La
corte de Atila (c. 450)
Cuando volvimos a
nuestra tienda, el padre de Orestes vino con una invitación de Atila para nosotros
dos, a un banquete a las tres en punto. Cuando llegó la hora, fuimos al
palacio, junto con la embajada de los romanos occidentales, y nos paramos en el
umbral del salón, en presencia de Atila. Los escanciadores nos dieron una copa,
de acuerdo con la costumbre nacional, que debíamos libar antes de sentarnos.
Habiendo probado la copa, procedimos a tomar nuestros asientos; todas las
sillas estaban alineadas a lo largo de las paredes del salón en ambos lados.
Atila se sentaba en el medio, sobre un sillón; un segundo sillón estaba ubicado
detrás de él, y desde él, unos pasos llevaban a su cama, la cual estaba
cubierta con sábanas de lino y cobertores bordados como adorno, tal como
griegos y romanos suelen decorar los lechos de las novias. Los lugares a la
derecha de Atila eran primeros en honor, los de la izquierda, donde nosotros
nos sentábamos, eran solo segundos. Berijo, un noble entre los escitas, se
sentaba a nuestro lado, pero estaba antes que nosotros. Onegesio se sentó en
una silla a la derecha del diván de Atila, y al otro lado, frente a Onegesio,
en la silla se sentaron dos de los hijos de Atila; su hijo mayor se sentaba en
su diván, no cerca de él, pero en el rincón final, con sus ojos fijos en el
suelo, en tímido respeto hacia su padre. Cuando todos estuvieron acomodados, un
copero vino y dio a Atila una copa de madera con vino. Él la tomó, y saludó a
los primeros en precedencia quienes, honrados por el saludo, se pararon y no se
sentarían hasta que el rey, habiendo probado o escurrido el vino, devolviera la
copa al sirviente. Entonces todos los invitados honraron a Atila en la misma
forma, saludándolo, y probando sus copas; pero él no se paró. Cada uno de
nosotros tenía un copero especial, que vendría para presentar el vino cuando el
copero de Atila se hubiera retirado. Cuando el segundo en precedencia y
aquéllos junto a él habían sido honrados de la misma manera, Atila brindó con
nosotros del mismo modo, de acuerdo al orden de los asientos. Cuando esta
ceremonia terminó, los escanciadores se retiraron, y se ubicaron mesas, lo
suficientemente largas para tres o cuatro comensales, o quizás más, junto a la mesa
de Atila, para que cada uno pudiera sacar la comida en los platos, sin pararse
de su asiento. El sirviente de Atila primero entró con un plato lleno de carne,
y detrás de él venían otros sirvientes con pan y viandas, las cuales pusieron
sobre las mesas. Una comida lujosa, servida en vajilla de plata, había sido
preparada para nosotros y para los invitados bárbaros, pero Atila no comió otra
cosa que carne en un plato de madera. En todo lo demás, también, se mostró
moderado; su copa era de madera, mientras que a los invitados les habían sido
dadas copas de oro y plata. Su vestido también era bastante simple, mostrando sólo
estar limpio. La espada que llevaba a su lado, los cordones de sus zapatos
escitas, la brida de su caballo, no estaban adornados, como los de los otros
escitas, con oro o gemas o cualquier cosa onerosa. Cuando las viandas del
primer plato habían sido consumidas, todos nos pusimos de pie, y no volvimos a
nuestros asientos hasta que cada uno, en el orden antes observado, bebió a la
salud de Atila en la copa de vino presentada a él. Entonces nos sentamos, y un
segundo plato fue puesto en cada mesa con comestibles de otro tipo. Después de
este plato, la misma ceremonia fue observada como después de la primera. Al caer
la tarde, se encendieron antorchas, y dos bárbaros dirigiéndose a Atila,
cantaron canciones que ellos habían compuesto, celebrando sus victorias y
hazañas de valor en la guerra. Y de los invitados, mientras miraban a los
cantantes, algunos disfrutaban de los versos, otros, acordándose de las
guerras, se excitaron en sus espíritus, mientras que aun otros, cuyos cuerpos
eran débiles por la edad y sus almas compelidas al descanso, derramaban
lágrimas. Tras las canciones, un escita, cuya mente estaba trastornada, apareció,
y pronunciando palabras extranjeras y sin sentido, obligó a todos a reírse. Después
de él, Zerkon, el enano morisco, entró. Él había sido enviado por Atila como un
regalo a Ezio, y Edecon lo había persuadido de volver a Atila a recuperar a su
esposa, a quien había dejado atrás en Escitia; la dama era una escita a quien
él había obtenido en matrimonio a través de la influencia de su patrón, Bleda.
No tuvo éxito en recuperarla, pues Atila estaba enojado con él por haber
vuelto. En ocasión del banquete él hizo su aparición, y arrojó a todos, excepto
a Atila, en una risa insaciable, por su apariencia, su vestido, su voz, y sus
palabras, que eran una confusa mezcla de latín, huno y gótico. Atila, en todo caso,
permaneció inmóvil y con inalterado semblante; no por palabra, no por acto,
dejó escapar nada parecido a una sonrisa de felicidad, excepto cuando entró
Ernas, su hijo menor, a quien tiró de la mejilla, y observó con una tranquila
mirada de satisfacción. Me sorprendió que atendiera tanto a este hijo e
ignorara a sus otros niños, pero un bárbaro sentado junto a mí y que sabía
latín, pidiéndome que no revelara lo que decía, me dio a entender que los
profetas habían advertido a Atila que su raza caería, pero que sería restaurada
por este niño. Cuando la noche había avanzado, nos retiramos del banquete, sin desear
quedarnos más en las celebraciones.
Priscos, Fragm. 8
en Excerpta de Legationibus
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