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La enseñanza de la historia de España
Julián
Casanova, 22 de octubre de 2022
Hace años que se repite: los jóvenes no saben nada
de historia. Como si los mayores, así, en general, supieran mucho.
La tradición pesa y hay todavía mucha gente, que se considera culta, que
cree que la historia es un relato, ordenado de forma cronológica, de las
acciones de las élites y de los grupos dirigentes, de los grandes personajes y
del poder. Por otro lado, cuando se elaboran los programas de historia, tanto
desde la administración como desde los despachos de muchos profesores, se pone
énfasis en la exactitud factual, en el dominio de los hechos. Siguiendo ese
camino, muchos estudiantes, al tener que aprender en poco tiempo un cúmulo de
acontecimientos que en los libros de texto se consideran únicos o relevantes,
creen, como algo ya asumido, difícil de cambiar, que la asignatura de historia
es pesada, aburrida, un rollo.
Pero la historia que se capta, o se ignora, por
parte de la mayoría de ciudadanos no depende solo de lo que se estudia en las
aulas. Las
celebraciones oficiales, las conmemoraciones y la reproducción de hechos
históricos en fiestas y tradiciones populares suelen utilizar el pasado para
justificar el presente. Políticos y periodistas
que transmiten sus ideas lo hacen a menudo: deforman la historia para adaptarla
a sus propios fines. Y lo pueden hacer escogiendo mitos o lugares comunes que
explican sus argumentos o distorsionando las pruebas para llegar al fin
deseado. La aproximación que hacen es todo menos histórica, pura invención.
Esas declaraciones interesadas sobre la historia,
ampliamente difundidas en los medios de comunicación y en las redes sociales,
contribuyen a articular una memoria popular sobre determinados hechos del
pasado, hitos de la historia, que tiene poco que ver con el estudio cuidadoso
de las pruebas disponibles, entendidas en el contexto en que se produjeron.
Planteada de esa forma, la historia rescata tradiciones inventadas desde el
presente y proporciona lecciones morales.
Quienes se consideran sensatos, y creen que los demás
son partidistas, quieren
construir y transmitir “una historia de consenso”, una gran historia de España
“auténtica”, que sirva para reorientar las tradiciones que vinculan el pasado
con el presente. Es una historia triunfalista, construida
desde arriba, con grandes reyes y próceres de la Patria, casi siempre hombres,
con la idea de resaltar lo que supuestamente nos une y ocultar, o despreciar
como no español, lo que es divisivo o perjudicial para la imagen oficial o para
la mitología nacional. Luchas heroicas, triunfos militares y celebraciones de
la grandeza nacional frente a pasados traumáticos o infames. Recuerde usted la
España imperial o la guerra de la Independencia, por ejemplo, y deje de remover
el pasado reciente de víctimas y verdugos.
Lograr eso, sin embargo, no resulta fácil. Porque
frente a las historias triunfalistas construidas desde arriba, con reyes,
batallas, "tambores y trompetas", otros enfoques comenzaron a
subrayar desde hace tiempo las divisiones sociales, étnicas, lingüísticas,
nacionales, religiosas y de género. Frente a la historia apologética del poder,
utilizada para generar una mayor lealtad de los ciudadanos a los dirigentes de
los Estados, surgió una historia social, enriquecida con los hallazgos de
antropólogos, economistas y sociólogos, que escuchaba los ecos de todas las
voces marginadas por la historia tradicional.
El estudio de ese complejo pasado requiere una
visión crítica que se lleva mal con una historia que resalte solo los posibles
puntos comunes. El consenso y la cultura común los pueden
estimular los políticos y gobernantes, seleccionando los acontecimientos y
experiencias del pasado, ocultando lo que no les gusta y resaltando los
triunfos. Pero la historia es otra cosa. Y por eso las miradas a ese pasado
incómodo, que en España suele centrarse en la República, la Guerra Civil y la
dictadura de Franco, dividen tanto y provocan más disputas y ruido que debates
y luz. No son solo los jóvenes quienes no saben nada de historia.
Las visiones históricas están sujetas a revisión y
cambios con el tiempo, porque la historia no es una mera narración de hechos,
vacía de interpretación, sino un análisis del pasado fundamentado en las
pruebas disponibles. Aunque el conocimiento del pasado está limitado por las
disputas entre historiadores, por los diferentes puntos de vista, por la
tensión entre subjetividad y objetividad, lo que debe siempre evitarse es
buscar los hechos más convenientes para apoyar las ideas favoritas.
Los historiadores podemos, y deberíamos en mi
opinión, contribuir a transmitir nuestras investigaciones más allá de las
aulas, a difundirlas con precisión a través de conferencias, medios de
comunicación y redes sociales. Pero no podemos prestarnos a construir visiones
del pasado por encargo, renunciar al análisis riguroso de lo que otros quieren
ocultar u olvidar. El pasado persiste, como
persisten asimismo sus principales tradiciones políticas que orientan de muchas
formas nuestras actuaciones.
No situar los hechos en su contexto histórico
apropiado conduce a perspectivas ahistóricas y a leer el pasado con los ojos
del presente. Promover una buena educación sobre la historia requiere
lecturas críticas, basadas en el conocimiento que proporciona el estudio y la
investigación, presentar alternativas a los relatos míticos, simplificados para
consumo popular.
El conocimiento del pasado
también puede servir para mostrar que las cosas no tienen por qué ser de la
manera que son ahora, que en tiempos difíciles la gente puede
encontrar caminos de resistencia, que hay alternativas y que algunos avances
del pasado ocurrieron a través de la lucha y el conflicto.
Muchos de los libros de historia están concebidos
como obras de referencia para otros especialistas y no para que los lea un
público más amplio. Que eso sea así es inevitable en algunos casos, pero no hay
ninguna razón que impida un mayor
cuidado formal y literario a la hora de transmitir los
conocimientos. No hay una única historia de España, sino múltiples historias
que se superponen y se entrecruzan una con otra.
Más que buscar consenso en cómo enseñarla, debemos
ajustar las piezas de ese enorme mosaico que nos han proporcionado miles de
documentos y libros. Para eso
hay que leer, conocer los avances de las investigaciones más recientes, comunicarlo
a los estudiantes con precisión. Esa es nuestra labor como historiadores y
profesores. Los
mitos, las mentiras y la propaganda son otra cosa.
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