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1. Las aguas
del planeta
La Tierra está cubierta en un 71% de su
superficie por agua. La mayor parte, el 97%, corresponde a las aguas de océanos
y mares y solo el 3% restante es agua dulce, que se encuentra repartida de la
siguiente forma:
·
En estado sólido en los casquetes polares
y los glaciares de montaña.
·
En estado líquido en las aguas de
escorrentía subterránea y superficial de ríos y arroyos, lagos y acuíferos.
·
En forma de vapor de agua en la atmósfera.
·
En los seres vivos.
Es ese pequeño porcentaje del 3% el que es
objeto de estudio de este tema, puesto que se trata de un recurso
imprescindible para la vida. Analizar las características hidrológicas de cada
territorio, la distribución de sus aguas y los recursos hídricos que ofrece es
necesario para poder regular y gestionar correctamente su uso, preservándolo
para las generaciones venideras.
La rama de la geografía física que estudia
las aguas de la superficie terrestre, tanto las marinas como las continentales,
es la hidrografía.
La cantidad de agua que forma parte de la
hidrosfera es constante, pero está en continuo movimiento y cambio en su estado
físico. Entre el agua de los océanos, los continentes y la atmósfera se produce
un intercambio que constituye un circuito cerrado de agua al que denominamos
ciclo hidrológico.
En general, el ciclo del agua que tiene
lugar en el sistema fluvial español se alimenta de las precipitaciones que no
son muy abundantes en gran parte de nuestro país, lo que determina y explica
que el agua sea un bien escaso y desigualmente repartido. España es un país de
grandes contrastes hidrológicos, tanto sobre el espacio (distribución
geográfica) como en el tiempo (distribución estacional e interanual).
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2.
Factores condicionantes de la red
hidrográfica
La configuración y las características de
la red hidrográfica española están condicionadas fundamentalmente por la gran
diversidad climática y el complejo relieve que conforma nuestro territorio.
Junto a ellos, la litología, la vegetación y el ser humano contribuyen a
definir los principales rasgos hidrográficos de España.
El clima
El clima determina el caudal y la
regularidad de los cursos fluviales españoles, puesto que el agua que alimenta
ríos, lagos y acuíferos proviene fundamentalmente de las precipitaciones, como
ya señalamos.
De esta manera, la cuantía y la
distribución de las precipitaciones son el factor climático más destacado. De
él deriva la diferenciación entre:
·
Una España húmeda, de ríos regulares y de
caudal abundante en el área de clima atlántico.
·
Una España seca, con ríos menos caudalosos
e irregulares en la región de clima mediterráneo.
·
Y la región mediterránea árida del
sureste, con los ríos de caudal más pobre y con grandes estiajes.
Las temperaturas son el otro elemento
climático que influye en la red hidrográfica. De ellas dependen las pérdidas
por evaporación, que son máximas en verano en las regiones del interior y del
sur peninsular, coincidiendo con el periodo de insuficientes precipitaciones,
es decir, la estación de aridez estival.
El relieve
El relieve condiciona, en primer lugar, la
disposición y la organización de la red fluvial. La basculación de la Península
hacia el oeste a finales del Terciario explica la importante disimetría entre
las vertientes atlántica y mediterránea.
Todos los grandes ríos, salvo el Ebro, a
pesar de nacer más cerca del mar Mediterráneo discurren hacia el océano
Atlántico, labrando extensas cuencas hidrográficas. La divisoria de aguas entre
la vertiente atlántica y la mediterránea está definida por las cumbres del Sistema
Ibérico y de las Béticas. La disposición de las principales unidades del
relieve determina la forma y la dimensión de las grandes cuencas fluviales.
En segundo lugar, el relieve influye en la
capacidad erosiva de los ríos, en su velocidad y en el volumen de las crecidas.
Cuanto mayor es la pendiente del terreno, mayor es la capacidad erosiva de una
corriente y la velocidad de sus aguas. Al contrario, en algunas zonas llanas de
escasa o nula pendiente las aguas apenas tienen movimiento y pueden presentar
una circulación endorreica (sin salida al mar, en vez de exorreica), que da
lugar a formaciones lacustres de pequeñas dimensiones en el interior
peninsular.
Por último, el relieve, a través del factor
altitud, afecta también al régimen hidrográfico. Con la altitud aumentan las
precipitaciones, que en las zonas de alta montaña caen en forma de nieve. En la
primavera, e incluso a comienzos del verano, esas aguas se deshielan y se
incorporan a la red fluvial.
La litología
Los suelos condicionan las características de
la red hidrográfica a través de la distinta permeabilidad y resistencia a la
erosión que presenta cada roca.
▪ La roca caliza, que es permeable, se define
por una escorrentía superficial mínima e irregular (sumideros y surgencias),
dominando la circulación subterránea.
▪ La roca silícea, que es mayoritaria en el
oeste peninsular, es muy poco permeable, lo que favorece la circulación
superficial, salvo en aquellos sectores muy diaclasados, en los que el agua
escapa hacia niveles subterráneos.
▪ Los roquedos arcillosos (propios de las
grandes cuencas sedimentarias) son muy impermeables y se caracterizan por una
escorrentía superficial.
La vegetación
La vegetación retiene el agua de las
precipitaciones, favorece la humedad del suelo y el subsuelo y dificulta la
erosión. Por eso, en un suelo desprovisto de vegetación, o con vegetación poco
densa, las filtraciones de agua son menores, aumenta la evaporación y el agua
de arroyada fluye más rápidamente, erosionando y destruyendo el suelo.
Por el contrario, en un suelo cubierto por un
denso tapiz vegetal, la evaporación y la erosión del suelo se dificultan, lo
que favorece la formación de acuíferos y de cursos permanentes de agua.
La intervención humana
Las personas modificamos los caracteres de la
red fluvial mediante la construcción de infraestructuras de regulación, como
embalses, que tratan de paliar los profundos estiajes de muchos de nuestros
ríos; pero también se utilizan para generar electricidad, o el trazado de
canales y trasvases, que modifican y reducen el volumen de agua de los ríos.
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3. El régimen fluvial
El régimen fluvial es la evolución del caudal
de una corriente a lo largo del año. Para poder analizar esta evolución se
consideran unos determinados parámetros o «elementos», que son todos aquellos
aspectos cuantificables con los que podemos valorar la cantidad de agua que
fluye por un río. Estos parámetros son el caudal, la irregularidad y las
variaciones estacionales de ese caudal, y las crecidas y estiajes que pueda
presentar el río.
El caudal
El caudal se utiliza como el elemento de
medida más destacado. Es el volumen de agua que lleva un río por segundo en un
lugar determinado (la estación de medición se denomina estación de aforo) y se
expresa en m³/s. Este valor es absoluto y varía continuamente, por lo que
suelen emplearse valores promedio, como son el caudal medio diario, mensual y anual.
El módulo o abundancia media es el caudal medio anual calculado sobre un periodo
estimado de treinta años.
A partir del caudal de los ríos, se estima la
aportación, que es la cantidad total de agua que drena anualmente una cuenca.
El caudal específico o relativo relaciona el
caudal con la superficie de la cuenca, lo que permite comparar cuencas de
tamaños muy diferentes. Se mide en l/s/km².
En España los caudales máximos generalmente
están ligados a las grandes cuencas fluviales, aunque indudablemente el factor
climático afecta directamente al caudal de los ríos en una tendencia clara
norte-sur. El río más caudaloso de la península ibérica es el Duero, seguido
del Ebro y el Tajo, pero los caudales relativos más altos se asocian a los ríos
pirenaicos y cantábricos, de cuencas más reducidas.
La escorrentía
La escorrentía es la lámina de agua que
circula en una cuenca de drenaje y que llega a los ríos. Dicho de otro modo, es
la altura en milímetros de agua de lluvia escurrida y extendida dependiendo de
la pendiente del terreno.
Normalmente se considera como la
precipitación menos la evapotranspiración real y la infiltración del sistema
suelo-cobertura vegetal.
La irregularidad y
las variaciones estacionales del caudal
La irregularidad
define las variaciones de caudal de un río a lo largo del año o entre distintos
años y está directamente relacionada con el régimen de precipitaciones.
Propiamente, el
término hace referencia a la “irregularidad” interanual, es decir, a las
variaciones de caudal que se producen durante un largo periodo de tiempo, de
veinte a treinta años, que se calcula con el coeficiente de irregularidad. Este
coeficiente relaciona el caudal medio máximo de un río con su caudal medio
mínimo durante un periodo de tiempo determinado. En España, los ríos más
regulares son los cantábricos, mientras que los mediterráneos, con un régimen
pluviométrico muy variable entre unos. años húmedos y otros secos, son ríos muy
irregulares.
La irregularidad
dentro del mismo año (variaciones estacionales) permite conocer la distribución
del caudal a lo largo de los meses del año y reconocer los periodos de aguas
altas y de aguas bajas relacionados con el régimen y el tipo de
precipitaciones. Los ríos más irregulares en nuestro país son los
levantinos.
Las crecidas y los estiajes
Con los términos
crecida y estiaje se definen los momentos puntuales de caudales máximos y
mínimos absolutos.
·
Una crecida o avenida
es un momento de máximo caudal, un aumento brusco en un plazo corto de tiempo
que suele deberse a lluvias intensas, que a veces tienen efectos
catastróficos.
·
El estiaje es
lo contrario, el momento de mínimo caudal de un río.
Ambos fenómenos son
característicos de los ríos españoles, sobre todo de las cuencas fluviales del
área mediterránea, donde la torrencialidad de las precipitaciones que acompañan
la gota fría se manifiesta en crecidas espectaculares (los ríos Júcar, Turia y
Mijares han llegado a aumentar hasta más de cuatrocientas veces su media).
Igualmente, los estiajes más pronunciados corresponden a esta región.
Las ramblas (cauces
secos que ocasionalmente pueden llevar agua), muy presentes en la zona
mediterránea, ilustran a la perfección este fenómeno de las crecidas y los
estiajes.
En los ríos de la
vertiente cantábrica, ni las crecidas ni los estiajes llegan a ser muy
pronunciados, ya que el régimen de precipitaciones es regular. En los grandes
ríos atlánticos sí se producen crecidas importantes, pero no tan llamativas
como las de algunos ríos mediterráneos.
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5. La red fluvial
en España
La
red fluvial peninsular se estructura en tres vertientes hídricas: la
cantábrica, la atlántica y la mediterránea, bien diferenciadas tanto por su
desigual extensión como por las características de los ríos.
En
los archipiélagos no encontramos auténticos ríos, y la escorrentía superficial
se limita a una red de barrancos y torrentes.
5.1
LAS VERTIENTES PENINSULARES: VERTIENTE CANTÁBRICA
Reúne
a los ríos que desembocan en el Cantábrico, en el norte peninsular. Son ríos cortos,
pues nacen en la Cordillera Cantábrica, lo que determina su escasa longitud. En
su recorrido excavan profundos valles para salvar los desniveles (de hasta
2.000 m) entre las montañas donde nacen y el mar, por lo que tienen una gran
fuerza erosiva y un carácter torrencial que se aprovecha a lo largo de toda la
cornisa cantábrica para producir electricidad.
Las
elevadas y regulares precipitaciones de esta región de clima oceánico otorgan a
estos ríos un caudal abundante y regular, con un régimen de alimentación
pluvial y pluvio-nival.
Los
ríos vascos (Bidasoa, Nervión) son los más regulares. Los cántabros y
asturianos (Pas, Deva, Sella, Nalón, Narcea, Navia, Eo) tienen una gran
potencia erosiva.
5.2
LAS VERTIENTES PENINSULARES: VERTIENTE ATLÁNTICA
La
vertiente atlántica es la más extensa de la Península. Agrupa los ríos gallegos
y los
grandes
colectores de la Meseta y la depresión Bética.
Los ríos gallegos
Son
cortos y de caudal abundante y regular, como los ríos de la vertiente
cantábrica. De norte a sur, destacan los ríos Eume, Tambre, Ulla y Miño. La
cuenca del Miño-Sil es la más extensa y su último tramo marca la frontera con
Portugal.
Los grandes
colectores de la Meseta y la depresión Bética
Los
principales ríos atlánticos se caracterizan por su gran longitud: nacen en
montañas alejadas de su desembocadura. Discurren por extensas llanuras; en un
ambiente climático mediterráneo con una marcada aridez estival, que se traduce
en un régimen irregular, dulcificado por el aporte de sus afluentes. Su caudal
absoluto es elevado, pero su caudal relativo desciende mucho, puesto que estos
ríos han labrado amplias cuencas fluviales entre los relieves que las limitan.
De
norte a sur se localizan las grandes cuencas de la Meseta (Duero, Tajo y
Guadiana) y el río Guadalquivir.
El
Duero presenta la cuenca más extensa (unos 100.000 km2). Drena las tierras de
la Submeseta Norte y recoge las aguas de las cordilleras Cantábrica, Ibérica y
Central. Nace en los Picos de Urbión y, tras atravesar tierras castellanas, se
encaja en los Arribes del Duero salvando el gran desnivel entre el territorio
español y el portugués, que se aprovecha para la producción de electricidad
(presas de Aldeadávila, Saucelle...). Sus afluentes por la margen derecha
(Pisuerga y Esla) son más caudalosos que los de la margen izquierda (Duratón,
Adaja, Tormes) y su régimen de alimentación es pluvio-nival, con máximos en marzo
y abril.
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El
Tajo, en la Submeseta Sur, discurre entre el Sistema Central, las estribaciones
suroccidentales situadas en el Sistema Ibérico y los Montes de Toledo. Es el
río más largo de la Península: nace en la sierra de Albarracín y desemboca en
Lisboa. Su caudal está regulado por numerosos embalses. Sus principales
afluentes por la derecha son el Jarama, el Alberche, el Tiétar y el Alagón. Los
de la izquierda, menos caudalosos, son el Guadiela, el Algodor y el Almonte.
Sus aguas se aprovechan para la producción de electricidad (presa de Alcántara)
y su régimen de alimentación es pluvio-nival.
Interpretar el
perfil longitudinal de un río
El
perfil longitudinal de un río representa gráficamente la pendiente de su cauce,
desde la cabecera hasta la desembocadura.
El
curso superior es el tramo situado a más altitud, de mayor pendiente y el de
aguas más rápidas con mayor capacidad erosiva. Desde aquí, la pendiente se va
rebajando hasta alcanzar en el curso medio lo más próximo a lo que se considera
una pendiente de equilibrio, donde la corriente es capaz de transportar los
materiales arrancados en el curso alto sin depositarlos y sin que se produzca
erosión. Esta es una situación ideal que no se da en la realidad porque
requiere unas condiciones inamovibles del caudal (cantidad de agua, velocidad,
materiales transportados...), el tipo de roca, etc.
En
el curso bajo del río la pendiente es menor, aumenta el caudal y prevalece la
deposición de los sedimentos arrastrados sobre los procesos de erosión y
transporte.
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98
• El Guadiana,
también en la Submeseta Sur, extiende su cuenca entre los Montes de Toledo,
Sierra Morena y la Cordillera Subbética. Tradicionalmente, su nacimiento se ha
localizado en las Lagunas de Ruidera, aunque otros estudios más recientes lo
sitúan más próximo a las Tablas de Daimiel, y desemboca en Ayamonte (Huelva).
Es un río de caudal pobre (es el menos caudaloso de los grandes ríos
atlánticos) e irregular, con acusados estiajes. Además, la litología caliza,
presente en parte de la cuenca, favorece la circulación subterránea. Su régimen
de alimentación es pluvial, y sus afluentes (Jabalón, Zújar, Matachel) aportan
poca agua al curso principal. Las aguas de casi todos sus
embalses se destinan al riego de cultivos.
• El Guadalquivir
recorre la depresión Bética. Recoge las aguas de Sierra Morena y la
Cordillera Subbética. Nace en la sierra de Cazorla, y desde Sevilla discurre
por una llanura casi horizontal hasta su desembocadura en Sanlúcar de
Barrameda, en el golfo de Cádiz, donde se forman las marismas del Guadalquivir.
Su régimen de alimentación es pluvial subtropical, aunque el de su principal
afluente, el Genil, que nace cerca de Sierra Nevada, tiene influencia nival.
5.3. Las vertientes peninsulares: vertiente mediterránea
La vertiente mediterránea, que ocupa el 31% de la
superficie peninsular, se extiende, de norte a sur, desde Girona hasta
Gibraltar. Hacia el interior, la divisoria de aguas de la vertiente está
definida por el Sistema Ibérico y los Sistemas Béticos; este aspecto condiciona
las características de sus cuencas fluviales, puesto que, salvo el Ebro, son
cursos de pequeña o mediana longitud, cuencas reducidas y pronunciadas
pendientes en sus cabeceras debido a la proximidad de los relieves
montañosos a la costa.
El clima mediterráneo explica la pobreza del caudal de
estos cursos fluviales y su gran irregularidad, con frecuentes crecidas y
acusados estiajes, a los que se suma una elevada evapotranspiración que
contribuye aún más a reducir el caudal de estos ríos. De hecho, muchos de ellos
son cursos intermitentes, torrentes o ramblas que solo en ocasiones llevan el
agua de unas intensas precipitaciones (que se producen generalmente en otoño),
muchas veces con consecuencias catastróficas. Destacan los siguientes:
• Los ríos
catalanes (Fluviá, Ter y Llobregat), con un régimen de
alimentación mixto, son cortos y algo más caudalosos.
• Los ríos
levantinos (Mijares, Palancia, Turia, Júcar y Segura) tienen unas
cuencas de pequeñas o medianas dimensiones, un régimen de alimentación pluvial
o pluvio-nival, caudal pobre y gran irregularidad interanual e intranual, con
peligrosas crecidas otoñales debidas a la gota fría.
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• Los ríos
meridionales (Almanzora, Guadalfeo y Guadalhorce) tienen un régimen
pluvial mediterráneo subtropical. Son muy cortos, de aguas rápidas e
irregulares, de difícil aprovechamiento y, como los ríos levantinos,
experimentan frecuentes crecidas.
• El Ebro es
una excepción en la vertiente mediterránea. Nace en la Cordillera Cantábrica,
en Fontibre, por lo que su cabecera es lluviosa; recorre la depresión del Ebro,
donde la aridez se impone en su curso medio, y, tras pasar el Sistema
Costero-Catalán, desemboca en el mar Mediterráneo formando un delta con los
materiales que arrastra. En consecuencia, es un río largo, de extensa cuenca
(85.362 km²) y caudal destacado, tanto por su cabecera húmeda como por el
aporte de sus afluentes pirenaicos (Aragón, Gállego, Cinca y Segre). Sus
afluentes ibéricos (Jalón, Guadalope) tienen un caudal más pobre. El régimen de
alimentación del Ebro es pluvio-nival, con estiajes cortos y menor
irregularidad que el resto de los ríos mediterráneos. Sus aguas se aprovechan
tanto para la producción de energía hidroeléctrica como para un intenso regadío
(embalses de Mequinenza, Canelles...).
5.4. La red fluvial insular y de Ceuta y Melilla
Baleares y Canarias carecen de auténticos ríos. El
clima y la litología son factores decisivos a la hora de entender sus
características hídricas.
En Baleares,
en la isla de Mallorca, encontramos cursos intermitentes, torrentes o torrents, que tienen unos rasgos similares a las ramblas
levantinas: solo llevan agua en los periodos de precipitaciones
(fundamentalmente equinocciales) y sus cauces están secos durante gran
parte del año. En el resto de las islas, más llanas, la escorrentía superficial
es mucho menor. En todas ellas la litología caliza favorece la circulación
subterránea, de manera que existen numerosos acuíferos, que tienen una importancia vital desde la Antigüedad
debido a los escasos recursos hídricos superficiales.
En Canarias,
la aridez de gran parte de las islas, junto al carácter permeable de la
litología volcánica, justifica la ausencia de cursos permanentes de agua. La
mayor parte de los recursos hídricos procede de las aguas subterráneas, los
acuíferos. La infrecuente escorrentía superficial se limita a la red de barrancos, que encauzan las aguas de
las escasas precipitaciones.
Ceuta y Melilla reducen sus recursos
hídricos a una red formada por arroyos de poca longitud y de acusado carácter
estacional y torrencial. En Melilla, el llamado río de Oro es actualmente un
cauce seco, salvo en momentos esporádicos de crecidas, como las acontecidas en
el otoño de 2008 y en enero de 2010. El abastecimiento en ambas ciudades se
logra a través de la extracción mediante pozos de las aguas freáticas del
subsuelo.
6. Zonas húmedas: lagos y humedales
Junto a las aguas de escorrentía superficial
que forman la red fluvial, encontramos las zonas húmedas, en las que se
incluyen lagos, lagunas, charcas, albuferas, marismas, deltas, etc.
En España, las características climáticas y
del relieve no favorecen el desarrollo de estas zonas, que son escasas en su
extensión y en los recursos hídricos que ofrecen. Esto no quiere decir que no
sean importantes, pues tienen un alto valor ecológico, ya que son el hábitat de
numerosas especies animales y vegetales, además de ser un enclave vital de paso
para la avifauna europea en su migración hacia África.
6.1. Zonas húmedas profundas y permanentes: lagos y
lagunas
Los lagos y lagunas constituyen los medios lacustres,
masas de agua profundas y estables formadas por la acumulación natural de agua
en zonas deprimidas de la superficie. Los lagos tienen mayores dimensiones y
profundidad que las lagunas, diferenciándose ambos por su tamaño, aunque normalmente
se empleen indistintamente uno u otro término.
Nuestro país no cuenta con grandes lagos.
Esta situación se agrava por la sobreexplotación que ha practicado el ser
humano sobre estos frágiles y amenazados sistemas, lo que ha provocado una disminución
de sus aguas.
Existe una gran variedad de lagos y lagunas,
que pueden clasificarse según el origen de sus aportes (superficiales o
subterráneos) o los procesos que han dado lugar a su formación.
Atendiendo a su origen, podemos distinguir
tres tipos de lagos y lagunas:
Los lagos y lagunas de origen endógeno: son
escasos en España y se deben a fuerzas del interior de la Tierra, como los
procesos tectónicos y volcánicos. Los lagos de origen tectónico se forman sobre
fosas tectónicas o cuencas de subsidencia, como la laguna de La Janda, en
Cádiz, actualmente desecada, o el lago de Carucedo, en León.
Los lagos de origen volcánico se crean sobre
cráteres apagados, como el conjunto de lagunas del Campo de Calatrava, en
Ciudad Real.
Los lagos y lagunas de origen exógeno: son
algo más abundantes en nuestro territorio y deben su creación a procesos de
erosión que tienen lugar en la superficie terrestre.
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El glaciarismo cuaternario ha dado lugar a
lagos formados sobre las cubetas excavadas por los hielos o por la obstrucción
provocada por la acumulación de morrenas. La mayoría de estos lagos se
encuentran en el Pirineo, como los ibones de Bernatuara, Acherito, Cregüeña, estany de Sant Maurici…) aunque también
los vemos en otros sistemas montañosos peninsulares, como la Cordillera
Cantábrica, el Sistema Ibérico, el Sistema Central e incluso la Cordillera
Penibética. El lago de Sanabria, en los Montes de León, es el lago glaciar de
mayores dimensiones y profundidad de España.
Las lagunas cársticas también tienen un
origen exógeno. Se forman por la disolución de las calizas, que da lugar a
cubetas y a represas ocupadas por el agua. Un ejemplo son las lagunas de
Ruidera, en La Mancha.
Los lagos mixtos: son los que se han formado
por la acción de dos o más procesos. Como es el caso del lago de Banyoles, de
origen tectónico y cárstico.
6.2. Zonas húmedas de aguas someras e
intermitentes: los humedales
Los denominados medios palustres o humedales
son zonas húmedas de escasa profundidad, que en el verano pueden llegar a
secarse al ser sometidas a una intensa evaporación.
Buena parte de ellos se corresponden con
cuencas arreicas del interior de la península ibérica, donde el agua se acumula
en zonas deprimidas formando lagunas y charcas. Estas se extienden por La Mancha,
en donde destaca el conjunto del Parque Nacional de las Tablas de Daimiel; la
depresión del Ebro (la Estanca de Alcañiz, en Teruel) y otras áreas, como el
sureste peninsular.
En el litoral, la acción conjunta de la
sedimentación fluvial, el mar y el viento da lugar a lagunas de aguas someras
con un alto valor ecológico, entre las que se incluyen las albuferas y
marismas. Ambas están bien representadas a lo largo de la costa mediterránea
peninsular e insular (Albufera de Valencia, salinas del cabo de Gata, Parque
Natural de s’Albufera de Mallorca) y en el litoral atlántico andaluz, donde se
forman marismas en las áreas de desembocadura de los ríos Guadalquivir,
Guadiana, Tinto y Odiel.
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7.
Las aguas subterráneas
Parte
del agua de las precipitaciones se infiltra en el suelo a través de poros y
grietas hacia zonas más profundas del subsuelo, hasta alcanzar una capa de
rocas impermeables. El agua queda retenida en ese nivel y va formándose un
embalse subterráneo que denominamos acuífero. De forma natural, parte de esa
agua embalsada retorna a la superficie, a través de manantiales o desaguando en
otros acuíferos, un río o directamente en el mar.
En
ocasiones, parte de los recursos del acuífero es extraído mediante pozos y
galerías para uso humano, un aprovechamiento que en España es cada vez mayor y
que ha conducido a una sobreexplotación, contaminación y, en algunas ocasiones,
agotamiento de las reservas que estas aguas subterráneas ofrecían.
El
reparto geográfico de los acuíferos está directamente unido a la litología, es
decir, a la naturaleza de las rocas que componen los suelos. De esta manera, en
la Península las principales reservas se encuentran en las áreas de litología
arcillosa (acuíferos detríticos que ocupan las depresiones terciarias del
Duero, Tajo, Guadiana, Ebro y Guadalquivir) y de litología caliza (acuíferos
calcáreos que se extienden a lo largo de la Z invertida desde los Pirineos hasta
las Béticas). En ambos archipiélagos los acuíferos (volcánicos en Canarias)
constituyen la principal reserva de agua dulce.
La
calidad del agua de los acuíferos calcáreos es mayor que la de los detríticos
del Terciario, que muchas veces están asociados a depósitos salinos.
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8.
Masas de agua artificiales.
Llama
la atención en un estudio geográfico de hidrografía la importancia que llegan a
tener las aguas embalsadas por el ser humano, masas de agua de creación
artificial (zonas lacustres) que nos explican el papel que las personas tenemos
como agentes modificadores de la naturaleza.
En
un país como el nuestro, en el que el agua es escasa en gran parte del
territorio, ya desde la Antigüedad se han emprendido actuaciones encaminadas a
regular y hacer llegar a todo el territorio este recurso. Este es el caso de la
presa romana de Proserpina (Mérida) del siglo II d. C.; o del Canal Imperial de
Aragón, iniciado en 1529 durante el reinado de Carlos V.
Todas
estas infraestructuras han permitido llevar el agua a las ciudades (Canal de
Isabel II de Madrid), transportar mercancías (Canal de Castilla en Palencia y
Valladolid), extender el regadío y hasta trasvasar agua de unas cuencas a otras
(Trasvase Tajo-Segura).
El
papel del agua como recurso vital para el ser humano lo trataremos en el tema 5
al abordar el estudio de la interacción humana con el medio ambiente.
El
Canal de Castilla
El
Canal de Castilla es una de las grandes obras de ingeniería civil de nuestro
país. Su construcción se inició en 1753, bajo el reinado de Fernando VI a
propuesta de uno de sus ministros, el Marqués de la Ensenada, como parte de un
proyecto más ambicioso, el “Proyecto General de los Canales de Navegación y
Riego para los Reinos de Castilla y León”, elaborado por el ingeniero Antonio
Ulloa. Su finalidad principal era servir como vía de transporte alternativa
para los excedentes agrícolas de la región (fundamentalmente cerealista) ante
la deficiente red viaria.
Las
obras fueron interrumpidas en varias ocasiones por los conflictos bélicos y las
crisis económicas y políticas de la época. Para poder concluir la obra (en
1849), fue necesario ceder la terminación de esta y su explotación durante 70
años a una empresa privada, la Compañía del Canal de Castilla, periodo tras el cual
su gestión y explotación volvió al Estado. En la actualidad lo administra la
Confederación Hidrográfica del Duero.
El
Canal no solo tuvo importancia como vía de comunicación en su momento, también facilitó
fuerza hidráulica y agua para el regadío y, a comienzos de la
industrialización, atrajo las fábricas que impulsaron el desarrollo industrial
de la región.
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