viernes, 10 de febrero de 2012

Las lágrimas estructurales de Andalucía

https://ctxt.es/es/20260301/Firmas/52440/paco-cano-andalucia-franquismo-excedente-migracion-barcelona-palacio-misiones.htm

LAS LÁGRIMAS ESTRUCTURALES DE ANDALUCÍA

Paco Cano, 3 de marzo de 2026

ctxt.es

 

En Historias del Buen Valle, José Luis Guerín nos muestra el barrio barcelonés de Vallbona con una paciencia que desactiva prejuicios y con una poética que aleja el pensamiento de tanto ruido social. La cámara se posa en conversaciones cotidianas, en senderos junto al río, en el ritmo lento de los huertos, en fachadas humildes, en celebraciones sencillas que sostienen la vida en común. Registra existencias que llegaron de lejos y que hoy apuntalan la ciudad. Vallbona, amenazada por la especulación, se presenta como un territorio de tránsito y arraigo donde conviven voces del Este, del Magreb o de Latinoamérica; no como anomalía, sino como secuela histórica. Antes que el árabe o el ruso, en Nou Barris –distrito al que pertenece Vallbona– resonaron acentos andaluces y extremeños. Han cambiado las músicas, pero la necesidad es la misma.

En 1965, se derribó en Barcelona un edificio de memoria incómoda; el Palacio de las Misiones. Nombre piadoso para una función nada evangélica, ya que durante los años cuarenta y cincuenta fue centro de confinamiento de emigrantes. Allí se hacinaba a gallegos, andaluces y extremeños que llegaban con una maleta de cartón y el hambre pegada a los huesos. Si no podían demostrar casa o trabajo, eran etiquetados como vagos o maleantes y devueltos a su tierra. No habían cometido delito alguno sino el de, al parecer, haber nacido en el lugar equivocado dentro del mismo país. El franquismo gestionaba la pobreza como quien clasifica mercancías. Aquel palacio era un CIE de la época, con acento sureño.

Aquellos emigrantes huían de una miseria estructural que el régimen no solo toleraba, sino que administraba con precisión. Andalucía y Extremadura funcionaban como reserva de mano de obra barata, periferia disciplinada de un país que se industrializaba a trompicones mientras mantenía intactos los privilegios de los señoritos y sus latifundios. El franquismo quería un sur atrasado y obediente, útil como granero humano y dócil en lo político; pero cuando sus hijos cruzaban Despeñaperros para intentar sobrevivir con dignidad, eran clasificados como excedente.

En 1971, Alfonso Carlos Comín –ingeniero catalán, cristiano y comunista– publicó Noticia de Andalucía, un libro que hoy debería leerse en los institutos andaluces y en todos los barrios donde vuelve a asomar la intolerancia. Comín denunciaba que la pobreza andaluza no era un accidente geográfico ni una tara cultural, sino el resultado de una estructura política que combinaba centralismo, feudalismo y abandono inversor. Mientras una parte del país crecía en industria, infraestructuras y educación, otra quedaba atrapada en el monocultivo, el paro crónico y la emigración forzosa. La estructura de la desigualdad.

Las cifras actuales recuerdan que aquella herencia no se ha evaporado. Andalucía y Extremadura siguen encabezando los índices de desempleo y, junto con Murcia, lideran el abandono escolar y arrastran resultados académicos por debajo de la media estatal. Curiosamente –y algo tendrá que ver– Murcia, Extremadura y Andalucía son tres feudos que dan soporte a Vox. Además, Andalucía y Extremadura mantienen un modelo productivo débil que nunca ha sido atendido con la inversión necesaria. No se trata, pues, de una inclinación al atraso, sino de décadas de decisiones que prefirieron mantener al sur como periferia funcional y como colonia interior –en palabras del propio Comín– antes que convertirlo en motor de su propio desarrollo.

Y, sin embargo, cada vez que conviene agitar orgullos, España invoca a Andalucía como esencia. Con sus toros, ferias o semanas santas. Es el mismo entusiasmo patriótico de banderita que se vuelve cicatero cuando toca hablar de trenes dignos, de financiación justa o de blindar la sanidad y la educación públicas. Cuando se trata de inversiones y de redistribución el Estado se vuelve contable y como en Andalucía no saben contar...

En ese desajuste e instrumentalización, se mueve con soltura la ultraderecha, que convierte la identidad andaluza en ariete contra otras identidades. A veces algunas izquierdas también caen en ese enmarcado facilón. Pero el retraso andaluz no lo provocaron las reivindicaciones y logros ajenos, sino la falta de articulación propia –salvo excepciones puntuales– y la alianza entre élites locales e instituciones centrales que administraron su dependencia. Durante demasiado tiempo se nos enseñó que reclamar era dividir y que confiar en el poder central era garantía de estabilidad. Esa pedagogía de la resignación empañada de orgullo aún pesa.

Convendría distinguir entre lo accidental y lo estructural. Lo accidental irrumpe inesperadamente –un accidente de tren, una riada, una tragedia concreta– y conmueve porque tiene fecha y nombres propios. Lo estructural, en cambio, es el entramado que distribuye riesgos y oportunidades mucho antes de que ocurra el desastre. La violencia estructural se produce cuando el sistema distribuye injustamente esos riesgos y cuando reduce de forma persistente las posibilidades de vida de una parte de la población. Lo accidental estalla, lo estructural gotea. Y, sin embargo, suele ser lo segundo lo que explica por qué siempre son los mismos quienes aparecen en la lista de víctimas.

En este contexto, resultaron elocuentes las lágrimas de Juanma Moreno el Día de Andalucía al recordar a las víctimas del accidente de Adamuz. Lágrimas que cualquier persona y sociedad decente comparten y que deben añadirse a las lágrimas que provocan otras tragedias cotidianas como los fallos en el cribado oncológico, el deterioro de la sanidad pública o la precarización educativa que limita el futuro de miles de jóvenes. No ignoremos que la desigualdad también mata, aunque deje víctimas sin minutos de silencio ni banderas a media asta.

Cuando se acerquen las próximas elecciones andaluzas, convendría que el Palacio de las Misiones y la voz de Comín regresaran a la conversación pública. Para no olvidar quiénes fueron tratados como ilegales dentro de su propio país, para no dejarnos seducir por banderas que históricamente recortaron nuestros derechos y para no aceptar que el atraso andaluz es un accidente del destino. Andalucía debe recordar, porque lo ha vivido, que la dignidad nunca ha sido un regalo del poder central, sino una conquista colectiva, y que la fraternidad entre pueblos no es un lujo simbólico, sino una estrategia política y humana.

Frente a quienes quieren un sur obediente pero enfrentado a otros, conviene recordar que el verdadero adversario no habla otra lengua ni vive en otra comunidad, sino que es quien administra la desigualdad mientras nos distrae con orgullos acartonados. Que no nos clasifiquen ni nos instrumentalicen de nuevo, ni como vagos ni como colonia interior ni como ariete identitario. Y que la memoria, la rebeldía y la lucidez, esta vez, también voten.


 


 


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