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martes, 30 de noviembre de 2021
viernes, 19 de noviembre de 2021
lunes, 15 de noviembre de 2021
La esclavitud en Roma
La matanza de 400
esclavos de Pedanio Segundo define el mundo romano
El descubrimiento de una habitación para siervos en una
villa de Pompeya revela las condiciones de vida de unos seres humanos que eran
tratados como ganado
Guillermo
Altares 10 de noviembre de 2021
La antigüedad era “una sociedad de esclavos”, como la definió el influyente historiador Moses
Finley, en la que millones de personas no poseían absolutamente nada, no eran
dueños de su vida ni de su voluntad. Podían ser asesinados, violados, obligados
a trabajar hasta la extenuación y separados de sus familias. Vivían sometidos
al miedo constante a ser vendidos o maltratados pero, sobre todo, estaban
“consumidos por el deseo de libertad”, escribe el profesor de Berkeley, Robert
C. Knapp, en su clásico ensayo Los olvidados de Roma (Crítica).
La presencia de los
esclavos es constante en la literatura latina, desde El Satiricón de
Petronio hasta El
asno de oro de Apuleyo. Ahora bien, como explica Knapp,
apenas existen restos materiales, puesto que no tenían casi posesiones. Sin
embargo, el equipo arqueológico de Pompeya anunció
el sábado 6 de noviembre el descubrimiento de una habitación que seguramente ocupaban
los esclavos. Se trata de un espacio de 16 metros cuadrados con tres
camas y algunos objetos, en la villa de Civita Giuliana, que todavía está
siendo excavada, en la ciudad enterrada por la erupción del Vesubio en el año
79 de nuestra era.
La estancia, que solo tenía una pequeña ventana en la parte superior y carecía
de decoración en las paredes, debía ser a la vez dormitorio y almacén. Los
objetos que contiene, cuando sean investigados, permitirán conocer mejor la
vida cotidiana de seres humanos que representaban en torno al 15% de la
población, pero cuya contribución a la economía era esencial. “Aunque sabemos
que los esclavos han sido explotados en la mayoría de las sociedades”, escribió
Finley, “solo ha habido cinco genuinas sociedades esclavistas, dos de ellas en
la antigüedad: Grecia y Roma”. Las otras tres son: Estados Unidos, el Caribe y
Brasil hasta bien entrado el siglo XIX.
Una institución despiadada
En los
años cincuenta, Finley fue uno de los primeros historiadores que comenzó a
arrojar luz sobre la profunda injusticia que marca el mundo romano y que, hasta
entonces, solo aparecía como telón de fondo. “La vida de un esclavo no era muy
diferente de la de un animal doméstico”, escribe el profesor de clásicas de
Cambridge Jerry Toner en Sesenta millones de romanos (Crítica).
“Una vida de trabajo duro, palizas y comida escasa, así como de abusos
sexuales, sin apenas derechos. Si debían presentarse ante los tribunales,
incluso como testigos, se les torturaba para garantizar que su declaración era
fiable. Sometidos a un régimen embrutecedor, su humillación psicológica era
total”. Incluso en una sociedad brutal como la romana, la esclavitud era una
institución especialmente despiadada.
Aunque
casi siempre realizaban los trabajos más duros y peligrosos, no todos los
esclavos vivían en las mismas condiciones —no era lo mismo ser un maestro que
un trabajador en unas minas de sal o una esclava sexual—, pero todos estaban
sometidos al martirio no solo físico, sino también psicológico de carecer de
voluntad: estaban obligados a hacer lo que les ordenasen sus amos en el momento
en el que se lo pidiesen. La profesora de clásicas de Cambridge Mary Beard escribió el prólogo del
libro Cómo manejar a tus esclavos (Esfera de los
Libros), en el que un noble romano llamado Marco Sidonio Falco (en realidad,
era el profesor de clásicas Jerry Toner) explicaba cómo funciona un sistema
basado en la servidumbre, que solo podía mantenerse con la violencia y el
terror.
En aquel
texto, la investigadora británica recordaba la dificultad para entender, desde
el siglo XXI, las relaciones entre amos y esclavos en la Roma clásica. “Estaban
preocupados por lo que los esclavos tramaban a sus espaldas. ‘Todos los
esclavos son nuestros enemigos’, decía un antiguo lema que Falco conocía bien”,
escribe Beard, quien recuerda una historia que resume la brutalidad con la que
Roma trataba a los siervos: el asesinato de los 400 esclavos de Lucio Pedanio
Secundo, que Tácito recoge en el libro XIV de sus Anales.
Dioses como testigos
Pedanio
Secundo era un prefecto de Roma que fue asesinado por uno de sus esclavos en
tiempos de Nerón, en el siglo I de nuestra era. “Según la antigua costumbre,
procedía que todos los esclavos que habían habitado bajo el mismo techo fueran
llevados al suplicio”, escribe el historiador Tácito (55-120), en los Anales (Alianza
Editorial, traducción de Crescente López de Juan). La orden provocó grandes
tumultos en Roma, seguramente por la alta presencia de libertos en la
población. Se produjo una discusión pública a favor y en contra de la matanza,
durante la que Cayo Casio Longino pronunció un discurso que refleja
perfectamente la mentalidad de muchos romanos hacia sus posesiones humanas.
“Nuestros
antepasados desconfiaban de la manera de ser de los esclavos”, recoge Tácito en
su crónica, “a pesar de que estos nacían en los mismos campos y casas que ellos
y recibían enseguida el cariño de sus señores. Pues bien, una vez que tenemos
en nuestras familias de esclavos a naciones con distintos ritos, con religiones
extranjeras o carentes de ellas, a todo ese revoltijo no se lo podrá reprimir
si no es con el miedo. Es cierto que morirán algunos inocentes. Pero, cuando en
un ejército que ha huido uno de cada diez muere apaleado, también los valientes
entran en el sorteo. Todo gran escarmiento tiene algo de injusto, pero lo que
va en contra de cada uno en particular queda compensado por el interés
general”.
Se
confirmó la ejecución, pero no se podía realizar porque la multitud impedía el
paso de las víctimas hacia el patíbulo. El emperador Nerón, indignado, desplegó
sus tropas para permitir que se llevase a cabo la masacre. Este horror recuerda
al final de la película de Stanley Kubrick Espartaco, basada en una
novela de Howard Fast, cuando todos los que han participado en la rebelión son
crucificados en la vía Apia por negarse a delatar a su jefe: el famoso “Yo soy
Espartaco”, que impide que el líder revolucionario sea localizado.
En ese mundo cruel, que no cambió con la llegada del cristianismo —San
Pablo dijo a los cristianos de Colosas: “Siervos, obedeced en todo momento a
vuestros amos de la Tierra”—, también existía la solidaridad. “Nos han llegado
muchas pruebas de ayuda mutua y amistad entre esclavos”, escribe Knapp en Los
olvidados de Roma. “En circunstancias normales, ya fuese en una casa
grande, en un recinto más pequeño o en el ámbito rural, los esclavos creaban
vínculos y entablaban relaciones que daban sentido a sus vidas, a pesar de la
inseguridad y brutalidad”, prosigue este profesor emérito de Historia Antigua
de la Universidad de Berkeley.
Knapp recuerda una inscripción que relata la amistad entre dos esclavos que
acabaron como libertos: “Entre tú y yo, mi más apreciado compañero, nunca hubo
disputa alguna. Con esta inscripción quiero también que los dioses de arriba y
de abajo sean testigos de que tú y yo, comprados como esclavos al mismo tiempo
en la misma casa, fuimos liberados juntos. Ningún día estuvimos separados hasta
el día de tu fatídica muerte”.
El primer pozo de petróleo
https://www.eldiario.es/catalunya/huelga-Canadiense-consiguio-jornada-laboral_0_863014014.html
La jornada laboral de ocho horas
160 años del
primer pozo de petróleo: la locura que creó el mayor negocio del mundo
El 27 de
agosto de 1859 cambió la historia de la humanidad. Ese día brotó crudo por
primera vez, el oro negro fue el gran salto energético que necesitaba el mundo
para avanzar
Por Javier G. Jorrín 27 de agosto
de 2019
A Edwin
Drake le gustaba que le llamaran ‘coronel’ aunque no lo
era. Durante su vida, había sido casi todo menos eso: maquinista de
ferrocarril, oficinista, agente de correos… Procedía de una familia humilde de
rancheros del estado de Nueva York y era el ejemplo perfecto de un hombre
americano 'hecho a sí mismo’. A los 19 años se fue de casa para buscarse la
vida y terminó fundando una de las industrias más lucrativas que ha
visto la humanidad: la
petrolera. Eso sí, como marcan los cánones
de las buenas historias estadounidenses, Drake murió arruinado e hizo
millonarios a varios capitalistas que exprimieron su descubrimiento.
A
mediados del siglo XIX, uno de los grandes retos para la industria era
conseguir un sistema de iluminación barato y abundante para los hogares. En
esos años, Thomas Edison inventó la bombilla, pero tardaría décadas en
generalizarse su uso. El material más utilizado era el aceite de ballena, una
materia prima que, si no se hubiese sustituido, habría provocado la extinción
de los grandes cetáceos.
Fue
en esa época cuando en EEUU comenzó a estudiarse el ‘aceite de roca’ (petróleo), que brotaba de forma natural en algunos ríos de
Pensilvania. Uno de los mejores ejemplos era el de Oil Creek (‘arroyo
petróleo’), situado en el pueblo de Titusville. Este río tenía varias
filtraciones de petróleo, por lo que su corriente solía contaminarse afectando
especialmente a las explotaciones de sal que existían en la zona. Una de las
familias afectadas era la de Samuel Kier, un químico estadounidense que decidió empezar a estudiar
aquel extraño compuesto oleoso que era altamente inflamable.
Después
de varios experimentos, Kier consiguió refinar el crudo para obtener queroseno, producto que se puede quemar sin que genere el humo y el
olor que produce el petróleo crudo. Dos emprendedores estadounidenses
comprendieron el potencial del petróleo y fundaron la Pennsylvania Rock Oil Company
(renombrada posteriormente Seneca Oil): George Bissell y Jonathan Eveleth.
Bissell
necesitaba hombres de acción para investigar los brotes de crudo de Pensilvania
y por casualidad conoció a Drake. Aunque este no sabía nada de minería ni de
geología, tenía dos virtudes: dominio de todo tipo de herramientas y arrojo. El
candidato perfecto. A principios de 1858 comenzó su expedición en Titusville. Empezó con pequeñas
excavaciones en forma de zanja con las que el 'coronel' esperaba encontrar
algún brote de crudo, pero después de varios meses de fracasos, comprendió que
era necesario un proyecto mayor.
A mediados de
1858, Drake planeó una estrategia más ambiciosa: perforar un pozo de varios metros de profundidad similar a
los de sal que ya existían. Para ello, construyó una choza de madera que
protegía la perforación y adquirió una máquina de vapor y un taladro
perforador. En ese momento, todavía no existía el taladro rotor y era necesario
percutir la piedra.
Desde el primer
momento, las complicaciones fueron innumerables. Uno de los principales
problemas fue el hundimiento del
pozo, por lo que Drake tuvo que idear un sistema para perforar a través
de un tubo que evitaba que el agujero colapsase, sistema que funcionó durante
décadas.
Drake y sus
hombres trabajaron durante casi un año con el único descanso dominical, pero
sus esfuerzos fueron inútiles. Cuando alcanzaron los 10 metros de profundidad,
todo un logro para esos años, Bissell y Eveleth tiraron la toalla y decidieron cortar la financiación. Era
abril de 1859 y Drake estaba convencido de que su empresa sería un éxito, por
lo que se decidió a prolongar la exploración. Logró recolectar 2.000 dólares de
amigos y familiares para continuar la perforación, pero a lo largo de ese verano
agotó todos los fondos.
Los vecinos le
apodaron ‘loco Drake’ y
no les faltaba razón. Cuando estaba en la ruina, el ‘coronel’ logró un crédito
de 500 dólares para extender los trabajos. Durante todo el verano trabajaron
con el único descanso dominical y en agosto de 1859 consiguieron alcanzar la
profundidad de 21 metros. Ese día toparon con una extraña grieta y decidieron
parar la perforación.
A la mañana
siguiente, 27 de agosto, al llegar a la excavación se encontraron con el inconfundible aroma del crudo que
brotaba de la tubería en cantidades muy superiores a las que habían imaginado.
Habían tardado un año y medio, pero lo habían conseguido. El primer pozo de
petróleo de la historia estaba listo: ya podía empezar la legendaria fiebre del
petróleo.
Oro negro
El pozo de Drake llegó a producir algo más
de 30 barriles al día, que, a un precio de 20 dólares, suponían unos ingresos de 600 dólares diarios. Una
auténtica fortuna que no tardó en tener imitadores. La ladera en la que se
situaba el pozo solo tenía árboles y pequeños matorrales a su alrededor; unos
años después ya no quedaba nada. En su lugar ‘brotaron’ miles de pozos que
buscaban el ansiado ‘oro negro’.
Aunque
todavía no existía el motor de combustión, la aplicación del petróleo para la
iluminación tenía suficiente potencial como para garantizar millones de dólares de
beneficios. En EEUU, el subsuelo pertenece al dueño del
suelo, de modo que la primera parte de la inversión consistió en la compra de
terrenos. Los precios se dispararon rápidamente y se generó así una primera
burbuja muy lucrativa consistente en vender pequeñas parcelas.
Muchos
hicieron fortunas, y otros tantos dilapidaron las suyas. No fue el caso de
Drake. El ‘coronel’ no fue capaz de anticipar el éxito de su perforación y no
patentó sus investigaciones. Tampoco adquirió tierras suficientes para
especular y, finalmente, el dinero que ganó lo empleó en malas inversiones que
terminaron por arruinarle. Murió en noviembre de 1880 sumido en la pobreza.
La perforación
de pozos petrolíferos no tardó en expandirse por todo el mundo. Los geólogos
buscaron indicios de petróleo en cualquier parte del globo. Un ejemplo fue el
Fuego Eterno que brotaba en la ciudad de Kirkuk y que albergaba debajo el
yacimiento de Baba Gurgur,
descubierto en 1914 y que fue el mayor hasta que se localizó el pozo del Campo Ghawar en Arabia Saudí, más
de 30 años después.
El
descubrimiento de Drake cambió la historia de tal forma que 160 años después
todavía sigue siendo la principal
fuente de energía. En este periodo se ha perfeccionado la técnica de
extracción, de modo que el ser humano ha sido capaz de ‘exprimir’ al máximo las
reservas que la naturaleza tardó millones de años en construir. Nada hubiese
sido igual sin el petróleo. La producción industrial, la reducción del hambre,
las guerras, la globalización… Todo ha surgido a partir del pozo del ‘coronel’.
El mundo vivió otra fiebre del petróleo un
siglo y medio después de la primera con la invención del ‘fracking’ o extracción por fractura de la
tierra. Este método, que ha sido tan eficiente como controvertido, por
contaminar gravemente el subsuelo en algunas regiones, permitió a EEUU disparar
la producción de crudo y gas y revivir sus años de locura perforadora. Aunque
el mundo está convencido de la importancia de avanzar hacia la
descarbonización, la locura de los combustibles fósiles sigue dirigiendo la
Tierra hacia un destino fatal. Después de todo, es posible que el apodo de
‘loco’ no estuviese tan mal
encaminado.




















































