de Roma] salvaron sus vidas muchos de los que ahora infaman y murmuran
de los tiempos cristianos, culpando a Cristo de los trabajos y penalidades que
Roma sufrió y no atribuyen a este gran Dios el enorme beneficio de haber visto
sus vidas a salvo por el respeto que infunde su santo nombre. Por el contrario cada
cual hace depender este feliz suceso de la influencia del hado, cuando, si lo reflexionasen, deberían atribuir
las molestias y penalidades que sufrieron por la mano vengadora de sus enemigos
a los arcanos y sabias disposiciones de la providencia divina, que acostumbra a corregir y
aniquilar con los funestos efectos que presagia
una guerra cruel, los vicios y las costumbres corruptas de los hombres (...)
Deberían también los vanos impugnadores
atribuir a los tiempos en que florecía el dogma católico, la gracia de haberles
hecho merced de sus vidas los bárbaros, en contra de los que es usual en las
guerras, sin más respeto que por iniciar su sumisión y reverencia a Jesucristo,
otorgándoles este favor en todos los lugares, y particularmente si se
refugiaban en los templos.
SAN AGUSTÍN, De civitate Dei, Libri
XXII, p. 14-15, París, 1613.
Los bárbaros como libertadores
Van a buscar sin duda entre los
Bárbaros la humanidad de los Romanos porque no pueden soportar más entre
romanos una inhumanidad propia de Bárbaros. Son diferentes de los pueblos en
los que se refugian. No tienen ni sus costumbres, ni su lengua ni, si se me permite
decirlo, el fétido olor de los cuerpos y vestiduras bárbaros. Prefieren sin
embargo plegarse a esta diversidad de costumbres antes que sufrir injusticia y
crueldades entre los romanos. Emigran, pues hacia los Godos
o hacia los Bagaudas, o hacia los otros
Bárbaros, que dominan por todas partes, y nunca se arrepienten de este exilio.
Porque prefieren vivir libres bajo apariencia de esclavitud, mejor que ser
esclavos bajo un aspecto de libertad. Sólo hay un deseo común entre los
romanos: no verse nunca obligados a volver bajo la ley romana; sólo hay una
exclamación común a toda la muchedumbre romana: continuar viviendo con los
bárbaros.
SALVIANO,
De Gubernatione Dei, IV y V, M. G. H., A. A. I
La opinión de Ataúlfo sobre Roma en el
año 414
Ataúlfo era un gran hombre, por su
valor, poder e inteligencia. Su deseo más ardiente, decía a sus familiares y próximos,
había sido borrar el nombre de Roma, hacer de todo el territorio romano un
imperio godo, de la Romania una Gothia, convertirse en César Augusto. Pero,
como sabía por experiencia, los godos no obedecían leyes, como consecuencia de
su barbarie sin freno; y no se podía prescindir de las leyes, sin las cuales un
Estado no puede existir. Así, al menos, había escogido hacerse famoso
restaurando en su integridad y extendiendo el nombre romano gracias a la fuerza
gótica, pasar a los ojos de la posteridad como restaurador de Roma, ya que no
había podido destruirla. Por eso se abstenía de la guerra y aspiraba a la paz.
OROSIO, Historiae, VII, 43, 5-7, p.
458.
La batalla de los Campos Catalúnicos
De la parte romana, Teodorico y sus
visigodos ocupan el ala derecha; Aecio y los romanos, el ala izquierda. Habían
colocado en el centro a Sangíbano, rey de los alanos (...) En cuanto al
ejército de los hunos, fue alineado en batalla en orden contrario al de los
romanos: Atila se colocó en el centro con los más valientes entre los suyos
(...)
Los pueblos numerosos, las naciones que
habían sometido a su dominación, formaban sus alas. Entre ellos se hacía notar
el ejército de los ostrogodos, mandados por Valamiro, Teodomiro y Videmiro,
tres hermanos que sobrepasaban en nobleza al propio rey, a las órdenes del cual
marchaban entonces, porque pertenecían a la ilustre y poderosa raza de los
ámalos. También se veía allí, a la cabeza de una tropa numerosa de gépidos, a
Ardarico, su rey, tan valiente y tan famoso, cuya grande fidelidad lo hacía
admitir por Atila a sus consejos (...) La muchedumbre de los otros reyes y los
jefes de las diversas naciones, parecidos a satélites, espiaban los menores
movimientos de Atila, y en cuanto él les hacía un signo con la mirada, cada
uno, en silencio, con temor y temblando, venía a colocarse delante de él, o bien
ejecutaba las órdenes que de él había recibido. Sin embargo, el rey de todos
los reyes, Atila, velaba sobre todos y por todos.
Jordanes, Histoire des Goths, p. 267-268
La entrada de los bárbaros en España
Los
alanos, vándalos y suevos entran en
las Españas en la era 447, según unos recuerdan el día 4 de las
calendas y según otros el 3 de los idus de octubre, que era
la tercera feria, en
el octavo consulado de Honorio
y el tercero
de Teodosio, hijo de
Arcadio (…).
Los
bárbaros que habían penetrado en las Españas, las devastan en luchas sangrientas.
Por su parte
la peste hace
estragos no menos
rápidos.
Los bárbaros se desparraman
furiosos por las Españas, y el azote de la peste no causa menos estragos, el tiránico exactor roba y
el soldado saquea las riquezas y las vituallas
escondidas en las ciudades; reina un
hambre tan espantosa,
que obligado por ella,
el género humano
devora carne humana, y hasta las madres
matan a sus hijos y cuecen sus cuerpos para alimentarse con ellos.
Las fieras aficionadas
a los cadáveres
de los muertos
por la espada,
por el hambre
y por la peste, destrozan
hasta a los hombres más fuertes,
y cebándose en sus miembros, se encarnizan cada
vez más para destrucción del género humano.
De esta suerte,
exacerbadas en todo el
orbe las cuatro
plagas: el hierro,
el hambre, la peste y las fieras, cúmplense las
predicciones que hizo el Señor por boca de sus Profetas.
Asoladas
las provincias de España por el referido encruelecimiento de las plagas, los bárbaros, resueltos por la
misericordia del Señor a hacer la paz, se reparten a suertes las regiones
de las provincias
para establecerse en ellas:
los vándalos y los suevos ocupan
la Galicia, situada en la extremidad occidental del mar
Océano; los alanos,
la Lusitania y la Cartaginense, y los vándalos, llamados silingos, La Bética.
Los hispanos que sobrevivieron
a las plagas
en las ciudades
y castillos se someten
a la dominación
de los bárbaros que se enseñoreaban de las provincias.
IDACIO,
“Chronicon”, C. SÁNCHEZ ALBORNOZ y A. VIÑAS, Lecturas de
Historia
de España, Madrid, 1929, p.
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