LAS LÁGRIMAS ESTRUCTURALES DE ANDALUCÍA
Paco Cano, 3 de marzo de 2026
ctxt.es
En Historias del Buen Valle, José Luis Guerín nos muestra el barrio
barcelonés de Vallbona con una paciencia que desactiva prejuicios y con una
poética que aleja el pensamiento de tanto ruido social. La cámara se posa en
conversaciones cotidianas, en senderos junto al río, en el ritmo lento de los
huertos, en fachadas humildes, en celebraciones sencillas que sostienen la vida
en común. Registra existencias que llegaron de lejos y que hoy apuntalan la
ciudad. Vallbona, amenazada por la especulación, se presenta como un territorio
de tránsito y arraigo donde conviven voces del Este, del Magreb o de
Latinoamérica; no como anomalía, sino como secuela histórica. Antes que el
árabe o el ruso, en Nou Barris –distrito al que pertenece Vallbona– resonaron
acentos andaluces y extremeños. Han cambiado las músicas, pero la necesidad es
la misma.
En 1965, se derribó en Barcelona un edificio de memoria incómoda; el
Palacio de las Misiones. Nombre piadoso para una función nada evangélica, ya
que durante los años cuarenta y cincuenta fue centro de confinamiento de
emigrantes. Allí se hacinaba a gallegos, andaluces y extremeños que llegaban
con una maleta de cartón y el hambre pegada a los huesos. Si no podían
demostrar casa o trabajo, eran etiquetados como vagos o maleantes y devueltos a
su tierra. No habían cometido delito alguno sino el de, al parecer, haber
nacido en el lugar equivocado dentro del mismo país. El franquismo gestionaba
la pobreza como quien clasifica mercancías. Aquel palacio era un CIE de la
época, con acento sureño.
Aquellos emigrantes huían de una miseria estructural que el régimen no
solo toleraba, sino que administraba con precisión. Andalucía y Extremadura
funcionaban como reserva de mano de obra barata, periferia disciplinada de un
país que se industrializaba a trompicones mientras mantenía intactos los
privilegios de los señoritos y sus latifundios. El franquismo quería un sur
atrasado y obediente, útil como granero humano y dócil en lo político; pero
cuando sus hijos cruzaban Despeñaperros para intentar sobrevivir con dignidad,
eran clasificados como excedente.
En 1971, Alfonso Carlos Comín –ingeniero catalán, cristiano y comunista–
publicó Noticia de Andalucía, un libro que hoy debería leerse en los institutos
andaluces y en todos los barrios donde vuelve a asomar la intolerancia. Comín
denunciaba que la pobreza andaluza no era un accidente geográfico ni una tara
cultural, sino el resultado de una estructura política que combinaba
centralismo, feudalismo y abandono inversor. Mientras una parte del país crecía
en industria, infraestructuras y educación, otra quedaba atrapada en el
monocultivo, el paro crónico y la emigración forzosa. La estructura de la
desigualdad.
Las cifras actuales recuerdan que aquella herencia no se ha evaporado.
Andalucía y Extremadura siguen encabezando los índices de desempleo y, junto
con Murcia, lideran el abandono escolar y arrastran resultados académicos por
debajo de la media estatal. Curiosamente –y algo tendrá que ver– Murcia,
Extremadura y Andalucía son tres feudos que dan soporte a Vox. Además,
Andalucía y Extremadura mantienen un modelo productivo débil que nunca ha sido
atendido con la inversión necesaria. No se trata, pues, de una inclinación al
atraso, sino de décadas de decisiones que prefirieron mantener al sur como
periferia funcional y como colonia interior –en palabras del propio Comín–
antes que convertirlo en motor de su propio desarrollo.
Y, sin embargo, cada vez que conviene agitar orgullos, España invoca a
Andalucía como esencia. Con sus toros, ferias o semanas santas. Es el mismo
entusiasmo patriótico de banderita que se vuelve cicatero cuando toca hablar de
trenes dignos, de financiación justa o de blindar la sanidad y la educación
públicas. Cuando se trata de inversiones y de redistribución el Estado se
vuelve contable y como en Andalucía no saben contar...
En ese desajuste e instrumentalización, se mueve con soltura la
ultraderecha, que convierte la identidad andaluza en ariete contra otras
identidades. A veces algunas izquierdas también caen en ese enmarcado facilón.
Pero el retraso andaluz no lo provocaron las reivindicaciones y logros ajenos,
sino la falta de articulación propia –salvo excepciones puntuales– y la alianza
entre élites locales e instituciones centrales que administraron su
dependencia. Durante demasiado tiempo se nos enseñó que reclamar era dividir y
que confiar en el poder central era garantía de estabilidad. Esa pedagogía de
la resignación empañada de orgullo aún pesa.
Convendría distinguir entre lo accidental y lo estructural. Lo
accidental irrumpe inesperadamente –un accidente de tren, una riada, una
tragedia concreta– y conmueve porque tiene fecha y nombres propios. Lo
estructural, en cambio, es el entramado que distribuye riesgos y oportunidades
mucho antes de que ocurra el desastre. La violencia estructural se produce
cuando el sistema distribuye injustamente esos riesgos y cuando reduce de forma
persistente las posibilidades de vida de una parte de la población. Lo accidental
estalla, lo estructural gotea. Y, sin embargo, suele ser lo segundo lo que
explica por qué siempre son los mismos quienes aparecen en la lista de
víctimas.
En este contexto, resultaron elocuentes las lágrimas de Juanma Moreno el
Día de Andalucía al recordar a las víctimas del accidente de Adamuz. Lágrimas
que cualquier persona y sociedad decente comparten y que deben añadirse a las
lágrimas que provocan otras tragedias cotidianas como los fallos en el cribado
oncológico, el deterioro de la sanidad pública o la precarización educativa que
limita el futuro de miles de jóvenes. No ignoremos que la desigualdad también
mata, aunque deje víctimas sin minutos de silencio ni banderas a media asta.
Cuando se acerquen las próximas elecciones andaluzas, convendría que el
Palacio de las Misiones y la voz de Comín regresaran a la conversación pública.
Para no olvidar quiénes fueron tratados como ilegales dentro de su propio país,
para no dejarnos seducir por banderas que históricamente recortaron nuestros
derechos y para no aceptar que el atraso andaluz es un accidente del destino.
Andalucía debe recordar, porque lo ha vivido, que la dignidad nunca ha sido un
regalo del poder central, sino una conquista colectiva, y que la fraternidad
entre pueblos no es un lujo simbólico, sino una estrategia política y humana.
Frente a quienes quieren un sur obediente pero enfrentado a otros,
conviene recordar que el verdadero adversario no habla otra lengua ni vive en
otra comunidad, sino que es quien administra la desigualdad mientras nos
distrae con orgullos acartonados. Que no nos clasifiquen ni nos
instrumentalicen de nuevo, ni como vagos ni como colonia interior ni como
ariete identitario. Y que la memoria, la rebeldía y la lucidez, esta vez,
también voten.
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