miércoles, 21 de diciembre de 2016

3. La hidrografía. Santillana, 2016

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1. Las aguas del planeta

La Tierra está cubierta en un 71% de su superficie por agua. La mayor parte, el 97%, corresponde a las aguas de océanos y mares y solo el 3% restante es agua dulce, que se encuentra repartida de la siguiente forma:

·          En estado sólido en los casquetes polares y los glaciares de montaña.

·          En estado líquido en las aguas de escorrentía subterránea y superficial de ríos y arroyos, lagos y acuíferos.

·          En forma de vapor de agua en la atmósfera.

·          En los seres vivos.

Es ese pequeño porcentaje del 3% el que es objeto de estudio de este tema, puesto que se trata de un recurso imprescindible para la vida. Analizar las características hidrológicas de cada territorio, la distribución de sus aguas y los recursos hídricos que ofrece es necesario para poder regular y gestionar correctamente su uso, preservándolo para las generaciones venideras.

La rama de la geografía física que estudia las aguas de la superficie terrestre, tanto las marinas como las continentales, es la hidrografía.

La cantidad de agua que forma parte de la hidrosfera es constante, pero está en continuo movimiento y cambio en su estado físico. Entre el agua de los océanos, los continentes y la atmósfera se produce un intercambio que constituye un circuito cerrado de agua al que denominamos ciclo hidrológico.

En general, el ciclo del agua que tiene lugar en el sistema fluvial español se alimenta de las precipitaciones que no son muy abundantes en gran parte de nuestro país, lo que determina y explica que el agua sea un bien escaso y desigualmente repartido. España es un país de grandes contrastes hidrológicos, tanto sobre el espacio (distribución geográfica) como en el tiempo (distribución estacional e interanual).


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2.        Factores condicionantes de la red hidrográfica

La configuración y las características de la red hidrográfica española están condicionadas fundamentalmente por la gran diversidad climática y el complejo relieve que conforma nuestro territorio. Junto a ellos, la litología, la vegetación y el ser humano contribuyen a definir los principales rasgos hidrográficos de España.

 

El clima

El clima determina el caudal y la regularidad de los cursos fluviales españoles, puesto que el agua que alimenta ríos, lagos y acuíferos proviene fundamentalmente de las precipitaciones, como ya señalamos.

De esta manera, la cuantía y la distribución de las precipitaciones son el factor climático más destacado. De él deriva la diferenciación entre:

·          Una España húmeda, de ríos regulares y de caudal abundante en el área de clima atlántico.

·          Una España seca, con ríos menos caudalosos e irregulares en la región de clima mediterráneo.

·          Y la región mediterránea árida del sureste, con los ríos de caudal más pobre y con grandes estiajes.

Las temperaturas son el otro elemento climático que influye en la red hidrográfica. De ellas dependen las pérdidas por evaporación, que son máximas en verano en las regiones del interior y del sur peninsular, coincidiendo con el periodo de insuficientes precipitaciones, es decir, la estación de aridez estival.

 

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El relieve

El relieve condiciona, en primer lugar, la disposición y la organización de la red fluvial. La basculación de la Península hacia el oeste a finales del Terciario explica la importante disimetría entre las vertientes atlántica y mediterránea.

Todos los grandes ríos, salvo el Ebro, a pesar de nacer más cerca del mar Mediterráneo discurren hacia el océano Atlántico, labrando extensas cuencas hidrográficas. La divisoria de aguas entre la vertiente atlántica y la mediterránea está definida por las cumbres del Sistema Ibérico y de las Béticas. La disposición de las principales unidades del relieve determina la forma y la dimensión de las grandes cuencas fluviales.

En segundo lugar, el relieve influye en la capacidad erosiva de los ríos, en su velocidad y en el volumen de las crecidas. Cuanto mayor es la pendiente del terreno, mayor es la capacidad erosiva de una corriente y la velocidad de sus aguas. Al contrario, en algunas zonas llanas de escasa o nula pendiente las aguas apenas tienen movimiento y pueden presentar una circulación endorreica (sin salida al mar, en vez de exorreica), que da lugar a formaciones lacustres de pequeñas dimensiones en el interior peninsular.

Por último, el relieve, a través del factor altitud, afecta también al régimen hidrográfico. Con la altitud aumentan las precipitaciones, que en las zonas de alta montaña caen en forma de nieve. En la primavera, e incluso a comienzos del verano, esas aguas se deshielan y se incorporan a la red fluvial.

 

La litología

Los suelos condicionan las características de la red hidrográfica a través de la distinta permeabilidad y resistencia a la erosión que presenta cada roca.

▪ La roca caliza, que es permeable, se define por una escorrentía superficial mínima e irregular (sumideros y surgencias), dominando la circulación subterránea.

▪ La roca silícea, que es mayoritaria en el oeste peninsular, es muy poco permeable, lo que favorece la circulación superficial, salvo en aquellos sectores muy diaclasados, en los que el agua escapa hacia niveles subterráneos.

▪ Los roquedos arcillosos (propios de las grandes cuencas sedimentarias) son muy impermeables y se caracterizan por una escorrentía superficial.

 

La vegetación

La vegetación retiene el agua de las precipitaciones, favorece la humedad del suelo y el subsuelo y dificulta la erosión. Por eso, en un suelo desprovisto de vegetación, o con vegetación poco densa, las filtraciones de agua son menores, aumenta la evaporación y el agua de arroyada fluye más rápidamente, erosionando y destruyendo el suelo.

Por el contrario, en un suelo cubierto por un denso tapiz vegetal, la evaporación y la erosión del suelo se dificultan, lo que favorece la formación de acuíferos y de cursos permanentes de agua.

 

La intervención humana

Las personas modificamos los caracteres de la red fluvial mediante la construcción de infraestructuras de regulación, como embalses, que tratan de paliar los profundos estiajes de muchos de nuestros ríos; pero también se utilizan para generar electricidad, o el trazado de canales y trasvases, que modifican y reducen el volumen de agua de los ríos.

 

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3. El régimen fluvial

El régimen fluvial es la evolución del caudal de una corriente a lo largo del año. Para poder analizar esta evolución se consideran unos determinados parámetros o «elementos», que son todos aquellos aspectos cuantificables con los que podemos valorar la cantidad de agua que fluye por un río. Estos parámetros son el caudal, la irregularidad y las variaciones estacionales de ese caudal, y las crecidas y estiajes que pueda presentar el río.

 

El caudal

El caudal se utiliza como el elemento de medida más destacado. Es el volumen de agua que lleva un río por segundo en un lugar determinado (la estación de medición se denomina estación de aforo) y se expresa en m³/s. Este valor es absoluto y varía continuamente, por lo que suelen emplearse valores promedio, como son el caudal medio diario, mensual y anual. El módulo o abundancia media es el caudal medio anual calculado sobre un periodo estimado de treinta años.

A partir del caudal de los ríos, se estima la aportación, que es la cantidad total de agua que drena anualmente una cuenca.

El caudal específico o relativo relaciona el caudal con la superficie de la cuenca, lo que permite comparar cuencas de tamaños muy diferentes. Se mide en l/s/km².

En España los caudales máximos generalmente están ligados a las grandes cuencas fluviales, aunque indudablemente el factor climático afecta directamente al caudal de los ríos en una tendencia clara norte-sur. El río más caudaloso de la península ibérica es el Duero, seguido del Ebro y el Tajo, pero los caudales relativos más altos se asocian a los ríos pirenaicos y cantábricos, de cuencas más reducidas.

 

La escorrentía

La escorrentía es la lámina de agua que circula en una cuenca de drenaje y que llega a los ríos. Dicho de otro modo, es la altura en milímetros de agua de lluvia escurrida y extendida dependiendo de la pendiente del terreno.

Normalmente se considera como la precipitación menos la evapotranspiración real y la infiltración del sistema suelo-cobertura vegetal.

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La irregularidad y las variaciones estacionales del caudal

La irregularidad define las variaciones de caudal de un río a lo largo del año o entre distintos años y está directamente relacionada con el régimen de precipitaciones.

Propiamente, el término hace referencia a la “irregularidad” interanual, es decir, a las variaciones de caudal que se producen durante un largo periodo de tiempo, de veinte a treinta años, que se calcula con el coeficiente de irregularidad. Este coeficiente relaciona el caudal medio máximo de un río con su caudal medio mínimo durante un periodo de tiempo determinado. En España, los ríos más regulares son los cantábricos, mientras que los mediterráneos, con un régimen pluviométrico muy variable entre unos. años húmedos y otros secos, son ríos muy irregulares.

La irregularidad dentro del mismo año (variaciones estacionales) permite conocer la distribución del caudal a lo largo de los meses del año y reconocer los periodos de aguas altas y de aguas bajas relacionados con el régimen y el tipo de precipitaciones. Los ríos más irregulares en nuestro país son los levantinos. 

 

Las crecidas y los estiajes

Con los términos crecida y estiaje se definen los momentos puntuales de caudales máximos y mínimos absolutos.

·  Una crecida o avenida es un momento de máximo caudal, un aumento brusco en un plazo corto de tiempo que suele deberse a lluvias intensas, que a veces tienen efectos catastróficos. 

·   El estiaje es lo contrario, el momento de mínimo caudal de un río.

Ambos fenómenos son característicos de los ríos españoles, sobre todo de las cuencas fluviales del área mediterránea, donde la torrencialidad de las precipitaciones que acompañan la gota fría se manifiesta en crecidas espectaculares (los ríos Júcar, Turia y Mijares han llegado a aumentar hasta más de cuatrocientas veces su media). Igualmente, los estiajes más pronunciados corresponden a esta región.

Las ramblas (cauces secos que ocasionalmente pueden llevar agua), muy presentes en la zona mediterránea, ilustran a la perfección este fenómeno de las crecidas y los estiajes.

En los ríos de la vertiente cantábrica, ni las crecidas ni los estiajes llegan a ser muy pronunciados, ya que el régimen de precipitaciones es regular. En los grandes ríos atlánticos sí se producen crecidas importantes, pero no tan llamativas como las de algunos ríos mediterráneos.


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5. La red fluvial en España

La red fluvial peninsular se estructura en tres vertientes hídricas: la cantábrica, la atlántica y la mediterránea, bien diferenciadas tanto por su desigual extensión como por las características de los ríos.

En los archipiélagos no encontramos auténticos ríos, y la escorrentía superficial se limita a una red de barrancos y torrentes.

 

5.1 LAS VERTIENTES PENINSULARES: VERTIENTE CANTÁBRICA

Reúne a los ríos que desembocan en el Cantábrico, en el norte peninsular. Son ríos cortos, pues nacen en la Cordillera Cantábrica, lo que determina su escasa longitud. En su recorrido excavan profundos valles para salvar los desniveles (de hasta 2.000 m) entre las montañas donde nacen y el mar, por lo que tienen una gran fuerza erosiva y un carácter torrencial que se aprovecha a lo largo de toda la cornisa cantábrica para producir electricidad.

Las elevadas y regulares precipitaciones de esta región de clima oceánico otorgan a estos ríos un caudal abundante y regular, con un régimen de alimentación pluvial y pluvio-nival.

Los ríos vascos (Bidasoa, Nervión) son los más regulares. Los cántabros y asturianos (Pas, Deva, Sella, Nalón, Narcea, Navia, Eo) tienen una gran potencia erosiva.

 

5.2 LAS VERTIENTES PENINSULARES: VERTIENTE ATLÁNTICA

La vertiente atlántica es la más extensa de la Península. Agrupa los ríos gallegos y los

grandes colectores de la Meseta y la depresión Bética.

Los ríos gallegos

Son cortos y de caudal abundante y regular, como los ríos de la vertiente cantábrica. De norte a sur, destacan los ríos Eume, Tambre, Ulla y Miño. La cuenca del Miño-Sil es la más extensa y su último tramo marca la frontera con Portugal.

 

Los grandes colectores de la Meseta y la depresión Bética

Los principales ríos atlánticos se caracterizan por su gran longitud: nacen en montañas alejadas de su desembocadura. Discurren por extensas llanuras; en un ambiente climático mediterráneo con una marcada aridez estival, que se traduce en un régimen irregular, dulcificado por el aporte de sus afluentes. Su caudal absoluto es elevado, pero su caudal relativo desciende mucho, puesto que estos ríos han labrado amplias cuencas fluviales entre los relieves que las limitan.

De norte a sur se localizan las grandes cuencas de la Meseta (Duero, Tajo y Guadiana) y el río Guadalquivir.

El Duero presenta la cuenca más extensa (unos 100.000 km2). Drena las tierras de la Submeseta Norte y recoge las aguas de las cordilleras Cantábrica, Ibérica y Central. Nace en los Picos de Urbión y, tras atravesar tierras castellanas, se encaja en los Arribes del Duero salvando el gran desnivel entre el territorio español y el portugués, que se aprovecha para la producción de electricidad (presas de Aldeadávila, Saucelle...). Sus afluentes por la margen derecha (Pisuerga y Esla) son más caudalosos que los de la margen izquierda (Duratón, Adaja, Tormes) y su régimen de alimentación es pluvio-nival, con máximos en marzo y abril.

 

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El Tajo, en la Submeseta Sur, discurre entre el Sistema Central, las estribaciones suroccidentales situadas en el Sistema Ibérico y los Montes de Toledo. Es el río más largo de la Península: nace en la sierra de Albarracín y desemboca en Lisboa. Su caudal está regulado por numerosos embalses. Sus principales afluentes por la derecha son el Jarama, el Alberche, el Tiétar y el Alagón. Los de la izquierda, menos caudalosos, son el Guadiela, el Algodor y el Almonte. Sus aguas se aprovechan para la producción de electricidad (presa de Alcántara) y su régimen de alimentación es pluvio-nival.

 

Interpretar el perfil longitudinal de un río

El perfil longitudinal de un río representa gráficamente la pendiente de su cauce, desde la cabecera hasta la desembocadura.

El curso superior es el tramo situado a más altitud, de mayor pendiente y el de aguas más rápidas con mayor capacidad erosiva. Desde aquí, la pendiente se va rebajando hasta alcanzar en el curso medio lo más próximo a lo que se considera una pendiente de equilibrio, donde la corriente es capaz de transportar los materiales arrancados en el curso alto sin depositarlos y sin que se produzca erosión. Esta es una situación ideal que no se da en la realidad porque requiere unas condiciones inamovibles del caudal (cantidad de agua, velocidad, materiales transportados...), el tipo de roca, etc.

En el curso bajo del río la pendiente es menor, aumenta el caudal y prevalece la deposición de los sedimentos arrastrados sobre los procesos de erosión y transporte.


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• El Guadiana, también en la Submeseta Sur, extiende su cuenca entre los Montes de Toledo, Sierra Morena y la Cordillera Subbética. Tradicionalmente, su nacimiento se ha localizado en las Lagunas de Ruidera, aunque otros estudios más recientes lo sitúan más próximo a las Tablas de Daimiel, y desemboca en Ayamonte (Huelva). Es un río de caudal pobre (es el menos caudaloso de los grandes ríos atlánticos) e irregular, con acusados estiajes. Además, la litología caliza, presente en parte de la cuenca, favorece la circulación subterránea. Su régimen de alimentación es pluvial, y sus afluentes (Jabalón, Zújar, Matachel) aportan poca agua al curso principal. Las aguas de casi todos sus embalses se destinan al riego de cultivos.

• El Guadalquivir recorre la depresión Bética. Recoge las aguas de Sierra Morena y la Cordillera Subbética. Nace en la sierra de Cazorla, y desde Sevilla discurre por una llanura casi horizontal hasta su desembocadura en Sanlúcar de Barrameda, en el golfo de Cádiz, donde se forman las marismas del Guadalquivir. Su régimen de alimentación es pluvial subtropical, aunque el de su principal afluente, el Genil, que nace cerca de Sierra Nevada, tiene influencia nival.

 

5.3. Las vertientes peninsulares: vertiente mediterránea

La vertiente mediterránea, que ocupa el 31% de la superficie peninsular, se extiende, de norte a sur, desde Girona hasta Gibraltar. Hacia el interior, la divisoria de aguas de la vertiente está definida por el Sistema Ibérico y los Sistemas Béticos; este aspecto condiciona las características de sus cuencas fluviales, puesto que, salvo el Ebro, son cursos de pequeña o mediana longitud, cuencas reducidas y pronunciadas pendientes en sus cabeceras  debido a la proximidad de los relieves montañosos a la costa.

El clima mediterráneo explica la pobreza del caudal de estos cursos fluviales y su gran irregularidad, con frecuentes crecidas y acusados estiajes, a los que se suma una elevada evapotranspiración que contribuye aún más a reducir el caudal de estos ríos. De hecho, muchos de ellos son cursos intermitentes, torrentes o ramblas que solo en ocasiones llevan el agua de unas intensas precipitaciones (que se producen generalmente en otoño), muchas veces con consecuencias catastróficas. Destacan los siguientes:

• Los ríos catalanes (Fluviá, Ter y Llobregat), con un régimen de alimentación mixto, son cortos y algo más caudalosos.

• Los ríos levantinos (Mijares, Palancia, Turia, Júcar y Segura) tienen unas cuencas de pequeñas o medianas dimensiones, un régimen de alimentación pluvial o pluvio-nival, caudal pobre y gran irregularidad interanual e intranual, con peligrosas crecidas otoñales debidas a la gota fría.


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• Los ríos meridionales (Almanzora, Guadalfeo y Guadalhorce) tienen un régimen pluvial mediterráneo subtropical. Son muy cortos, de aguas rápidas e irregulares, de difícil aprovechamiento y, como los ríos levantinos, experimentan frecuentes crecidas.

• El Ebro es una excepción en la vertiente mediterránea. Nace en la Cordillera Cantábrica, en Fontibre, por lo que su cabecera es lluviosa; recorre la depresión del Ebro, donde la aridez se impone en su curso medio, y, tras pasar el Sistema Costero-Catalán, desemboca en el mar Mediterráneo formando un delta con los materiales que arrastra. En consecuencia, es un río largo, de extensa cuenca (85.362 km²) y caudal destacado, tanto por su cabecera húmeda como por el aporte de sus afluentes pirenaicos (Aragón, Gállego, Cinca y Segre). Sus afluentes ibéricos (Jalón, Guadalope) tienen un caudal más pobre. El régimen de alimentación del Ebro es pluvio-nival, con estiajes cortos y menor irregularidad que el resto de los ríos mediterráneos. Sus aguas se aprovechan tanto para la producción de energía hidroeléctrica como para un intenso regadío (embalses de Mequinenza, Canelles...).

 

5.4. La red fluvial insular y de Ceuta y Melilla

Baleares y Canarias carecen de auténticos ríos. El clima y la litología son factores decisivos a la hora de entender sus características hídricas.

En Baleares, en la isla de Mallorca, encontramos cursos intermitentes, torrentes o torrents, que tienen unos rasgos similares a las ramblas levantinas: solo llevan agua en los periodos de precipitaciones (fundamentalmente equinocciales) y sus cauces  están secos durante gran parte del año. En el resto de las islas, más llanas, la escorrentía superficial es mucho menor. En todas ellas la litología caliza favorece la circulación subterránea, de manera que existen numerosos acuíferos, que tienen una importancia vital desde la Antigüedad debido a los escasos recursos hídricos superficiales.

En Canarias, la aridez de gran parte de las islas, junto al carácter permeable de la litología volcánica, justifica la ausencia de cursos permanentes de agua. La mayor parte de los recursos hídricos procede de las aguas subterráneas, los acuíferos. La infrecuente escorrentía superficial se limita a la red de barrancos, que encauzan las aguas de las escasas precipitaciones.

Ceuta y Melilla reducen sus recursos hídricos a una red formada por arroyos de poca longitud y de acusado carácter estacional y torrencial. En Melilla, el llamado río de Oro es actualmente un cauce seco, salvo en momentos esporádicos de crecidas, como las acontecidas en el otoño de 2008 y en enero de 2010. El abastecimiento en ambas ciudades se logra a través de la extracción mediante pozos de las aguas freáticas del subsuelo.

 

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6. Zonas húmedas: lagos y humedales

Junto a las aguas de escorrentía superficial que forman la red fluvial, encontramos las zonas húmedas, en las que se incluyen lagos, lagunas, charcas, albuferas, marismas, deltas, etc.

En España, las características climáticas y del relieve no favorecen el desarrollo de estas zonas, que son escasas en su extensión y en los recursos hídricos que ofrecen. Esto no quiere decir que no sean importantes, pues tienen un alto valor ecológico, ya que son el hábitat de numerosas especies animales y vegetales, además de ser un enclave vital de paso para la avifauna europea en su migración hacia África.

 

6.1. Zonas húmedas profundas y permanentes: lagos y lagunas

Los lagos y lagunas constituyen los medios lacustres, masas de agua profundas y estables formadas por la acumulación natural de agua en zonas deprimidas de la superficie. Los lagos tienen mayores dimensiones y profundidad que las lagunas, diferenciándose ambos por su tamaño, aunque normalmente se empleen indistintamente uno u otro término.

Nuestro país no cuenta con grandes lagos. Esta situación se agrava por la sobreexplotación que ha practicado el ser humano sobre estos frágiles y amenazados sistemas, lo que ha provocado una disminución de sus aguas.

Existe una gran variedad de lagos y lagunas, que pueden clasificarse según el origen de sus aportes (superficiales o subterráneos) o los procesos que han dado lugar a su formación.

Atendiendo a su origen, podemos distinguir tres tipos de lagos y lagunas:

Los lagos y lagunas de origen endógeno: son escasos en España y se deben a fuerzas del interior de la Tierra, como los procesos tectónicos y volcánicos. Los lagos de origen tectónico se forman sobre fosas tectónicas o cuencas de subsidencia, como la laguna de La Janda, en Cádiz, actualmente desecada, o el lago de Carucedo, en León.

Los lagos de origen volcánico se crean sobre cráteres apagados, como el conjunto de lagunas del Campo de Calatrava, en Ciudad Real.

Los lagos y lagunas de origen exógeno: son algo más abundantes en nuestro territorio y deben su creación a procesos de erosión que tienen lugar en la superficie terrestre.

 

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El glaciarismo cuaternario ha dado lugar a lagos formados sobre las cubetas excavadas por los hielos o por la obstrucción provocada por la acumulación de morrenas. La mayoría de estos lagos se encuentran en el Pirineo, como los ibones de Bernatuara, Acherito, Cregüeña, estany de Sant Maurici…) aunque también los vemos en otros sistemas montañosos peninsulares, como la Cordillera Cantábrica, el Sistema Ibérico, el Sistema Central e incluso la Cordillera Penibética. El lago de Sanabria, en los Montes de León, es el lago glaciar de mayores dimensiones y profundidad de España.

Las lagunas cársticas también tienen un origen exógeno. Se forman por la disolución de las calizas, que da lugar a cubetas y a represas ocupadas por el agua. Un ejemplo son las lagunas de Ruidera, en La Mancha.

Los lagos mixtos: son los que se han formado por la acción de dos o más procesos. Como es el caso del lago de Banyoles, de origen tectónico y cárstico.

 

 

6.2. Zonas húmedas de aguas someras e intermitentes: los humedales

 

Los denominados medios palustres o humedales son zonas húmedas de escasa profundidad, que en el verano pueden llegar a secarse al ser sometidas a una intensa evaporación.

Buena parte de ellos se corresponden con cuencas arreicas del interior de la península ibérica, donde el agua se acumula en zonas deprimidas formando lagunas y charcas. Estas se extienden por La Mancha, en donde destaca el conjunto del Parque Nacional de las Tablas de Daimiel; la depresión del Ebro (la Estanca de Alcañiz, en Teruel) y otras áreas, como el sureste peninsular.

En el litoral, la acción conjunta de la sedimentación fluvial, el mar y el viento da lugar a lagunas de aguas someras con un alto valor ecológico, entre las que se incluyen las albuferas y marismas. Ambas están bien representadas a lo largo de la costa mediterránea peninsular e insular (Albufera de Valencia, salinas del cabo de Gata, Parque Natural de s’Albufera de Mallorca) y en el litoral atlántico andaluz, donde se forman marismas en las áreas de desembocadura de los ríos Guadalquivir, Guadiana, Tinto y Odiel.

 

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7. Las aguas subterráneas

Parte del agua de las precipitaciones se infiltra en el suelo a través de poros y grietas hacia zonas más profundas del subsuelo, hasta alcanzar una capa de rocas impermeables. El agua queda retenida en ese nivel y va formándose un embalse subterráneo que denominamos acuífero. De forma natural, parte de esa agua embalsada retorna a la superficie, a través de manantiales o desaguando en otros acuíferos, un río o directamente en el mar.

En ocasiones, parte de los recursos del acuífero es extraído mediante pozos y galerías para uso humano, un aprovechamiento que en España es cada vez mayor y que ha conducido a una sobreexplotación, contaminación y, en algunas ocasiones, agotamiento de las reservas que estas aguas subterráneas ofrecían.

El reparto geográfico de los acuíferos está directamente unido a la litología, es decir, a la naturaleza de las rocas que componen los suelos. De esta manera, en la Península las principales reservas se encuentran en las áreas de litología arcillosa (acuíferos detríticos que ocupan las depresiones terciarias del Duero, Tajo, Guadiana, Ebro y Guadalquivir) y de litología caliza (acuíferos calcáreos que se extienden a lo largo de la Z invertida desde los Pirineos hasta las Béticas). En ambos archipiélagos los acuíferos (volcánicos en Canarias) constituyen la principal reserva de agua dulce.

La calidad del agua de los acuíferos calcáreos es mayor que la de los detríticos del Terciario, que muchas veces están asociados a depósitos salinos.

 

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8. Masas de agua artificiales.

Llama la atención en un estudio geográfico de hidrografía la importancia que llegan a tener las aguas embalsadas por el ser humano, masas de agua de creación artificial (zonas lacustres) que nos explican el papel que las personas tenemos como agentes modificadores de la naturaleza.

En un país como el nuestro, en el que el agua es escasa en gran parte del territorio, ya desde la Antigüedad se han emprendido actuaciones encaminadas a regular y hacer llegar a todo el territorio este recurso. Este es el caso de la presa romana de Proserpina (Mérida) del siglo II d. C.; o del Canal Imperial de Aragón, iniciado en 1529 durante el reinado de Carlos V.

Todas estas infraestructuras han permitido llevar el agua a las ciudades (Canal de Isabel II de Madrid), transportar mercancías (Canal de Castilla en Palencia y Valladolid), extender el regadío y hasta trasvasar agua de unas cuencas a otras (Trasvase Tajo-Segura).

El papel del agua como recurso vital para el ser humano lo trataremos en el tema 5 al abordar el estudio de la interacción humana con el medio ambiente.

 

El Canal de Castilla

El Canal de Castilla es una de las grandes obras de ingeniería civil de nuestro país. Su construcción se inició en 1753, bajo el reinado de Fernando VI a propuesta de uno de sus ministros, el Marqués de la Ensenada, como parte de un proyecto más ambicioso, el “Proyecto General de los Canales de Navegación y Riego para los Reinos de Castilla y León”, elaborado por el ingeniero Antonio Ulloa. Su finalidad principal era servir como vía de transporte alternativa para los excedentes agrícolas de la región (fundamentalmente cerealista) ante la deficiente red viaria.

Las obras fueron interrumpidas en varias ocasiones por los conflictos bélicos y las crisis económicas y políticas de la época. Para poder concluir la obra (en 1849), fue necesario ceder la terminación de esta y su explotación durante 70 años a una empresa privada, la Compañía del Canal de Castilla, periodo tras el cual su gestión y explotación volvió al Estado. En la actualidad lo administra la Confederación Hidrográfica del Duero.

El Canal no solo tuvo importancia como vía de comunicación en su momento, también facilitó fuerza hidráulica y agua para el regadío y, a comienzos de la industrialización, atrajo las fábricas que impulsaron el desarrollo industrial de la región.


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