lunes, 7 de septiembre de 2026

Textos históricos del final del imperio romano

 

El cruce del Rhin en el 406

El pequeño número de los que sobrevivimos fue gracias no a nuestros méritos, sino a la misericordia del Señor. Pueblos innumerables y feroces han ocupado el conjunto de las Galias. Todo el país que se extiende entre los Alpes y los Pirineos, el que limita con el Océano y el Rhin, ha sido devastado por quados, vándalos, sármatas, alanos, gépidos, hérulos, sajones, burgundios, alamanos y -terrible desgracia- los panonios se han convertido en enemigos, pues Assur ha llegado con ellos [Salmo, 82,9]. Maguncia, en otro tiempo ilustre, ha sido tomada y saqueada. En su iglesia, millares de hombres han sido masacrados. Worms ha sido reducida después de un largo asedio. Las prepotentes urbes de Reims, Amiens, Arras, Tournai, Spira y Strasburgo han sido trasladadas a Germania. Las provincias de Aquitania, Novempopulania, Lugdunense y Narbonense, salvo un pequeño número de ciudad, han sido completamente saqueadas. Las ciudades han quedado despobladas por la espada y el hambre. No puedo recordar sin lágrimas a Tolosa, cuya ruina solo ha sido impedida por el mérito de su santo obispo Exuperio. Hispania misma, tiembla recordando la irrupción de los cimbrios (...)

 

SAN JERÓNIMO, Carta a Geruchia.

 

Consideraciones de San Agustín sobre el saqueo de Roma por Alarico (410)

 

De esta manera [refugiándose en las iglesias de Roma] salvaron sus vidas muchos de los que ahora infaman y murmuran de los tiempos cristianos, culpando a Cristo de los trabajos y penalidades que Roma sufrió y no atribuyen a este gran Dios el enorme beneficio de haber visto sus vidas a salvo por el respeto que infunde su santo nombre. Por el contrario cada cual hace depender este feliz suceso de la influencia del hado, cuando, si lo reflexionasen, deberían atribuir las molestias y penalidades que sufrieron por la mano vengadora de sus enemigos a los arcanos y sabias disposiciones de la providencia divina, que acostumbra a corregir y aniquilar con los funestos efectos que presagia una guerra cruel, los vicios y las costumbres corruptas de los hombres (...)

Deberían también los vanos impugnadores atribuir a los tiempos en que florecía el dogma católico, la gracia de haberles hecho merced de sus vidas los bárbaros, en contra de los que es usual en las guerras, sin más respeto que por iniciar su sumisión y reverencia a Jesucristo, otorgándoles este favor en todos los lugares, y particularmente si se refugiaban en los templos.

 

SAN AGUSTÍN, De civitate Dei, Libri XXII, p. 14-15, París, 1613.

 

Los bárbaros como libertadores

Van a buscar sin duda entre los Bárbaros la humanidad de los Romanos porque no pueden soportar más entre romanos una inhumanidad propia de Bárbaros. Son diferentes de los pueblos en los que se refugian. No tienen ni sus costumbres, ni su lengua ni, si se me permite decirlo, el fétido olor de los cuerpos y vestiduras bárbaros. Prefieren sin embargo plegarse a esta diversidad de costumbres antes que sufrir injusticia y crueldades entre los romanos. Emigran, pues hacia los Godos o hacia los Bagaudas, o hacia los otros Bárbaros, que dominan por todas partes, y nunca se arrepienten de este exilio. Porque prefieren vivir libres bajo apariencia de esclavitud, mejor que ser esclavos bajo un aspecto de libertad. Sólo hay un deseo común entre los romanos: no verse nunca obligados a volver bajo la ley romana; sólo hay una exclamación común a toda la muchedumbre romana: continuar viviendo con los bárbaros.

 

SALVIANO, De Gubernatione Dei, IV y V, M. G. H., A. A. I

 

La opinión de Ataúlfo sobre Roma en el año 414

Ataúlfo era un gran hombre, por su valor, poder e inteligencia. Su deseo más ardiente, decía a sus familiares y próximos, había sido borrar el nombre de Roma, hacer de todo el territorio romano un imperio godo, de la Romania una Gothia, convertirse en César Augusto. Pero, como sabía por experiencia, los godos no obedecían leyes, como consecuencia de su barbarie sin freno; y no se podía prescindir de las leyes, sin las cuales un Estado no puede existir. Así, al menos, había escogido hacerse famoso restaurando en su integridad y extendiendo el nombre romano gracias a la fuerza gótica, pasar a los ojos de la posteridad como restaurador de Roma, ya que no había podido destruirla. Por eso se abstenía de la guerra y aspiraba a la paz.

 

OROSIO, Historiae, VII, 43, 5-7, p. 458.

 

La batalla de los Campos Catalúnicos

De la parte romana, Teodorico y sus visigodos ocupan el ala derecha; Aecio y los romanos, el ala izquierda. Habían colocado en el centro a Sangíbano, rey de los alanos (...) En cuanto al ejército de los hunos, fue alineado en batalla en orden contrario al de los romanos: Atila se colocó en el centro con los más valientes entre los suyos (...)

Los pueblos numerosos, las naciones que habían sometido a su dominación, formaban sus alas. Entre ellos se hacía notar el ejército de los ostrogodos, mandados por Valamiro, Teodomiro y Videmiro, tres hermanos que sobrepasaban en nobleza al propio rey, a las órdenes del cual marchaban entonces, porque pertenecían a la ilustre y poderosa raza de los ámalos. También se veía allí, a la cabeza de una tropa numerosa de gépidos, a Ardarico, su rey, tan valiente y tan famoso, cuya grande fidelidad lo hacía admitir por Atila a sus consejos (...) La muchedumbre de los otros reyes y los jefes de las diversas naciones, parecidos a satélites, espiaban los menores movimientos de Atila, y en cuanto él les hacía un signo con la mirada, cada uno, en silencio, con temor y temblando, venía a colocarse delante de él, o bien ejecutaba las órdenes que de él había recibido. Sin embargo, el rey de todos los reyes, Atila, velaba sobre todos y por todos.

 

Jordanes, Histoire des Goths, p. 267-268

 

 

La entrada de los bárbaros en España

 

Los alanos,  vándalos  y suevos  entran  en las Españas  en  la  era 447,  según unos  recuerdan el día 4 de las calendas y según otros el 3 de los idus de octubre, que era la  tercera  feria,  en  el  octavo  consulado  de  Honorio  y  el  tercero  de  Teodosio,  hijo  de  Arcadio (…).

Los bárbaros que habían penetrado en las Españas, las devastan en luchas sangrientas.  Por  su  parte  la  peste  hace  estragos  no  menos  rápidos.  

Los  bárbaros  se  desparraman furiosos por las Españas, y el azote de la peste no causa menos estragos, el  tiránico exactor roba y el soldado saquea las riquezas y las vituallas escondidas en las  ciudades;  reina  un  hambre  tan  espantosa,  que  obligado  por  ella,  el  género  humano  devora carne humana, y hasta las madres matan a sus hijos y cuecen sus cuerpos para  alimentarse  con  ellos.  Las  fieras  aficionadas  a  los  cadáveres  de  los  muertos  por  la  espada,  por  el  hambre  y  por  la  peste,  destrozan  hasta  a  los  hombres  más  fuertes,  y  cebándose en sus miembros, se encarnizan cada vez más para destrucción del género  humano.  De  esta  suerte,  exacerbadas  en  todo  el  orbe  las  cuatro  plagas:  el  hierro,  el  hambre, la peste y las fieras, cúmplense las predicciones que hizo el Señor por boca de  sus Profetas.

Asoladas las provincias de España por el referido encruelecimiento de las  plagas, los bárbaros, resueltos por la misericordia del Señor a hacer la paz, se reparten a  suertes  las  regiones  de  las  provincias  para  establecerse  en  ellas:  los  vándalos  y  los  suevos  ocupan  la  Galicia,  situada  en  la  extremidad  occidental  del  mar  Océano;  los  alanos, la Lusitania y la Cartaginense, y los vándalos, llamados silingos, La Bética. Los  hispanos  que  sobrevivieron  a  las  plagas  en  las  ciudades  y  castillos  se  someten  a  la  dominación de los bárbaros que se enseñoreaban de las provincias. 

 

IDACIO, “Chronicon”, C. SÁNCHEZ ALBORNOZ y A. VIÑAS, Lecturas de

Historia de España, Madrid, 1929, p.

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